El inadaptado – Capítulo 14

Mimbí tiene 22 años y le gusta fumar marihuana cuando está desnuda sobre el sillón. Sus brazos son fuertes y robustos porque trabaja como empleada de limpieza, doce horas, cada día. Llora por las noches, aunque no tenga motivos. Nació en la provincia de Misiones pero detesta hablar guaraní. Tiene varios novios, y un perro agresivo que la protege de la soledad del conventillo adonde vive. Hace diez meses, mientras estallaba una guerra entre los narcotraficantes del barrio porteño de Saavedra, ella se transformó en mi informante.   

La conocí en un parque cerca de la autopista General Paz, a través de un amigo en común. Recuerdo que ella sonreía mientras nos mostraba con sorna unos cinco mil pesos que acababa de robarle a un oficial de Gendarmería Nacional. Yo no dije prácticamente nada interesante durante la conversación, pero ella me invitó a cenar para gastar su botín. Así que fuimos en motocicleta hasta un restaurante de la avenida, y luego a un costoso hotel de Palermo. Despertamos al día siguiente, ya sin dinero. Aquella noche juramos que ninguno se enamoraría. Aquella noche conocí su vida, signada por el dolor de los migrantes que dejan tierras queridas en búsqueda de un futuro tan promisorio como inexistente.

El 13 de enero de 2018, la fiscalía de José María Campagnoli confirmó que en Saavedra se había desatado  una guerra entre narcotraficantes, porque criminales peruanos del Bajo Flores intentaban disputar la venta de drogas territorial con un grupo de delincuentes argentinos que históricamente controlaron una zona revestida de vital importancia geográfica por su conexión con el partido bonaerense de Vicente López. El Ministerio Público Fiscal dijo a la prensa que allí se desarrollaron al menos seis enfrentamientos con armas de fuego entre grupos antagónicos. En los tiroteos, un hombre murió y varios resultaron gravemente heridos.

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En simultáneo con la divulgación de la información oficial sobre estos grupos de traficantes, una calificada fuente de la Policía de la Provincia de Buenos Aires me confirmó en un precario bar de Puente Saavedra que los enfrentamientos también se habían trasladado más allá de los límites de Capital Federal: muy cerca de Saavedra, en el barrio de Munro –partido de Vicente López- personas vinculadas a la venta de drogas ejecutaron de un tiro en la nuca a una persona que compraba cocaína en un búnker de la zona.

“Es una guerra entre narcos”, dijo aquel oficial de la brigada, mientras revolvía su café y miraba los viejos colectivos que cortaban con smog tóxico la cotidianeidad tiesa de la avenida Maipú.

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Pese a que el periódico tenía asignado otro redactor para este caso judicial y yo no escribiría absolutamente nada al respecto, consideré que podría ser conveniente dialogar con Mimbí sobre los movimientos en la zona.

De todas formas, no se trataba de una tarea fácil: Mimbí comenzaba a enamorarse.

Ya no alcanzaba con algunos besos, ni con breves horas de placer. Ahora, ella me ordenaba que vivamos juntos en el conventillo porque quería tener  un hijo. Los modales de Mimbí son rudimentarios y agresivos.

Entre brotes de amor y de furia, la misionera solía pegarme fuertes cachetadas en la cara preguntándome por qué yo no podía amarla. Luego, con sus brazos duros, acariciaba mi cuerpo y pedía disculpas.

-Este juego se gana sin enamorarse, Mimbí – le dije una tarde en la plaza de la avenida Donado.

-Sos un hijo de puta – dijo ella, que conoce a los narcotraficantes de Saavedra porque fumaba y aspiraba cocaína hasta quedar casi inconsciente. 

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Por el momento, los investigadores judiciales sólo confirmaron ante la prensa que un grupo de narcos trabaja para la mafia del Bajo Flores intenta dominar la zona, pero…para quiénes trabajan los narcos argentinos, que resisten a balazos contra un clan de extranjeros. Solo Mimbí podía decirme eso.

Y hace pocos días, mientras fumábamos un cigarro en una calle oscura -cerca de la intersección de la avenida Congreso y la calle Diaz Coledrero- una patrulla de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires frenó en la mitad de la cuadra.

Cuando se apagaron las luces del patrullero, la paraguaya me golpeó el brazo disimuladamente, y en voz baja, dijo: “Ahí está, mirá, y no rompás más las pelotas”. Mientras tanto, los dos narcotraficantes del barrio se acercaron hasta la ventana del vehículo para entregar a los oficiales una bolsa compacta, seguramente llena de billetes.


