El inadaptado – Capítulo 11

¿Qué me pueden decir ustedes del periodismo?

Ustedes que nunca pasaron

La noche

A la vera

Del Riachuelo

Tomando mate

Co los choferes de colectivos

En el Puente de la Noria.

Ustedes no pisaron

El barro tibio

Con sangre

De Villa Fiorito.

Ustedes que nunca

Escribieron

Apenas iluminados

Por los focos de las calles

En la estación

De trenes Don Bosco.

¿Qué pueden decir ustedes del periodismo?

Ustedes que no vieron

Los ojos de la muerte

En las fronteras con Bolivia.

Ustedes que no vieron

Las caras de los traficantes

Que matan a los niños…

A los niños que viven

En lo que quedó

De Argentina.

¿Qué pueden decir?

Jamás vieron los ojos

De los traficantes de mujeres.

Esos ojos que yo vi

Cuando tenía 10 años.

¿Qué saben ustedes?

Nunca pasaron tres días

Sin dormir

Escribiendo un reportaje

Que los editores

Tuvieron miedo

De publicar.

¿Qué saben ustedes?

No creo que hayan visto

En sueños

Las lágrimas.

Ustedes no conocen la angustia

De ver cómo cae el mundo.

Desde sus escritorios,

Esas cosas no se ven.

¿Qué pueden decir ustedes del periodismo?

¿De la Justicia? ¿De la verdad?

Ustedes que no fueron

Despedidos

En cinco ocasiones diferentes

Por decir lo que pensaban.

Ustedes no pueden

Decir nada

Porque nunca negociaron

El precio de una pistola

Con los pibes

De Florencio Varela.

Nunca tuvieron que comprar

Esa pistola

Para proteger a su familia,

Porque nunca denunciaron

A la mafia.

¿Qué saben ustedes del periodismo?

Ustedes no conocen

El asqueroso olor a meo

De las estaciones de trenes

Que hay

En Moreno, en Merlo, en Quilmes.

Nunca fumaron un cigarro

Esperando el colectivo

En Puente Alsina.

¿Qué pretenden saber de la sociedad?

Ustedes jamás compraron

Drogas en las villas.

¿Ustedes pueden hablar de delitos?

Nunca compartieron un Marlboro

En invierno

Con un asaltante.

Jamás interactuaron

Con los peruanos

Y los bolivianos

que son capaces de matar a un niño

Por un billete de cien pesos.

Capaces de matar

A esos niños que viven

En lo que quedó

De Argentina.

Ustedes no conocen

Lo que quedó de Argentina.

Ustedes hablan y hablan

En los bares.

Jamás sintieron el frío de un cañón

En el pecho.

Jamás llevaron una munición

A la recámara.

No tienen idea

De lo que siente el cuerpo

Al apoyar un cañón frío

En una cabeza.

¿Qué me pueden decir del periodismo?

Jamás se arrodillaron

Ante Dios.

¡Les haría tanto bien arrodillarse ante Dios!

¿Ustedes quieren enseñarme algo?

Ustedes, los que sienten miedo

De nosotros.

Siente miedo porque rezamos

y encendemos velas en altares

para Jesucristo.

Ustedes no pueden

Tocar mi alma.

Hay un plan trazado

Que no se puede alterar

Con dinero del mundo.


 

El inadaptado – Capítulo 10

Como la primera vez enviaron a un inútil, para la siguiente ocasión debían enviar a alguien con ciertos conocimientos sobre motocicletas.

El segundo ataque contra la Zanella 200cc también tuvo lugar durante mayo de 2018; en el barrio porteño de Palermo, durante la noche, mientras yo tomaba unas cervezas.

Confiado, luego de recorrer más de treinta kilómetros a máxima velocidad, dejé la motocicleta en un oscuro estacionamiento público sin cámaras. Resultaba improbable que un vehículo me hubiera seguido hasta allí por el ritmo con el que yo manejaba aquella noche.

Pocos minutos antes de estacionar, mientras recorría la zona, creí notar que una persona nos observaba extrañamente.

Pero decidí ignorar aquel presentimiento, porque yo estaba allí con una bella rubia, y sólo quería divertirme.  Tal vez emborracharme.

Una hora y tres botellas después, al salir de aquel moderno antro ubicado bajo un puente ferroviario, intenté arrancar mi motocicleta envuelto en el crudo frío de la madrugada.

El motor prendió.

Pero rápidamente noté los daños.

Esta vez, los hijos de puta que quieren joderme no sólo habían cortado el cable del embrague con un alicate, sino que también trabajaron manualmente sobre la cadena.

