El inadaptado – Capítulo 12

Mimbí tiene 22 años y le gusta fumar marihuana cuando está desnuda sobre el sillón. Sus brazos son fuertes y robustos porque trabaja como empleada de limpieza, doce horas, cada día. Llora por las noches, aunque no tenga motivos. Nació en la provincia de Misiones pero detesta hablar guaraní. Tiene varios novios, y un perro agresivo que la protege de la soledad del conventillo adonde vive. Hace diez meses, mientras estallaba una guerra entre los narcotraficantes del barrio porteño de Saavedra, ella se transformó en mi informante.   

La conocí en un parque cerca de la autopista General Paz, a través de un amigo en común. Recuerdo que ella sonreía mientras nos mostraba con sorna unos cinco mil pesos que acababa de robarle a un oficial de Gendarmería Nacional. Yo no dije prácticamente nada interesante durante la conversación, pero ella me invitó a cenar para gastar su botín. Así que fuimos en motocicleta hasta un restaurante de la avenida, y luego a un costoso hotel de Palermo. Despertamos al día siguiente, ya sin dinero. Aquella noche juramos que ninguno se enamoraría. Aquella noche conocí su vida, signada por el dolor de los migrantes que dejan tierras queridas en búsqueda de un futuro tan promisorio como inexistente.

El 13 de enero de 2018, la fiscalía de José María Campagnoli confirmó que en Saavedra se había desatado  una guerra entre narcotraficantes, porque criminales peruanos del Bajo Flores intentaban disputar la venta de drogas territorial con un grupo de delincuentes argentinos que históricamente controlaron una zona revestida de vital importancia geográfica por su conexión con el partido bonaerense de Vicente López. El Ministerio Público Fiscal dijo a la prensa que allí se desarrollaron al menos seis enfrentamientos con armas de fuego entre grupos antagónicos. En los tiroteos, un hombre murió y varios resultaron gravemente heridos.

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En simultáneo con la divulgación de la información oficial sobre estos grupos de traficantes, una calificada fuente de la Policía de la Provincia de Buenos Aires me confirmó en un precario bar de Puente Saavedra que los enfrentamientos también se habían trasladado más allá de los límites de Capital Federal: muy cerca de Saavedra, en el barrio de Munro –partido de Vicente López- personas vinculadas a la venta de drogas ejecutaron de un tiro en la nuca a una persona que compraba cocaína en un búnker de la zona.

“Es una guerra entre narcos”, dijo aquel oficial de la brigada, mientras revolvía su café y miraba los viejos colectivos que cortaban con smog tóxico la cotidianeidad tiesa de la avenida Maipú.

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Pese a que el periódico tenía asignado otro redactor para este caso judicial y yo no escribiría absolutamente nada al respecto, consideré que podría ser conveniente dialogar con Mimbí sobre los movimientos en la zona.

De todas formas, no se trataba de una tarea fácil: Mimbí comenzaba a enamorarse.

Ya no alcanzaba con algunos besos, ni con breves horas de placer. Ahora, ella me ordenaba que vivamos juntos en el conventillo porque quería tener  un hijo. Los modales de Mimbí son rudimentarios y agresivos.

Entre brotes de amor y de furia, la misionera solía pegarme fuertes cachetadas en la cara preguntándome por qué yo no podía amarla. Luego, con sus brazos duros, acariciaba mi cuerpo y pedía disculpas.

-Este juego se gana sin enamorarse, Mimbí – le dije una tarde en la plaza de la avenida Donado.

-Sos un hijo de puta – dijo ella, que conoce a los narcotraficantes de Saavedra porque fumaba y aspiraba cocaína hasta quedar casi inconsciente. 

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Por el momento, los investigadores judiciales sólo confirmaron ante la prensa que un grupo de narcos trabaja para la mafia del Bajo Flores intenta dominar la zona, pero…para quiénes trabajan los narcos argentinos, que resisten a balazos contra un clan de extranjeros. Solo Mimbí podía decirme eso.

Y hace pocos días, mientras fumábamos un cigarro en una calle oscura -cerca de la intersección de la avenida Congreso y la calle Diaz Coledrero- una patrulla de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires frenó en la mitad de la cuadra.

