El inadaptado – Capítulo 12

Mis jefes del periódico decidieron que iniciara una breve investigación en Morón, provincia de Buenos Aires. Así que tomé un colectivo de la línea 166. Antes de viajar durante varios kilómetros por la avenida Perón para entrar al corazón de esa ciudad, observé la plaza principal de Ramos Mejía a través de las ventanas del bus.

Realmente intento no pensar en aquellos días. Sin embargo, cuando viajo rumbo al oeste, tus ojos y tu boca aparecen en mis ojos y en mi boca. Aparecen como un dibujo perfecto, como una fotografía. Y tus ojos son claros, como los sueños cuando te sueño. Y tu boca, en mi imaginación, besa tan bien como siempre lo hizo. Y todavía puedo sentirla, aunque hayan pasado ocho años desde nuestro último abrazo en la estación de trenes de Plaza Miserere.

No logro entender por qué –cuando ha transcurrido tanto tiempo- igualmente aparecen estos sentimientos indescriptibles. Pienso en vos, pienso en tu hermano Nicolás, pienso en Viviana, pienso en Enrique.

Realmente intento no reflexionar sobre esas noches libres, felices, fugaces. Éramos unos niños con deseos de escribir. Teníamos 18 años. Y fuiste muy cruel. Fuiste asquerosamente cruel.

Frente a tu inestabilidad, frente a tu alma golpeada por la vida de la periferia…yo siempre ofrecí amor. Y al pasar por la plaza de Ramos Mejía, sentado en uno de esos asquerosos asientos tapizados con cuero sintético de la línea 166, no pude evitar que las imágenes de aquel día volvieran a mi cabeza.

Fue un día muy triste. No recuerdo la fecha. El calor era insoportable. Y los rayos penetrantes del sol encandilaban, encandilaban con misterio y dolor. Una banda de rock llamada Pez tocaría en un antro de la zona. Así que viajé rumbo a Morón para comprar nuestras entradas. Habíamos conversado sobre ese show. Quería sorprenderte.

Cuando llegué, te llamé por teléfono. No atendiste. Me senté en la vereda, cerca de un almacén, frente a las vías del ferrocarril Sarmiento.

Miré durante cuarenta minutos –en silencio- ese callejón de la estación en el que solíamos discutir. Te llamé otra vez. Atendiste. Insultaste.

Cerca de las diez de la noche, subí al último tren del día. Busqué un buen rincón en el vagón que no tenía vidrios ni asientos, junto a los trabajadores marginales.

Aún era temprano. Pisé Ramos Mejía. Solamente conocía el antro del recital, la zona de los bares y la esquina en la que nos resistimos a un asalto durante el invierno.

Así que deambulé por calles oscuras pensando en tus ojos, en tu boca, en ese hermoso lunar de tu pierna. No sé por qué, pero guardaba la esperanza de que aparecieras en el show.

No fuiste. Y yo gasté el poco dinero que tenía. Dormí en la estación de trenes hasta que comenzaron a pasar las primeras locomotoras del día.

Ayer, mientras viajaba a Morón para trabajar –ocho años después de aquel día- pude sentir el frío desolador del oeste erosionando mis huesos. Pude recordar cómo tu mano calmaba mis miedos. Entendí que, también gracias a vos, me transformé en un hombre con la capacidad de sobrevivir en este mundo peligroso.


 

El inadaptado – Capítulo 11

¿Qué me pueden decir ustedes del periodismo?

Ustedes que nunca pasaron

La noche

A la vera

Del Riachuelo

Tomando mate

Co los choferes de colectivos

En el Puente de la Noria.

Ustedes no pisaron

El barro tibio

Con sangre

De Villa Fiorito.

Ustedes que nunca

Escribieron

Apenas iluminados

Por los focos de las calles

En la estación

De trenes Don Bosco.

¿Qué pueden decir ustedes del periodismo?

Ustedes que no vieron

Los ojos de la muerte

En las fronteras con Bolivia.

Ustedes que no vieron

Las caras de los traficantes

Que matan a los niños…

A los niños que viven

En lo que quedó

De Argentina.

¿Qué pueden decir?

Jamás vieron los ojos

De los traficantes de mujeres.

Esos ojos que yo vi

Cuando tenía 10 años.

¿Qué saben ustedes?

Nunca pasaron tres días

Sin dormir

Escribiendo un reportaje

Que los editores

Tuvieron miedo

De publicar.

¿Qué saben ustedes?

No creo que hayan visto

En sueños

Las lágrimas.

Ustedes no conocen la angustia

De ver cómo cae el mundo.

Desde sus escritorios,

Esas cosas no se ven.

¿Qué pueden decir ustedes del periodismo?

¿De la Justicia? ¿De la verdad?

Ustedes que no fueron

Despedidos

En cinco ocasiones diferentes

Por decir lo que pensaban.

