Oscuridad

oscuridad


 I.
El inicio de la investigación

¿Alguna vez se preguntaron cómo empiezan las historias?

Esta historia empieza cuando estoy parado sobre la vereda, frente a una vieja casa del barrio.

Me pregunto por qué el tiempo pasa pero algunas situaciones nunca cambian.

Aquí siempre existieron estos antros de explotación de mujeres. Y los grupos delictivos que tienen lazos con la trata de personas modifican sus ritmos de actividades a medida que los agentes federales se mueven.

Los vecinos, que  han vivido en estas calles durante años, crecieron observando a las dominicanas, paraguayas y argentinas que solo veían la luz del día para ir al mercado chino. Luego, volvían a esos caserones lujuriosos del Diablo que siempre lucen oscuros y desolados.

Estacioné mi moto a varios metros de distancia. Y –desde la vereda- ahora puedo notar la ventana de un cuarto del segundo piso. Iluminado por una luz roja. Cortinas blancas y la persiana de madera.

Mientras miro, pienso que las desaparecen para que sean tus putas.

Algunos minutos después, marco en el teléfono desde un viejo locutorio.

4896-4437.

-¿Hola?
-Buenas noches.
-¿Cómo estás, amor?
-Todo bien.
-…
-…
-Si…
-Te llamo por el volante que está en la calle.
-Sí. Estoy en Belgrano. ¿Te queda bien?
-Sí.
-Bueno…te cuento…la media hora sale $400 y la hora $700.
-Sí.
-¿Te doy la dirección?
-Dale…
-Vuelta de Obligado 2612.
-¿Estás vos sola o hay mujeres para elegir?
-Hay para elegir.


 II.
Oferta en las calles

Camino por las calles de Belgrano y veo que dos hombres con mal aspecto,  rengos, empapelan la avenida Cabildo con promociones de antros de explotación sexual.

Esos panfletos pegados en persianas, puertas y tachos de basura están allí todo el día. A toda hora.

Tras la sanción de la ley de trata de personas y luego de varios allanamientos realizados por la Justicia, los criminales dedicados a este delito permanecieron algunos años tomando precauciones especiales en la zona.

Pero la realidad indica que estos delincuentes nunca dejaron de llevar adelante sus delitos en Belgrano, pese a que fueron golpeados por las fuerzas federales en algunos casos. Así como también fueron protegidos por las fuerzas de seguridad en un público escándalo de corrupción.

Hoy, ante los ojos de los agentes de civil de la Policía de la Ciudad que recorren estas calles, la promoción de esclavas sexuales vuelve a decorar todas las persianas del barrio, a plena luz del día; durante la mañana, la tarde, la noche.

Nos piden que naturalicemos el sometimiento de esas mujeres que no pueden liberarse de los proxenetas, porque llevan el espíritu quebrado.

En cierto punto, siento que regresamos a la década pasada, cuando yo era un adolescente y podía observar cómo los delitos de trata y explotación todavía eran aceptados en gran parte de la Capital Federal.

Mientras tanto, durante aquellos años pasados, las mujeres de las provincias –junto a las dominicanas y paraguayas- eran ofrecidas en cabarets clandestinos y puntos de explotación de personas ubicados, por ejemplo, en las calles  Federico Lacroze, Teodoro García y José Hernández.


III.
Pensar en una denuncia periodística

Vuelta de Obligado 2612.

La noche de un día cualquiera. Espero que suceda algo diferente, que un patrullero frene a buscar su coima en la esquina del prostíbulo.

Me siento sobre el escalón de una puerta y enciendo un cigarro.

No sucede nada.

Una mujer de 20 años pasa fumando un porro mientras pasea al perro.

Termino el cigarro, y observo por primera vez una puerta ubicada sobre la calle Roosvelt. Exactamente a la vuelta del cabaret.

Luce sospechosa.

Intuyo que puede conectarse por dentro –como un viejo conventillo- con el antro que estoy investigando.

Franklin Roosvelt 2317.

Busco datos.