Así, inmovilizaron casi definitivamente la motocicleta y -ahora- finalmente pueden controlar mis movimientos con mayor cercanía.

Hay una lista.

Y de eso estoy seguro.


 

El inadaptado – Capítulo 9

Mayo de 2018.

Después de escribir y publicar decenas de investigaciones, yo sé que hay una lista.

También sé que mi nombre figura en la lista.

Sin embargo, no sé qué otros nombres están escritos allí, ni quienes han confeccionado ese espurio registro.

Hace tres semanas, una persona que fuma cigarrillos con sabor a menta -marca Melbourne- se acercó durante la noche a mi motocicleta.

Sus pasos fueron sigilosos.

Desde la húmeda vereda –amparado por la sombra de un enorme edificio industrial- observó la ventana del departamento adonde vivo. También se detuvo con sus ojos en la ventana del departamento adonde vive mi padre.

Luego, este hombre  decidió apoyar la espalda en una reja herrumbrosa y metió ambas manos en los bolsillos de su campera negra.

Dentro del bolsillo, con los dedos lánguidos de la mano derecha, abrió una navaja corta pero filosa.

Sin girar la cabeza –más por obsesión que por instinto- volvió a chequear que las cámaras de seguridad de la fábrica estuvieran a sus espaldas.

Acomodó el gorrito de lana que cubría su pelo y parte de su frente; se arrodilló junto a la motocicleta y cortó uno de los cables que comenzaba en la rueda y terminaba en el tablero electrónico.

No dejó en el lugar pedazos de plástico ni trozos deshilachados de cobre.

El corte fue vertical, desde arriba hacia abajo. Por las huellas del filo en el cable fue posible inferir que este hombre recibió órdenes con poca anticipación y actuó sin las herramientas necesarias.

Tampoco tenía conocimientos previos sobre motocicletas chinas: sin saberlo, cortó el cable del cuentakilómetros en vez de cortar el freno.

Volvió a mirar las ventanas de los departamentos. Y dos gotas de sudor recorrieron sus mejillas. Temía ser asesinado.

Cuando corroboró que las luces de ambos departamentos seguían apagadas, se incorporó lentamente.

Encendió otro Melbourne. Lo fumó calada tras calada, sin levantar la vista, a un metro de la motocicleta.

Arrojó la colilla en el cantero de un árbol. Y, parado, se apoyó nuevamente contra la reja.

Sacó una pequeña botella de su bolsillo izquierdo.

Prolijamente, sin realizar movimientos bruscos y sin dejar un charco que lo delatara, vertió el líquido sobre toda la rueda trasera del Zanella 200cc.

Guardó la botella vacía en su bolsillo, y se retiró caminando lentamente en dirección a la avenida Congreso de Tucumán. Y encendió el último Melbourne.


 

El inadaptado – Capítulo 8

*
Anotaciones personales.
Investigaciones periodísticas.
Parte 1: Balvanera, Buenos Aires.
*

 

Aquellos traficantes del barrio de Once tenían los brazos tatuados y recorrían el interminable pasillo hasta el fondo de la planta baja.

Luego subían por unas escaleras oscuras hasta el departamento del primer piso; el departamento que no tenía ni cerradura ni picaporte, sino una puerta de madera detonada a patadas.

Una tarde Federico llegó desde Merlo, provincia de Buenos Aires, con treinta y dos frascos de flores de marihuana. Los llevaba en el baúl de un Corsa dorado, marca Chevrolet. Cuando ingresó en el departamento, habló rápido y en un tono agresivo.

Se quitó el abrigo y apoyó su pistola 9 milímetros junto al rifle semiautomático que ya estaba sobre la mesa desde las primeras horas de aquella tarde.

-¿Conseguiste el fierro que te pedí? – preguntó tras prender un cigarro.

-Todavía no pintó nada – dijo Luis.

-Lo necesito para esta semana, amigo. 

-Capaz sale un 22. 

-Me sirve. 

-¿Cuánto por cada frasco? 

-$350 pesos – respondió Federico, mientras la música sonaba fuerte en los parlantes y dos velas rojas y una blanca iluminaban imágenes de San La Muerte, en el fondo del living del departamento.

Algunas mujeres rubias conversaban sobre negocios y dinero en la cocina y en el patio de aquel loft semi-destruído que estaba ubicado en el límite de Balvanera y Recoleta. En el aire se escuchó el sonido de varias motos que pasaron a toda velocidad bajo las estrellas difusas de Buenos Aires.


 

 

El inadaptado – Capítulo 7

Laura es una mujer realmente hermosa.

