santa

no tuve miedo en las orillas del río

y aunque era oscura aquella calle

de las casitas del puerto

caminé solo durante horas;

me detuve sin motivo en una esquina

y vi una puerta de madera

que decía tu nombre

ave maría purísima;

eran las cuatro de la madrugada

y a través de las persianas

con los primeros cantos de los pájaros

pude escuchar cómo una anciana

rezaba en voz alta:

te pido

que junto con todos los santos

protejas a mi familia

y protejas este hogar,

imploraba la señora;

y yo pude sentir el olor de flores bellas

blancas

en esa puerta

lloré sentado

con un cigarro en mi mano

porque supe que estabas allí conmigo

y no tuve miedo a orillas del río.

destino


destino de rostro suave

cascada del aconquija

sol del camino claro

quién protege tu rumbo

en las cumbres puras

huella de ganado

mi amor

partido

como los árboles

de la marca del baqueano;

piedras verdes del musgo

vida en los troncos caídos

arañas grandes que uno siente

aunque no se dejen ver;

sin sendero

en los pozos hondos de la lluvia

y aguita que baja

por los surcos del mundo

desde el olimpo

destino de rostro suave

mejilla de los dioses

admiro del cerro

lo que odio en mí.

morir

pensar en atarse una sábana al cuello 

sentado sobre la cama número 4

del pabellón de casos agudos

del hospital psiquiátrico

entre armarios de madera, cucarachas, 

moscas, el balbuceo sonámbulo

de adictos que se ahogan y tosen; 

por la ventana de rejas un viento suave

soplido de dios que mueve los pinos de la calle;

un fuerte rayo de sol me recordó 

las manos de mi madre

pude sentir que ella decía:

no llames a la muerte

si no la deseas en verdad no 

la nombres

no digas las letras de la sangre 

en el pedregal del alma 

sin río y sin sol aún 

en el infierno rojo

por favor no 

llames a la muerte.