No hay sorpresas: esta segunda casa que luce sospechosa –a la vuelta del primer prostíbulo- también aparece vinculada con el teléfono impreso en los volantes de antros de explotación sexual: 4781-1752. 

Por teléfono, también aclaran que no hay una sola mujer sino que, por el contrario, hay “varias para elegir”.

¿Cuánto cuesta el alquiler de dos enormes caserones en Belgrano?

¿Quién puede pagar esa inversión para montar dos prostíbulos adonde se ofrecen mujeres como esclavas por hora?


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Volantes de oferta de los prostíbulos en Belgrano

IV.
Avenida Cabildo

Decido buscar datos acerca de un tercer número que se promociona por estos días en los volantes de oferta de prostíbulos de este barrio porteño.

4787-5136.

Corresponde a un departamento ubicado en la avenida Cabildo, puntualmente en la altura 2648. 

Llamó por teléfono y compruebo que allí también venden mujeres por hora.

¿Comprenden los lectores que en estos antros se quiebra la voluntad de mujeres vulnerables para ingresarlas en el sistema prostibulario? Al menos 500 personas habrían caído en redes de trata en los últimos dos años.

Meto la mano en el bolsillo de mi pantalón.  Allí tengo una lista con diez teléfonos de al menos seis antros de explotación de mujeres, todos ubicados –exclusivamente– en este barrio.

Subo a mi motocicleta y manejo hasta los monoblocks.

Al llegar, enciendo un cigarrillo en el estacionamiento y observo como el amanecer gana las calles.


V.
Clausuras

Durante mi adolescencia -en la década pasada- pude notar que los cabarets eran habilitados como bares. Algunos ni siquiera estaban habilitados. Funcionaban igual.

Estos sitios eran promovidos en la vía pública y naturalizados abiertamente. Los hombres concurrían a tomar cervezas como lo harían en un bar normal.

Pero estos antros contaban con habitaciones para concretar los “pases”, como le llaman en la jerga al sexo con dinero de por medio. Yo lo llamo violación encubierta.

Lo que puedo decir es que la trata de personas era un delito completamente extendido durante aquellos años en Recoleta, Palermo, Belgrano, Saavedra, Olivos. Con el tiempo y el trabajo de la Justicia, algunos de esos lugares fueron clausurados o allanados.

Sin embargo –mientras en algunos barrios los viejos prostíbulos de la mafia actualmente lucen derrumbados- en Belgrano este delito no ha cesado. Sino que se expande nuevamente.

Algunos antros de explotación de Belgrano atienden –sorprendentemente- con la faja de clausura pegada en la puerta.

¿Quién debe dar explicaciones?

Si la búsqueda de centros de explotación sexual sobre este barrio se extiende a directorios digitales, las posibilidades de contratar mujeres por hora se vuelven casi infinitas.

Pienso que las personas que estoy investigando, estas mafias, son complicadas.

¿Alguna vez se preguntaron cómo empiezan las historias?

Esta historia empieza cuando estoy parado sobre la vereda, frente a una vieja casa del barrio.


VI.
Riesgos

Observo el prostíbulo que tiene un acceso por la calle Vuelta de Obligado, y también –aparentemente- cuenta con un ingreso por la calle Roosvelt. También pienso en la posibilidad de que sean dos prostíbulos.

Una de las ventanas está un poco abierta, en el segundo piso. Son tres o cuatro habitaciones, solo en la planta superior.

La vieja cortina marchita y gris se mueve atrapada por una puerta de madera.

Un hombre nervioso estacionó enfrente y se incomoda por mi presencia.

Yo fumo en un banco de cemento muy bonito, que está ubicado en el acceso de un moderno edificio, frente al antro.

Miro hacia otro lado.

El hombre sigue nervioso.

Pienso en lo aburridas que pueden resultar las coberturas periodísticas.

Por seguridad, avisé a mi familia que investigo esta red de explotación. Ellos me han pedido que no ingrese a los domicilios con una cámara oculta, y por eso no lo haré.

Entonces, en esta primera etapa de investigación, prefiero recopilar más datos digitales.