Cuando se apagaron las luces del patrullero, la paraguaya me golpeó el brazo disimuladamente, y en voz baja, dijo: “Ahí está, mirá, y no rompás más las pelotas”. Mientras tanto, los dos narcotraficantes del barrio se acercaron hasta la ventana del vehículo para entregar a los oficiales una bolsa compacta, seguramente llena de billetes.


 

El inadaptado – Capítulo 10

Mis jefes del periódico decidieron que iniciara una breve investigación en Morón, provincia de Buenos Aires. Así que tomé un colectivo de la línea 166. Antes de viajar durante varios kilómetros por la avenida Perón para entrar al corazón de esa ciudad, observé la plaza principal de Ramos Mejía a través de las ventanas del bus.

Realmente intento no pensar en aquellos días. Sin embargo, cuando viajo rumbo al oeste, tus ojos y tu boca aparecen en mis ojos y en mi boca. Aparecen como un dibujo perfecto, como una fotografía. Y tus ojos son claros, como los sueños cuando te sueño. Y tu boca, en mi imaginación, besa tan bien como siempre lo hizo. Y todavía puedo sentirla, aunque hayan pasado ocho años desde nuestro último abrazo en la estación de trenes de Plaza Miserere.

No logro entender por qué –cuando ha transcurrido tanto tiempo- igualmente aparecen estos sentimientos indescriptibles. Pienso en vos, pienso en tu hermano Nicolás, pienso en Viviana, pienso en Enrique.

Realmente intento no reflexionar sobre esas noches libres, felices, fugaces. Éramos unos niños con deseos de escribir. Teníamos 18 años. Y fuiste muy cruel. Fuiste asquerosamente cruel.

Frente a tu inestabilidad, frente a tu alma golpeada por la vida de la periferia…yo siempre ofrecí amor. Y al pasar por la plaza de Ramos Mejía, sentado en uno de esos asquerosos asientos tapizados con cuero sintético de la línea 166, no pude evitar que las imágenes de aquel día volvieran a mi cabeza.

Fue un día muy triste. No recuerdo la fecha. El calor era insoportable. Y los rayos penetrantes del sol encandilaban, encandilaban con misterio y dolor. Una banda de rock llamada Pez tocaría en un antro de la zona. Así que viajé rumbo a Morón para comprar nuestras entradas. Habíamos conversado sobre ese show. Quería sorprenderte.

Cuando llegué, te llamé por teléfono. No atendiste. Me senté en la vereda, cerca de un almacén, frente a las vías del ferrocarril Sarmiento.

Miré durante cuarenta minutos –en silencio- ese callejón de la estación en el que solíamos discutir. Te llamé otra vez. Atendiste. Insultaste.

Cerca de las diez de la noche, subí al último tren del día. Busqué un buen rincón en el vagón que no tenía vidrios ni asientos, junto a los trabajadores marginales.

Aún era temprano. Pisé Ramos Mejía. Solamente conocía el antro del recital, la zona de los bares y la esquina en la que nos resistimos a un asalto durante el invierno.

Así que deambulé por calles oscuras pensando en tus ojos, en tu boca, en ese hermoso lunar de tu pierna. No sé por qué, pero guardaba la esperanza de que aparecieras en el show.

No fuiste. Y yo gasté el poco dinero que tenía. Dormí en la estación de trenes hasta que comenzaron a pasar las primeras locomotoras del día.

Ayer, mientras viajaba a Morón para trabajar –ocho años después de aquel día- pude sentir el frío desolador del oeste erosionando mis huesos. Pude recordar cómo tu mano calmaba mis miedos. Entendí que, también gracias a vos, me transformé en un hombre con la capacidad de sobrevivir en este mundo peligroso.


 

El inadaptado – Capítulo 9

¿Qué me pueden decir ustedes del periodismo?

Ustedes que nunca pasaron

La noche

A la vera

Del Riachuelo

Tomando mate

Co los choferes de colectivos

En el Puente de la Noria.

Ustedes no pisaron

El barro tibio

Con sangre

De Villa Fiorito.

Ustedes que nunca

Escribieron

Apenas iluminados

Por los focos de las calles

En la estación

De trenes Don Bosco.

¿Qué pueden decir ustedes del periodismo?