Cuando la vi pasar a través de la puerta el primer día en la universidad de periodismo, prometí que al menos intentaría compartir con ella un café para poder conocerla e intercambiar los aprendizajes que traíamos, cada uno, desde nuestros barrios de la periferia y la infancia.

Primero dijo que no. Pero luego volvió sin que yo la llamara para decir que sí.

Una cerveza. Diez cervezas. Varias citas hasta que quiso besarme.

Un año de sexo y muchísimas botellas y cigarros a través de toda el área metropolitana de Buenos Aíres.

Dos viajes de expedición a las montañas. Miles de tragos de vodka al costado de las rutas de Córdoba, Salta, y Jujuy.

Sin embargo, un día huyó con su vecino. No volvimos a besarnos nunca más. Y los trabajos en la revista estatal y en el programa de radio se volvían monótonos sin Laura en la mente.

Durante 2008, mis compañeros en las oficinas de aquel Ministerio aspiraban cocaína sin parar todos los días y comenzaba a preocuparme el hecho de que yo podía terminar como ellos si permitía que aquel trabajo limara cualquier deseo de superación personal.

Las tareas que tenía asignadas en aquella revista mensual eran relativamente fáciles: repasar en búsqueda de errores los textos de algunos tristes escritores, y avisar a cualquiera de los cuatro editores ante la aparición de palabras inexactas o mal escritas.  Además, debía supervisar al otro corrector para que no aspirara demasiada cocaína y se volviera loco en las oficinas.

Luego, el editor aprobaba el producto y la publicación iba rumbo a imprenta. En el día 5 de cada mes, salíamos en una camioneta con el corrector cocainómano y un chofer estatal sin dientes a repartir puerta por puerta las suscripciones.

-¿Qué querés hacer con la plata que ganás acá? – le pregunté al corrector cocainómano.

-Comprar una casa rodante y hacer una gira con mi banda de rock – dijo.

-Es un gran plan – respondí, pensando que yo también podría comprar una casa rodante algún día.

-Sí, realmente sí – dijo él.

-¿Cuándo tocan con la banda? – pregunté.

-Mañana en un antro de Congreso.

-Tal vez vaya. Estoy saliendo con una profesora de literatura.

-¿Qué pasó con Laura?

– Se fue.


Durante los últimos días de 2008 decidí -por principios ideológicos- renunciar a mi nombramiento en la revista estatal: no quería trabajar para un Gobierno que a simple vista lucía corrupto.

El trabajo en la radio me resultaba demasiado aburrido y también renuncié. Fue así que, finalmente, dediqué mis días a escribir crónicas e investigaciones.

Comencé con artículos sobre desalojos ilegales y anarquistas detenidos por la policía.

Pero, con el tiempo, me transformé en un periodista especializado en delitos federales.

No me atrevo a decir que soy uno de los mejores escritores argentinos. Pero sí puedo afirmar que soy el mejor de mi generación.

Por eso, en este libro contaré cómo el periodismo de investigación transformó mi vida radicalmente, al acercarme conocimientos realmente inesperados y sumamente importantes para comprender cómo funciona la sociedad argentina.


 

El inadaptado – Capítulo 6

Año 2008.

El primer día, en la fila de la facultad de periodismo fumamos veinte cigarros con un muchacho tatuado. Nunca nos habíamos visto, pero comenzamos a dialogar casi instantáneamente.

Supe de forma rápida que él también tenía un destino marcado.

Cambiamos teléfonos y nos reunimos a tomar cerveza durante varios meses.

Un día, dejé de verlo.

Años más tarde, ese joven que aquel día finalmente se anotó en un horario diferente para cursar, escribiría dos libros, saldría en todos los canales de televisión por sus documentales y recibiría premios en Estados Unidos.

Lo mejor de esa universidad –sin dudas- eran las mujeres. Bellas, inteligentes y conscientes de su poder.

Yo tenía 17 años pero Laura acababa de cumplir 18 cuando hicimos el amor por primera vez. Al poco tiempo, nos mudamos a su hogar en el partido bonaerense de Morón.

Era una propiedad humilde de paredes caídas, pero demasiado grande, con una pileta y cuatro perros. Calles de tierra y reuniones de delincuentes en la esquina, que pintada con  leyendas turbias anunciaba las puertas del infierno.

Todos conocían a Enrique y Viviana –trabajadores honestos y padres de Laura- así que los ladrones del barrio no eran un problema y yo viajaba hasta Palermo y Microcentro a las seis de la mañana, para trabajar en una revista estatal de poca monta y en un programa de radio.

Laura iba a la universidad y tenía algunas changas por Capital Federal. Durante la semana regresábamos juntos al barrio, en los últimos trenes de la noche del Ferrocarril Sarmiento.