¿Les sorprende que este antro de la calle Vuelta de Obligado, que albergaría dos prostíbulos, esté ubicado a muy pocos metros de una comisaría?


VII.
Foros digitales

No puedo evitar pensar que esta denuncia, al igual que otras, permanecerá prácticamente desoída. Sin embargo, aún siento la necesidad de narrar la historia y escribir una crónica.

La búsqueda de información sobre estos dos caserones sospechosos en la intersección de la calle Roosvelt y Vuelta de Obligado me lleva –tras un largo camino a través de diferentes publicaciones- hasta algunos relatos específicos de foros especializados en prostitución.

Para resumir: estos son portales digitales adonde los “clientes”/prostituyentes comparten sus comentarios sobre diferentes lugares. Narran experiencias. Entre los sitios descritos por esta audiencia aparecen algunos antros de explotación sexual.

¿Cuál es la diferencia entre una mujer que ejerce la prostitución en su departamento privado por su propia cuenta y las mujeres que son explotadas en antros junto a otras víctimas a cambio de ínfimas sumas de dinero?

Simple.

En el segundo caso, hay alguien que lucra con los cuerpos de las mujeres que son vendidas como esclavas sexuales.

No tardo mucho tiempo en confirmar que podría ser un grupo criminal.

Leo en la pantalla de la computadora, mientras bebo un café en un bar, y aparecen datos específicos.

A esta altura, las dudas se disipan. Hay certezas periodísticas:

1-En la calle Vuelta de Obligado funciona un prostíbulo adonde hay “mujeres para elegir”, según ellos mismos confirman en los llamados telefónicos.

2-Sobre la calle Roosvelt hay otro prostíbulo, que podría estar conectado con el primero. Y, aquí, el dato nuevo. Este segundo prostíbulo aparece extensamente reseñado en los foros especializados en prostitución.

Al respecto, un usuario del foro “EscortsXP” –por ejemplo- detalló en 2015: “Llegué a las nueve de la noche. De terror. Había solo una chica. Las demás dormían. El lugar es un tugurio”.  

Otro usuario –en un comentario de 2013- dijo acerca del antro de Roosvelt: “Había dos chicas disponibles. Ambas se presentaron a trabajar abrigadas, porque hacía frío en el lugar (SIC)”.

Un tercer prostituyente y usuario del foro–en 2010- explicó sobre este prostíbulo: “Atravesando un patrio llegamos a una habitación, adonde apenas entraba una cama individual. Ni una silla para apoyar la ropa, ni un tacho de basura. Nada”.

Actualmente, este lugar de explotación de personas sigue funcionando.

¿Por qué?


VIII.
Llamados

Levanto un panfleto de oferta sexual sobre la calle Mendoza. Siempre dentro del barrio de Belgrano.

Llamo desde un locutorio. 4781-5055.

Del otro lado, atiende una mujer peruana. Este sitio cuenta con tres líneas telefónicas y con una recepcionista.

-¿Hola?
-Hola. 
-Te cuento, amor. Estamos en la calle Vidal 2189. Único timbre. 
-¿Cuántas mujeres hay para elegir? 
-Hay varias chicas, amor. 


IX.
Vestigios

Salgo del locutorio y enciendo un cigarro Marlboro que compré suelto -por cinco pesos- en el kiosco de la esquina.

Miro los volantes que promocionan los prostíbulos.

Hay cientos.

En el piso, en las paredes. Alguien invirtió dinero en tantas promociones.

Sigo con la vista una larga hilera de panfletos pegados en un poste de luz. Mis ojos se posan por un minuto en el balcón de una casa. La ventana del baño esta tapiada con ladrillos. Mendoza 2478. 

Mientras yo desarrollaba esta investigación, allí funcionaba un prostíbulo. Puede que aún funcione. Puede que no.

El dato concreto que puedo confirmar sobre este antro es que operaba aún con la faja de clausura en su puerta, y que allí había al menos tres mujeres en situaciones de prostitución.

Este antro -a su vez- fue denunciado también en 2013 por la ONG Esclavitud Cero.