 

El inadaptado – Capítulo 13

Y miro la calle un miércoles

Y todo está igual que cada día

En el pobre edificio gris,

En el barrio,

La mafia recaudando su dinero,

Los obreros rumbo al trabajo,

Mi madre se preocupa,

Prendo velas a la Virgen María

Y en esta confusión espero

Un disparo o más billetes

Para salir del agujero,

El olor de la comida del primer piso

Se filtra entre las ventanas

Y mi madre se preocupa

Y el marido de la vecina sigue

En la cárcel por secuestros extorsivos.

Rezamos y cocinamos con la moneda justa,

Ya sobrevivimos en 2001,

Sobrevivimos tres gobiernos kirchneristas,

Sobrevivimos los levantamientos de los carapintadas.

Sobrevivimos cuando mi padre fue a la guerra.

Tengo dinero en los bolsillos,

Y sonrío.

Pero bajo a la calle y es miércoles

Y todo luce igual que cada día.

Los grises y pobres edificios.

Y mi amigo delincuente fuma cigarrillos

Mientras su hija juega en la vereda,

Llega un asaltante y se suma

a la conversación.

Quienes no están presos,

Ni muertos,

Viven aún

Por milagros.

Los adictos al crack se han ido a dormir

Y la calle está tranquila

Y los niños corren.


 

El inadaptado – Capítulo 12

Mis jefes del periódico decidieron que iniciara una breve investigación en Morón, provincia de Buenos Aires. Así que tomé un colectivo de la línea 166. Antes de viajar durante varios kilómetros por la avenida Perón para entrar al corazón de esa ciudad, observé la plaza principal de Ramos Mejía a través de las ventanas del bus.

Realmente intento no pensar en aquellos días. Sin embargo, cuando viajo rumbo al oeste, tus ojos y tu boca aparecen en mis ojos y en mi boca. Aparecen como un dibujo perfecto, como una fotografía. Y tus ojos son claros, como los sueños cuando te sueño. Y tu boca, en mi imaginación, besa tan bien como siempre lo hizo. Y todavía puedo sentirla, aunque hayan pasado ocho años desde nuestro último abrazo en la estación de trenes de Plaza Miserere.

No logro entender por qué –cuando ha transcurrido tanto tiempo- igualmente aparecen estos sentimientos indescriptibles. Pienso en vos, pienso en tu hermano Nicolás, pienso en Viviana, pienso en Enrique.

Realmente intento no reflexionar sobre esas noches libres, felices, fugaces. Éramos unos niños con deseos de escribir. Teníamos 18 años. Y fuiste muy cruel. Fuiste asquerosamente cruel.

Frente a tu inestabilidad, frente a tu alma golpeada por la vida de la periferia…yo siempre ofrecí amor. Y al pasar por la plaza de Ramos Mejía, sentado en uno de esos asquerosos asientos tapizados con cuero sintético de la línea 166, no pude evitar que las imágenes de aquel día volvieran a mi cabeza.

Fue un día muy triste. No recuerdo la fecha. El calor era insoportable. Y los rayos penetrantes del sol encandilaban, encandilaban con misterio y dolor. Una banda de rock llamada Pez tocaría en un antro de la zona. Así que viajé rumbo a Morón para comprar nuestras entradas. Habíamos conversado sobre ese show. Quería sorprenderte.

Cuando llegué, te llamé por teléfono. No atendiste. Me senté en la vereda, cerca de un almacén, frente a las vías del ferrocarril Sarmiento.

Miré durante cuarenta minutos –en silencio- ese callejón de la estación en el que solíamos discutir. Te llamé otra vez. Atendiste. Insultaste.

Cerca de las diez de la noche, subí al último tren del día. Busqué un buen rincón en el vagón que no tenía vidrios ni asientos, junto a los trabajadores marginales.

Aún era temprano. Pisé Ramos Mejía. Solamente conocía el antro del recital, la zona de los bares y la esquina en la que nos resistimos a un asalto durante el invierno.

Así que deambulé por calles oscuras pensando en tus ojos, en tu boca, en ese hermoso lunar de tu pierna. No sé por qué, pero guardaba la esperanza de que aparecieras en el show.

No fuiste. Y yo gasté el poco dinero que tenía. Dormí en la estación de trenes hasta que comenzaron a pasar las primeras locomotoras del día.