Ustedes no pueden

Decir nada

Porque nunca negociaron

El precio de una pistola

Con los pibes

De Florencio Varela.

Nunca tuvieron que comprar

Esa pistola

Para proteger a su familia,

Porque nunca denunciaron

A la mafia.

¿Qué saben ustedes del periodismo?

Ustedes no conocen

El asqueroso olor a meo

De las estaciones de trenes

Que hay

En Moreno, en Merlo, en Quilmes.

Nunca fumaron un cigarro

Esperando el colectivo

En Puente Alsina.

¿Qué pretenden saber de la sociedad?

Ustedes jamás compraron

Drogas en las villas.

¿Ustedes pueden hablar de delitos?

Nunca compartieron un Marlboro

En invierno

Con un asaltante.

Jamás interactuaron

Con los peruanos

Y los bolivianos

que son capaces de matar a un niño

Por un billete de cien pesos.

Capaces de matar

A esos niños que viven

En lo que quedó

De Argentina.

Ustedes no conocen

Lo que quedó de Argentina.

Ustedes hablan y hablan

En los bares.

Jamás sintieron el frío de un cañón

En el pecho.

Jamás llevaron una munición

A la recámara.

No tienen idea

De lo que siente el cuerpo

Al apoyar un cañón frío

En una cabeza.

¿Qué me pueden decir del periodismo?

Jamás se arrodillaron

Ante Dios.

¡Les haría tanto bien arrodillarse ante Dios!

¿Ustedes quieren enseñarme algo?

Ustedes, los que sienten miedo

De nosotros.

Siente miedo porque rezamos

y encendemos velas en altares

para Jesucristo.

Ustedes no pueden

Tocar mi alma.

Hay un plan trazado

Que no se puede alterar

Con dinero del mundo.


 

El inadaptado – Capítulo 10

Como la primera vez enviaron a un inútil, para la siguiente ocasión debían enviar a alguien con ciertos conocimientos sobre motocicletas.

El segundo ataque contra la Zanella 200cc también tuvo lugar durante mayo de 2018; en el barrio porteño de Palermo, durante la noche, mientras yo tomaba unas cervezas.

Confiado, luego de recorrer más de treinta kilómetros a máxima velocidad, dejé la motocicleta en un oscuro estacionamiento público sin cámaras. Resultaba improbable que un vehículo me hubiera seguido hasta allí por el ritmo con el que yo manejaba aquella noche.

Pocos minutos antes de estacionar, mientras recorría la zona, creí notar que una persona nos observaba extrañamente.

Pero decidí ignorar aquel presentimiento, porque yo estaba allí con una bella rubia, y sólo quería divertirme.  Tal vez emborracharme.

Una hora y tres botellas después, al salir de aquel moderno antro ubicado bajo un puente ferroviario, intenté arrancar mi motocicleta envuelto en el crudo frío de la madrugada.

El motor prendió.

Pero rápidamente noté los daños.

Esta vez, los hijos de puta que quieren joderme no sólo habían cortado el cable del embrague con un alicate, sino que también trabajaron manualmente sobre la cadena.

Así, inmovilizaron casi definitivamente la motocicleta y -ahora- finalmente pueden controlar mis movimientos con mayor cercanía.

Hay una lista.

Y de eso estoy seguro.


 

El inadaptado – Capítulo 9

Mayo de 2018.

Después de escribir y publicar decenas de investigaciones, yo sé que hay una lista.

También sé que mi nombre figura en la lista.

Sin embargo, no sé qué otros nombres están escritos allí, ni quienes han confeccionado ese espurio registro.

Hace tres semanas, una persona que fuma cigarrillos con sabor a menta -marca Melbourne- se acercó durante la noche a mi motocicleta.

Sus pasos fueron sigilosos.

Desde la húmeda vereda –amparado por la sombra de un enorme edificio industrial- observó la ventana del departamento adonde vivo. También se detuvo con sus ojos en la ventana del departamento adonde vive mi padre.

Luego, este hombre  decidió apoyar la espalda en una reja herrumbrosa y metió ambas manos en los bolsillos de su campera negra.

Dentro del bolsillo, con los dedos lánguidos de la mano derecha, abrió una navaja corta pero filosa.

Sin girar la cabeza –más por obsesión que por instinto- volvió a chequear que las cámaras de seguridad de la fábrica estuvieran a sus espaldas.

Acomodó el gorrito de lana que cubría su pelo y parte de su frente; se arrodilló junto a la motocicleta y cortó uno de los cables que comenzaba en la rueda y terminaba en el tablero electrónico.

No dejó en el lugar pedazos de plástico ni trozos deshilachados de cobre.