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Oferta digital de un antro ubicado en la calle Pedraza

X.
Zona difícil

El 20 de enero de 2017, la Justicia confirmó el procesamiento para tres suboficiales, un subcomisario y un comisario de la comisaría 51 por asociación ilícita y encubrimiento.

Los acusan de brindar protección a un prostíbulo ubicado en La Pampa 678, en el barrio porteño de Belgrano.

Un informe oficial del Ministerio Público Fiscal sobre este caso indica que los agentes habían decidido “evitar el inicio de investigaciones pese a las evidencias de que en dicho lugar se ofrecían servicios sexuales a cambio de dinero”.


XI.
Mapa


XII. 
¿Independencia?

Uno de estos antros de explotación sexual está ubicado en la intersección de las calles Pedraza y Ciudad de la Paz.

No pude obtener la dirección exacta porque las recepcionistas solo habilitan el timbre cuando el cliente/prostituyente está en la esquina del lugar, y listo para ingresar.

Sin embargo, pude comprobar que muchas de las mujeres que están en este antro son ofrecidas a través del sitio https://www.legalmentesexy.com/ y del teléfono 15-2728-9992, entre otros números.

Al realizar una búsqueda digital con estos datos, encuentro nuevamente un “cliente” que escribió una reseña sobre este antro en el foro “EscortsXP“, un sitio web adonde quienes asisten a los prostíbulos recomiendan mujeres y lugares. Allí, en julio de 2017, una persona escribió: Las mujeres en este lugar no son independientes“.

Según pude comprobar a través de un llamado telefónico, las tarifas para alquilar mujeres en este prostíbulo comienzan en $1100 pesos. De acuerdo a los datos recabados, al menos cuatro mujeres están en situación de prostitución en el antro.

Un segundo usuario del foro “EscortsXP” detalló en agosto de 2017: “Me dieron la dirección ‘posta’ cuando llegué a los alrededores del lugar”. Además, este usuario detalló que durante la noche, puntualmente a las 20 horas, se realiza “un cambio de turno”, en el que algunas mujeres salen del lugar, y otras llegan.


XIII.
Olazábal

Uno de estos antros de explotación sexual -ubicado en el mapa anterior- funciona también hace años en la intersección de las calles Olazábal y Amenabar. Este prostíbulo recibía clientes con la faja de clausura recientemente arrancada de la puerta.

Como dije antes, esta investigación se extendió durante varios meses y puede ser que -en ese lapso de tiempo- alguno de los prostíbulos haya cerrado.

Frente a este lugar, funciona un restaurante peruano. Pedí un plato de ceviche y una gaseosa. Me senté junto a la ventana para poder observar el lugar. Algunos hombres entran, algunas mujeres salen. Nada extraño en un cabaret.

Mientras observo los movimientos, reviso algunos comentarios sobre el prostíbulo publicados en el sitio “EscortsXP“. Allí, un usuario escribió en agosto de 2012: “Este lugar es lo más parecido a un aguantadero, la “840” [NdR: sinónimo de proxeneta] me llevó a un dormitorio pequeño con puerta corrediza. Me presentó a varias chicas”. 

Aquí, cabe una aclaración: aparentemente, también funcionaría un segundo prostíbulo en la intersección de las calles Olazábal y Ciudad de la Paz. Puntualmente en Olazábal 2510. 

Alguno de estos dos antros ubicados sobre la misma calle (y a una cuadra de distancia) se anuncia a través del sitio https://www.olazabaltop.com/, adonde ofrecen más de diez mujeres -por ejemplo- con el número telefónico 15-6351-3197.


XIV. 
Final

Al finalizar la recolección de datos y la redacción de esta crónica, presentaré  el contenido de la investigación en la línea telefónica dispuesta por el Ministerio Público Fiscal y el Ministerio de Justicia para denunciar antros de explotación sexual de mujeres y potenciales redes de trata de personas.