Ayer, mientras viajaba a Morón para trabajar –ocho años después de aquel día- pude sentir el frío desolador del oeste erosionando mis huesos. Pude recordar cómo tu mano calmaba mis miedos. Entendí que, también gracias a vos, me transformé en un hombre con la capacidad de sobrevivir en este mundo peligroso.


 

El inadaptado – Capítulo 10

Como la primera vez enviaron a un inútil, para la siguiente ocasión debían enviar a alguien con ciertos conocimientos sobre motocicletas.

El segundo ataque contra la Zanella 200cc también tuvo lugar durante mayo de 2018; en el barrio porteño de Palermo, durante la noche, mientras yo tomaba unas cervezas.

Confiado, luego de recorrer más de treinta kilómetros a máxima velocidad, dejé la motocicleta en un oscuro estacionamiento público sin cámaras. Resultaba improbable que un vehículo me hubiera seguido hasta allí por el ritmo con el que yo manejaba aquella noche.

Pocos minutos antes de estacionar, mientras recorría la zona, creí notar que una persona nos observaba extrañamente.

Pero decidí ignorar aquel presentimiento, porque yo estaba allí con una bella rubia, y sólo quería divertirme.  Tal vez emborracharme.

Una hora y tres botellas después, al salir de aquel moderno antro ubicado bajo un puente ferroviario, intenté arrancar mi motocicleta envuelto en el crudo frío de la madrugada.

El motor prendió.

Pero rápidamente noté los daños.

Esta vez, los hijos de puta que quieren joderme no sólo habían cortado el cable del embrague con un alicate, sino que también trabajaron manualmente sobre la cadena.

Así, inmovilizaron casi definitivamente la motocicleta y -ahora- finalmente pueden controlar mis movimientos con mayor cercanía.

Hay una lista.

Y de eso estoy seguro.


 

El inadaptado – Capítulo 9

Mayo de 2018.

Después de escribir y publicar decenas de investigaciones, yo sé que hay una lista.

También sé que mi nombre figura en la lista.

Sin embargo, no sé qué otros nombres están escritos allí, ni quienes han confeccionado ese espurio registro.

Hace tres semanas, una persona que fuma cigarrillos con sabor a menta -marca Melbourne- se acercó durante la noche a mi motocicleta.

Sus pasos fueron sigilosos.

Desde la húmeda vereda –amparado por la sombra de un enorme edificio industrial- observó la ventana del departamento adonde vivo. También se detuvo con sus ojos en la ventana del departamento adonde vive mi padre.

Luego, este hombre  decidió apoyar la espalda en una reja herrumbrosa y metió ambas manos en los bolsillos de su campera negra.

Dentro del bolsillo, con los dedos lánguidos de la mano derecha, abrió una navaja corta pero filosa.

Sin girar la cabeza –más por obsesión que por instinto- volvió a chequear que las cámaras de seguridad de la fábrica estuvieran a sus espaldas.

Acomodó el gorrito de lana que cubría su pelo y parte de su frente; se arrodilló junto a la motocicleta y cortó uno de los cables que comenzaba en la rueda y terminaba en el tablero electrónico.

No dejó en el lugar pedazos de plástico ni trozos deshilachados de cobre.

El corte fue vertical, desde arriba hacia abajo. Por las huellas del filo en el cable fue posible inferir que este hombre recibió órdenes con poca anticipación y actuó sin las herramientas necesarias.

Tampoco tenía conocimientos previos sobre motocicletas chinas: sin saberlo, cortó el cable del cuentakilómetros en vez de cortar el freno.

Volvió a mirar las ventanas de los departamentos. Y dos gotas de sudor recorrieron sus mejillas. Temía ser asesinado.

Cuando corroboró que las luces de ambos departamentos seguían apagadas, se incorporó lentamente.

Encendió otro Melbourne. Lo fumó calada tras calada, sin levantar la vista, a un metro de la motocicleta.

Arrojó la colilla en el cantero de un árbol. Y, parado, se apoyó nuevamente contra la reja.

Sacó una pequeña botella de su bolsillo izquierdo.

Prolijamente, sin realizar movimientos bruscos y sin dejar un charco que lo delatara, vertió el líquido sobre toda la rueda trasera del Zanella 200cc.

Guardó la botella vacía en su bolsillo, y se retiró caminando lentamente en dirección a la avenida Congreso de Tucumán. Y encendió el último Melbourne.