El corte fue vertical, desde arriba hacia abajo. Por las huellas del filo en el cable fue posible inferir que este hombre recibió órdenes con poca anticipación y actuó sin las herramientas necesarias.

Tampoco tenía conocimientos previos sobre motocicletas chinas: sin saberlo, cortó el cable del cuentakilómetros en vez de cortar el freno.

Volvió a mirar las ventanas de los departamentos. Y dos gotas de sudor recorrieron sus mejillas. Temía ser asesinado.

Cuando corroboró que las luces de ambos departamentos seguían apagadas, se incorporó lentamente.

Encendió otro Melbourne. Lo fumó calada tras calada, sin levantar la vista, a un metro de la motocicleta.

Arrojó la colilla en el cantero de un árbol. Y, parado, se apoyó nuevamente contra la reja.

Sacó una pequeña botella de su bolsillo izquierdo.

Prolijamente, sin realizar movimientos bruscos y sin dejar un charco que lo delatara, vertió el líquido sobre toda la rueda trasera del Zanella 200cc.

Guardó la botella vacía en su bolsillo, y se retiró caminando lentamente en dirección a la avenida Congreso de Tucumán. Y encendió el último Melbourne.


 

El inadaptado – Capítulo 1

Aquella noche de 1997 tuve un sueño: pude verme -junto a mi madre- en un lugar de clima frío. Dentro de una pequeña capilla de paredes blancas.

Allí, una cruz enorme de mármol negro colgaba del techo, enganchada a dos tensos tirantes.

Abajo de la cruz, un altar vacío.

No había más de seis personas en la pequeña iglesia. Todos orábamos en silencio, tiritando, abrigados con mantas y sufriendo las bajas temperaturas.

De repente, el templo comenzó a vibrar.

Los tirantes se cortaron y la cruz cayó al piso, adonde quedó clavada.

Luego, escuchamos su voz.

Yo acababa de cumplir 7 años de edad.

 

 

Los amigos del comisario

*Adelanto del libro Las mujeres del petróleo, escrito por el periodista Belisario Sangiorgio Trogliero. 

by the sea (2)

El 22 de octubre de 2012, una mujer que dijo llamarse Andy llamó a la Central de Comunicaciones de la Policía de Tierra del Fuego.

Dijo que no quería realizar una denuncia formal “porque temía por su vida” y aportó datos importantes que –tiempo después- permitieron quebrar parcialmente las operaciones de una banda criminal dedicada a la trata de personas en la ciudad de Río Grande.

Durante ese llamado, Andy marcó las direcciones de dos antros de explotación sexual, aseguró que allí se comercializaban drogas y explicó que sentía miedo porque “el dueño del cabaret es amigo de un comisario y hay muchos policías involucrados”.

El 27 de octubre de 2012, un grupo especial de agentes realizó tres allanamientos simultáneos.

En los inmuebles requisados aparecieron –junto a las víctimas provenientes de diferentes países- tres varones menores de edad, 11 libretas sanitarias y cuatro cédulas de identidad pertenecientes a diferentes víctimas.

Uno de los allanamientos se realizó en una vivienda ubicada sobre la calle Rivadavia 1436, en la ciudad de Río Grande. Al respecto, el expediente dice: “A fs. 126/127vta obra el acta de allanamiento en el domicilio de Rivadavia 1436. Sin moradores en la planta baja. En la planta alta de la vivienda hay tres dormitorios, y en uno de ellos había una joven durmiendo, quien resultó ser C.L.B. Ella explicó que vivía allí con cinco chicas”.

A su vez, sobre otro allanamiento –realizado en un bar ubicado en la calle Fagnano 1545- el expediente detalla que allí se encontraba “A.J.B.E, dominicana de 41 años de edad, con sus hijos C.A.M.B, dominicano de 14 años, y M.B de 9 años de edad”.

Según los documentos de la causa, las especialistas integrantes del Programa Nacional de Rescate y Acompañamiento a Víctimas de Trata indicaron que en estos antros “advertían signos de victimización compatibles con situaciones de explotación sexual”.

Por otro lado, el equipo de rescate identificó también “la presencia de algunas modalidades frecuentes de esta actividad ilícita, como la retención de documentación y el aprovechamiento de la situación de vulnerabilidad social de las víctimas”.

Finalmente, los investigadores corroborarían todos los datos aportados por Andy en su denuncia anónima: un hombre llamado Emiliano Espínola, que simulaba ser peluquero, fue condenado por el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Tierra del Fuego.

Según información oficial difundida por el Ministerio Público Fiscal, le dictaron una sentencia de cuatro años y seis meses de prisión porque resultó culpable de haber “facilitado el traslado y acogido a ocho mujeres -cinco argentinas, dos de nacionalidad dominicana y una paraguaya- en situación de vulnerabilidad”, para explotarlas sexualmente en el “Bar Buenos Aires” y en un departamento.