 

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Un antro de la calle Olazábal publica ofertas con más de diez mujeres diferentes y varios teléfonos de contacto

 

Crónica sobre la crueldad de los narcos peruanos

Por Belisario Sangiorgio

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Una imagen de los operativos realizados para cortar las actividades de los narcotraficantes

-¿Conseguís herramientas?

-¿Qué herramientas querés?

-Algo grande, para hacer un buen ruido. 

-El que tenía era el ‘pibito’ de ahí…pero no sé. Esa ‘mina’…a la que le mandaste mensaje…ella tenía uno.  

-Se pudrió todo en ‘Rodríguez’. Pero vuelvo al barrio para buscar revancha.

 

Fuentes judiciales confirmaron a este sitio que al menos siete narcotraficantes –todos detenidos durante los últimos días de junio tras una serie de allanamientos- forzaban a una adolescente de 14 años a entregar paquetes de cocaína, y también la obligaban a recaudar el dinero de las ventas.

Además, los reportes de policías infiltrados revelan que los delincuentes “disimulaban sus movimientos con la permanencia de mujeres y niños en las inmediaciones para no ser fácilmente detectados”. Por otro lado, las escuchas telefónicas confirman que los traficantes capturados eran realmente violentos.

Este grupo vendía drogas en Plaza Miserere, el enorme parque ubicado junto a la estación Once del ferrocarril Sarmiento, desde marzo de este año. Las transacciones se realizaban durante los siete días de la semana, a toda hora.

Pese a que el grupo no era pequeño, en realidad simplemente funcionaba como una célula de otra organización mayor, cuyos líderes serían narcotraficantes peruanos. 

Las escuchas telefónicas confirman que una mujer -cuyas iniciales son P.P.Z- coordinaba a los miembros de esta célula, y obligaba a su hija de 14 años a trasladar cocaína. A su vez, P.P.Z  era la encargada de contactarse con el eslabón superior de la cadena criminal, es decir con los traficantes que le proveían cocaína. La casa de esta mujer está ubicada en una  zona residencial de Capital Federal, y fue el objetivo principal del operativo federal.  

Además, se allanaron viviendas en los partidos bonaerenses de Merlo, Moreno y La Matanza.

Los agentes federales encontraron droga, teléfonos celulares, $27.000 pesos y balanzas, además de otros elementos que sirven para cortar y fraccionar estupefacientes.

Por otro lado, la policía pudo capturar a algunos de los criminales que integraban esta célula criminal mientras vendían drogas en Plaza Miserere. Uno de ellos tenía –en los bolsillos- 29 pequeños paquetes de cocaína, casi mil pesos en efectivo, y marihuana.

En este punto, cabe destacar que –durante su declaración judicial- el detenido admitió que, cuando fue capturado, estaba junto a su mujer embarazada (también imputada) y su pequeño niño.  Todos los sospechosos están acusados de comercializar drogas de forma organizada, valiéndose de una adolescente para concretar su objetivo.  

Por otro lado, al menos dos intervenciones telefónicas revelan que los narcotraficantes detenidos manejaban armas de fuego.

 

-Pregunta ‘Johny’ si le prestás tu fierro. 

-A la noche voy para allá. 

-Pregunta si le prestás tu fierro. 

-Llevalo. Yo tengo plata para las balas. Cerrá todo bien, y yo voy para allá a la noche. 

Bueno.

¿Cuánto vale tu libertad?

En el barrio adonde crecí, y en muchos otros barrios, los vecinos llaman “rastreros” a los ladrones de poca monta que no utilizan armas; y que optan por engañar a los jubilados, por llevarse ropa de los centros comerciales y por aprovechar los descuidos que cualquier trabajador puede tener mientras regresa a su vivienda luego de cumplir la jornada laboral.

Según el diccionario de la Real Academia Española, “rastrero” es un adjetivo.

Sus sinónimos son “bajo”, “vil” y “despreciable”. 

Este es el caso de una persona detenida por la policía recientemente: llegó a la Argentina desde un país limítrofe. Sus iniciales son W.R.F.Y.

Una vez que pisó el suelo de este país, se instaló en General Rodríguez, provincia de Buenos Aires.