Irremediablemente, siempre volvía a la casa de Laura.

En el tren rumbo a Morón, solía leer la Biblia. “Que nadie busque su propio interés, sino el de los demás. Coman de todo lo que se vende en el mercado, sin hacer averiguaciones por escrúpulos de conciencia. Porque del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella. Si un pagano los invita a comer y ustedes aceptan, coman de todo aquello que les sirva, sin preguntar nada por motivos de conciencia”.

“Los paganos ofrecen sus sacrificios a los demonios y no a Dios”.

“Todo está permitido, pero no todo es conveniente”. 

En los furgones del ferrocarril, personas con armas de fuego fumaban sustancias venenosas; ver cuchillos, cocaína y otras drogas resultaba totalmente normal. El incesante ruido del golpeteo de las ruedas y los rieles. El silencio crudo de los trabajadores dinamitados tras jornadas extensas y destructivas. Los ojos tímidos de la periferia que sueñan progreso mientras viajan en esos asientos incómodos. Y Laura movió sus labios lentamenta.

-¿Cómo están tus viejos?

-Peleando.

-Pensé que estaban mejor.

-No.

-¿Tu viejo fue a trabajar al correo esta mañana?

-Sí. También vendió algunos libros.

-¿Y Claudia?

-Bien. ¿Escribiste el trabajo de la universidad?

-No. ¿Vos?

-No.

-Que frío que hace, la puta madre. 

-¿Conseguiste la marihuana? – pregunto Laura.

-No – respondí.

Ella estaba despeinada pero inmutable. Recuerdo esas pecas difuminadas sobre la piel suave, piel sobreviviente de los pantanos. Atrás de sus finos cabellos cortos, que llegaban hasta los hombros flacos, yo podía ver por la ventana sin vidrios el barrio de Haedo.

-Comprá con ese transa que está vendiendo en el furgón – ordenó Laura.

-No le voy a comprar nada a ese negro de mierda. 

-¿No querés fumar?

-No, Laura. No le voy a comprar nada a ese negro de mierda.

 


 

El inadaptado – Capítulo 5

Al igual que mi abuelo y mi padre, al cumplir 12 años ingresé en el Ejército Argentino. Los cuarteles del Liceo Militar General San Martín, ubicados en el conurbano bonaerense, eran inmensos ante las decenas de adolescentes que llegamos a la Segunda Compañía de Cadetes de Infantería.

No todos estábamos allí para realizar la carrera de oficiales íntegra y completamente. Sino que muchos padres de la baja periferia lograban becas para encerrar  a sus hijos rebeldes –casi delincuentes- en esta institución prestigiosa, y así salvarles la vida.

Los sábados por la tarde, luego de las prácticas que incluían simulacros de emboscadas y tiro con ametralladora, salíamos de franco por la puerta 1 del cuartel. Aún con el uniforme puesto, yo compraba un paquete de cigarrillos y luego me dirigía a la casa de un compañero llamado Emanuel.

Su padre ya era el líder de una mafia y por aquellos días ese viejo gordo, dueño de una empresa, manejaba dos autos BMW, y se desplazaba por todo Buenos Aires con dos Glock calibre 40 que ya habían matado a varios.

Cerca de las 8 de la noche comprábamos junto a Emanuel alguna bebida con alcohol y nos dirigíamos a las bailantas. Nuestro carnet militar, que en realidad era una precaria tarjeta de escuela secundaria, habilitaba ciertos beneficios. Así comencé mi adolescencia entre mujeres con calzas apretadas, bebidas peligrosas servidas en vasos de plástico y besos furtivos de rincones.

Durante dos años recibí la instrucción básica de un soldado argentino: desplazamientos nocturnos en el monte, desarrollo de golpes de mano contra campamentos enemigos, supervivencia en situaciones hostiles, lectura y dibujo de cartografía, utilización de brújula, lanzamiento de granadas manuales y mecánicas, aptitud para el disparo con pistola y FAL.

Las historias de los cadetes con los que compartía las barracas eran realmente terribles y necesitaría tres libros para poder contarlas prolijamente.

Al salir de los cuarteles, algunos terminaron en la policía, otros siguieron su carrera militar. Oscar murió en un accidente de tránsito. Y los más osados se atrevieron en el delito.

Básicamente, todos sabían cómo matar a muchas personas de forma rápida y eficiente. Teníamos 15 años cuando yo pedí la baja. Entonces, ingresé en una escuela religiosa donde –por primera vez- comencé a escribir algunos poemas, motivado por ciertos libros que recomendó una profesora de literatura.

Y en las calles, las vidas eran igual que en el cuartel.