Ustedes que no vieron

Los ojos de la muerte

En las fronteras con Bolivia.

Ustedes que no vieron

Las caras de los traficantes

Que matan a los niños…

A los niños que viven

En lo que quedó

De Argentina.

¿Qué pueden decir?

Jamás vieron los ojos

De los traficantes de mujeres.

Esos ojos que yo vi

Cuando tenía 10 años.

¿Qué saben ustedes?

Nunca pasaron tres días

Sin dormir

Escribiendo un reportaje

Que los editores

Tuvieron miedo

De publicar.

¿Qué saben ustedes?

No creo que hayan visto

En sueños

Las lágrimas.

Ustedes no conocen la angustia

De ver cómo cae el mundo.

Desde sus escritorios,

Esas cosas no se ven.

¿Qué pueden decir ustedes del periodismo?

¿De la Justicia? ¿De la verdad?

Ustedes que no fueron

Despedidos

En cinco ocasiones diferentes

Por decir lo que pensaban.

Ustedes no pueden

Decir nada

Porque nunca negociaron

El precio de una pistola

Con los pibes

De Florencio Varela.

Nunca tuvieron que comprar

Esa pistola

Para proteger a su familia,

Porque nunca denunciaron

A la mafia.

¿Qué saben ustedes del periodismo?

Ustedes no conocen

El asqueroso olor a meo

De las estaciones de trenes

Que hay

En Moreno, en Merlo, en Quilmes.

Nunca fumaron un cigarro

Esperando el colectivo

En Puente Alsina.

¿Qué pretenden saber de la sociedad?

Ustedes jamás compraron

Drogas en las villas.

¿Ustedes pueden hablar de delitos?

Nunca compartieron un Marlboro

En invierno

Con un asaltante.

Jamás interactuaron

Con los peruanos

Y los bolivianos

que son capaces de matar a un niño

Por un billete de cien pesos.

Capaces de matar

A esos niños que viven

En lo que quedó

De Argentina.

Ustedes no conocen

Lo que quedó de Argentina.

Ustedes hablan y hablan

En los bares.

Jamás sintieron el frío de un cañón

En el pecho.

Jamás llevaron una munición

A la recámara.

No tienen idea

De lo que siente el cuerpo

Al apoyar un cañón frío

En una cabeza.

¿Qué me pueden decir del periodismo?

Jamás se arrodillaron

Ante Dios.

¡Les haría tanto bien arrodillarse ante Dios!

¿Ustedes quieren enseñarme algo?

Ustedes, los que sienten miedo

De nosotros.

Siente miedo porque rezamos

y encendemos velas en altares

para Jesucristo.

Ustedes no pueden

Tocar mi alma.

Hay un plan trazado

Que no se puede alterar

Con dinero del mundo.


 

El inadaptado – Capítulo 8

Como la primera vez enviaron a un inútil, para la siguiente ocasión debían enviar a alguien con ciertos conocimientos sobre motocicletas.

El segundo ataque contra la Zanella 200cc también tuvo lugar durante mayo de 2018; en el barrio porteño de Palermo, durante la noche, mientras yo tomaba unas cervezas.

Confiado, luego de recorrer más de treinta kilómetros a máxima velocidad, dejé la motocicleta en un oscuro estacionamiento público sin cámaras. Resultaba improbable que un vehículo me hubiera seguido hasta allí por el ritmo con el que yo manejaba aquella noche.

Pocos minutos antes de estacionar, mientras recorría la zona, creí notar que una persona nos observaba extrañamente.

Pero decidí ignorar aquel presentimiento, porque yo estaba allí con una bella rubia, y sólo quería divertirme.  Tal vez emborracharme.

Una hora y tres botellas después, al salir de aquel moderno antro ubicado bajo un puente ferroviario, intenté arrancar mi motocicleta envuelto en el crudo frío de la madrugada.

El motor prendió.

Pero rápidamente noté los daños.

Esta vez, los hijos de puta que quieren joderme no sólo habían cortado el cable del embrague con un alicate, sino que también trabajaron manualmente sobre la cadena.

Así, inmovilizaron casi definitivamente la motocicleta y -ahora- finalmente pueden controlar mis movimientos con mayor cercanía.

Hay una lista.

Y de eso estoy seguro.