Primero trabajó como vendedor ambulante, y luego decidió transformarse en “rastrero”.

Según una sentencia del 23 de junio de 2017 dictada por el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional 24 de Capital Federal, el “rastrero” W.R.F.Y ingresó el 5 de marzo de 2017 -junto a una mujer (cuyas iniciales son D.S)– al único ‘shopping’ del barrio Recoleta.

Una vez allí, W.R.F.Y robó nueve camisas marca Timberland y –siempre según el documento judicial- salió rápidamente de ese enorme conglomerado de locales ubicado en la intersección de las calles Junín y Vicente López. Caminaba tranquilo. Pero los vendedores detectaron el robo y un agente de seguridad privada decidió perseguirlo. También fueron tras él los empleados de la tienda. Entonces, el “rastrero” y su novia comenzaron a correr.

Llegaron a la avenida Las Heras, y subieron a un colectivo de la línea 106…pero el conductor apagó el motor. Luego, arribaron algunos vehículos policiales. Y –en ese minuto- la suerte de ambos ladronzuelos ya estaba sellada.

Confesaron. Y la justicia los encontró culpables por ser “coautores del delito de hurto”, que “constituye un apoderamiento sin violencia en las personas, ni violencia en las cosas”. Según la sentencia, su triste y bajo crimen “se adecua típicamente a la figura contemplada por el artículo 162 del Código Penal”.

Por este hurto, D.S pudo evadir la prisión…pero W.R.F.Y tuvo que dormir tras las rejas desde el 5 de marzo hasta el 19 de junio. Y tuvo suerte, porque salió vivo de la celda.

En las esquinas del barrio adonde vivo, y en las esquinas de otros barrios, abundan las historias de “rastreros” que terminaron en la cárcel por unos pocos pesos…y no salieron.

Es decir, sus cuerpos quedaron literalmente muertos en un pabellón. O, si lograron pisar otra vez la calle, nunca volvieron a ser las mismas personas. Porque en los penales y comisarías los ladrones de poca monta –todos saben esto- deben dedicarse a lavar medias y calzoncillos, y –si se resisten- son violados.

Por último, quiero escribir que -después de cinco años narrando crímenes en diferentes medios de comunicación- siento asco por dedicar tantas líneas a estos parásitos que la sociedad engendra y que llamamos “rastreros”, pero –sin embargo- me permito publicar (con el único objetivo de interpelar a mis lectores) dos preguntas que nacen tras leer la sentencia: ¿la libertad vale tanto como nueve camisas marca Timberland? ¿En qué instancia de descomposición social vivimos para que un hombre decida arriesgar su vida por un manojo de tela?

Hotel América

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Las noches en el Gran Hotel América son silenciosas. Cuando el sol muere como un hombre degollado sobre el cemento de Plaza Constitución, los largos y laberínticos pasillos de este hotel sólo permiten escuchar la respiración de las inmundas palomas. Mientras bajaba las escaleras, jamás me crucé con alguno de los huéspedes.

En cada piso hay enormes y oscuras salas comunes con balcones que permiten observar claramente la avenida Bernardo de Irigoyen, la comisaría del barrio, y la enorme estación de trenes. Aunque nadie puede confirmarlo, probablemente ese hotel haya sido construido durante los primeros años del siglo pasado. Lo que sí puedo confirmar es que los muebles son los mismos que los viajeros utilizaban en aquellos días de su inauguración.

Por 16 dólares –que hasta el humano más estúpido puede conseguir si permanece 15 horas en las calles- los dueños del hotel ofrecen inmensas habitaciones con dos camas, dos mesas, dos armarios, ventilador, espejo, sábanas limpias, cuatro almohadas y un lavamanos junto a la ventana. A través de los vidrios, es posible observar un inmenso jardín interno, un hueco gigantesco de ropa colgada y balcones destruidos. Sin embargo, estos dormitorios –los más baratos- son tan antiguos que no tienen baño. Por eso, en los pisos superiores hay viejos baños compartidos. En el inodoro y en la ducha las cucarachas deambulan extraviadas.

Por 30 dólares –que nunca pagaría para vivir en ese hotel hediondo, pero que el humano más estúpido puede conseguir si permanece 15 horas en las calles- los dueños del lugar ofrecen pequeños departamentos de dos ambientes con televisión, duchas limpias y una vista más agradable.

Yo solía prender la radio y, luego apilaba los colchones de las dos camas. Lo mismo con las almohadas. Sacaba todas las sábanas para corroborar que no hubiera ningún insecto escondido, y después volvía a tenderlas prolijamente. Finalmente, caminaba hasta el escritorio, tomaba el paquete de Marlboro y encendía un cigarro. Lanzaba el encendedor sobre la mesa, y me recostaba para fumar mientras escuchaba música.

Cuando terminaba la canción, o el cigarrillo, volvía a repetir esa cadena de acciones. Una y otra vez, durante horas.

Permanecía encerrado todo el día. Leía y escribía. Por la noche, investigaba a los narcotraficantes peruanos. 

Solía mirar el teléfono del siglo pasado que había en la habitación del hotel, y reía como un loco durante varios minutos al pensar qué tan hijos de puta deberían ser los dueños de ese antro que, aún cien años después de la inauguración, no habían comprado teléfonos nuevos, o camas nuevas, o algo nuevo.

Los pisos de las habitaciones fueron construidos con madera de caros pinos. Crujen y lloran durante las horas en las que todos duermen. Las persianas son de pesado y oxidado metal. Me daba asco tocarlas para abrirlas porque había decenas de asquerosas palomas viviendo en los pequeños balcones de cada habitación. Por esos mismos balcones, obviamente, entran en los dormitorios los alaridos de muerte que suben desde los callejones del barrio marginal. Por esos balcones entran las lágrimas de las mujeres secuestradas y explotadas en los prostíbulos; por esos balcones entra el ruido del filo de las facas de los vendedores de droga cuando cortan el aire helado, cuando rompen la tela de la ropa.

Al terminar mis cigarrillos, abandonaba el Gran Hotel América y pisaba las calles para comprar comida y agua mineral. Las cantinas –mientras permanecen abiertas- siempre están llenas.

En sucias parrillas cocineros alienados queman pollos baratos, y –si uno escucha con cierta atención- es posible diferenciar el sonido de una botella llena de cerveza golpeando contra el mármol de la barra, y el sonido de una botella vacía golpeando contra el mismo mármol de la misma barra.

Los delincuentes suelen agruparse en las puertas de estas cantinas. Y, en la noche de Constitución, realmente ninguna persona contiene en su interior algún insulto que tenga ganas de escupir.

Si uno vive en estos territorios, debe saber que será insultado sin motivos al menos dos o tres veces por día: puede ser que para algún desempleado que está pasando hambre tu ropa sea demasiado bella, puede ser que algún ladrón te confunda con un policía, puede ser que algún policía te confunda–por tus tatuajes- con un ladrón.

La clave es no detenerse.

Si frenás, tenés que enfrentarte con golpes -y tal vez puñaladas- al menos dos o tres veces por día.

Y realmente no hay nada más denigrante que dormir en una comisaría tras una riña callejera, así que -cuando alguien insultaba- yo solía simular que no había escuchado, y seguía caminando lentamente rumbo al almacén.

Pese a la violencia social y a las impunes negociaciones de tratantes de personas y narcotraficantes que operan en la zona, realmente nunca temí al vivir en Constitución.

Las calles son iguales en todas las ciudades.

Simplemente, alcanza con saber cómo caminarlas.

En fin, salía a comprar cigarros.

Al llegar a la estación Constitución, la luna ya se había adueñado de las calles. Las mujeres de República Dominicana, con calzas rojas y negras, ofrecían sus cuerpos maltratados en las puertas de los locales adonde se venden celulares, ropa falsificada y golosinas por mayor.

En el aire flotaba un denso olor a muerte que invadía toda la calle Lima. Vendedores ambulantes –ya borrachos- perdían el tiempo mientras esperaban el último tren que los llevaría a la periferia.

En la esquina de O’Brien y Lima hay un local que vende cajas de cartón y resmas de hojas. En frente está el hotel Cosmos, de muchísima menor calidad que el inmundo hotel América.

En el hotel Cosmos se refugian los adictos ladrones de celulares cuando roban buenos teléfonos. Los gritos bajaban desde las ventanas. Algunos drogadictos sin dientes entraban y salían del hotel; en sus manos llevaban las pipas para fumar crack.

Y yo iba por allí, mientras pensaba en mi destino.

Caminaba con calma.

Caminaba entre los puestos de venta ambulante que los africanos montan en las veredas.

Los bares

Cuando comencé a escribir acerca de casos policiales y judiciales, noté que los bares y restaurantes en los que realizaba las entrevistas eran todos similares.

Víctimas y testigos de la delincuencia suelen citarme en cantinas clásicas de los barrios, antros que funcionan hace cuatro o cinco décadas en los que se come bien y se bebe mejor.

Generalmente, todos los camareros ya perdieron una gran cantidad de dientes. En las cocinas se escuchan gritos inexplicables y palabras tribales latinas. No es extraño ver cucarachas caminando las paredes.

Afuera, las personas deambulan por las veredas rumbo a no sé qué lugar. Puedo verlos a través de estos vidrios sucios que tienen estampados los logos imperiales de pizzerías decadentes; a través de estos vidrios sucios que atajan la lluvia de otoño de Buenos Aires.

Hace frío, mucho frío. Espero a un testigo y elegí la última mesa, contra la pared izquierda. Los testimonios de las víctimas son verdaderamente impredecibles y –siempre- hay una contracara: los victimarios, esos humanos psicóticos que habitan el ‘bajomundo’, capaces de traficar mujeres y arruinar niños con drogas para saciar el deseo de la lujuria y la codicia.

Los victimarios –está claro- quieren silenciar las palabras de las víctimas, aunque –muchas veces- no logren llegar a tiempo, porque las redacciones de los periódicos definitivamente están muy lejos del ‘bajomundo’.

Esos criminales de poca monta, que portan armas con la numeración limada, no pueden llegar a la prensa antes de que las palabras sean publicadas. Pero pueden llegar a este bar.

Por eso, elijo la última mesa, contra la pared izquierda.

Junto a mí, hay una gran ventana de tres metros de largo y marcos de metal a través de la cual los cocineros expulsan los platos, preparados con mucho amor pero también con una alienación fulminante.

Han pasado veinte minutos desde que me senté por primera vez en una silla de esta pizzería marginal, ubicada sobre la avenida Pueyrredón, en Once. Aún nadie se acercó a ver qué quería. Ni siquiera llegó el testigo que debo entrevistar.

Las mesas y las sillas están construidas con madera fiel.

Una vieja sentada frente a mí observa cada papel que saco de la carpeta mientras mastica una enorme porción de carne de vaca. Mira indiscretamente. Bebe vino. Intercala sus miradas cuando gira la cabeza y observa el inmenso salón mediante el espejo que cubre toda la pared lateral.

Pocos minutos después, llega un matrimonio. No hablan. Y ambos miran –también indiscretamente- cada papel que saco de mi carpeta. Miran mi ropa, ojos y pelo.

Pareciera que la barra principal y la mesa en la que estoy sentado son, en realidad, dos países diferentes.

Un encargado gordo y desalineado -con camisa blanca de cuello marcado por negra transpiración- ríe malévolamente en la caja de cobros.

Hay sólo un camarero que debe complacer a cuarenta personas: “¡Estoy tratando de atenderlos a todos!”, grita cuando alguien reclama demora o error en el pedido. Y en la cocina también gritan. Y el gordo de la caja termina la conversación con una mujer de 40 años a la que pretendía seducir…deja de hablar, y también comienza a gritar.

Sin embargo…ninguno de todos esos alaridos –tampoco las bocinas de los autos- suenan con más potencia que los platos cuando se acumulan en la pileta de lavar.