El inadaptado – Capítulo 16

La ventana de la habitación del hotel replica vulgar algunos sonidos provenientes del pulmón del edificio; y la televisión inerte y silenciosa escupe una película porno con el mismo aplomo sediento que destilan algunas mujeres cuando escupen una pija y chupan en la lengua de sus propios deseos los anhelos de cada hombre que ha pasado por las grietas de esos cuerpos. Y Mariana tiene un revólver calibre 38 tatuado en la panza. “Se parece al revólver de mi viejo”, dice. También lleva con tinta una Virgen en su hombro derecho;  un tigre y un león en las piernas blancas. Levanta el tubo del viejo teléfono de la mesa de luz. Acomoda sutilmente el elástico tenso de su tanga negra, y espera que el conserje atienda el llamado. “Cuatro latas de cerveza, un Marlboro de 20 y dos cajas de forros”.

Los espejos están empañados y el vapor desdibuja las formas de los cuerpos en el dormitorio; el humo de la marihuana y de los cigarros. A Mariana le gusta ponerse en cuatro y cerrar los ojos mientras muerdo su carne tierna y meto mi lengua entre los cachetes de su culo. Habla pocas palabras pero dice muchos silencios y respira jadeante, pide y pide y pide. Como si nada le alcanzara; consciente de que -al ser tan difícil de complacer- muchos idiotas parecidos la perseguirán con ruegos. Pero yo no ruego y eso le gusta. Yo hablo pocas palabras y digo muchos silencios y respiro jadeante; ella -sentada- mueve su cintura circularmente, encima mío, y pide y pide y pide.

Termina transpirada, ida. Cierra los ojos y luce satisfecha, pero -como siempre- sus labios están llenos de odio y dice que me ama, pero yo sé que no. Así que abro una de las latas y ella abre las piernas y resbala su dedo índice por las líneas de ese tajo depilado y pulcro que preparó para nuestro encuentro -algunas horas antes- cuando se bañaba en la ducha del vestuario del restaurante adonde trabaja todas las noches. Yo miro su piel lisa, lampiña, con perfume incisivo. Y prendo un porro.

-Contame la historia esa.. de cuando laburabas para los narcos peruanos y mataron a ese pibe en zona oeste.

-Ya te la conté – dice Mariana.

-Contala de nuevo – le pido.

-Nada…yo estaba re en pedo…borrachísima…y cuando mataron al pibe bajé corriendo por una escalerita de esas de metal y casi me hago mierda…una de las pibas me dijo que me vaya, que iba a llegar la policía…y el pibe estaba ahí tirado, muerto. 

-¿Cuántos puntazos le dieron?

-Lo mataron a machetazos. 

-¿Y quién era el pibe? 

-¿Por qué te gusta esta historia? 

-Porque algún día quisiera escribirla.

-¿Y por qué no me escribís un poema? – pregunta ella.

-¿Y por qué no me mostrás un poco esas tetas ricas? – le digo, y abro otra lata y la pongo gentilmente en sus manos húmedas, para que ella beba. Y escucho los gritos de una loba desacatada que golpea la pared de la habitación contigua. Mariana se ríe tímida. “¿Yo grito así?”, pregunta; después suelta otra carcajada que queda suspendida en el aire denso con una calma similar a la de las abejas que levitan libres. La bandolera se carga medio litro de cerveza, con un sorbo único, y arranca con violencia el bretel derecho de su corpiño y revolea la lata vacía contra los espejos de la ducha, que ahora suelta perpleja algunas gotas desahuciadas; y el eco de las gotas estallando en el vacío sonoro del patio interno y gris del hotel.

El inadaptado – Capítulo 15

Regina
Cansancio con perfume de reina
Agosto de 2018

Pierdo el tiempo de mi mente en esas estocadas de puñales demasiado poderosos para una vana luna de aire, demasiado poderosos para esa noche superficial que se dibuja en los ojos de la cara de tu mentira. Pierdo el tiempo pero -al menos-  juego con un manojo de viento y llaves de umbrales; puertas, túneles y sueños que no veo, y que sin embargo respiro por tonos y cadencias.

Escupo trizas en este pincel de cuarzos de mi tierra de arena robusta. Voy a pintar en él todos los silencios que jamás pintaré en el lienzo; diré la verdad sólo frente a ese color que es conocido por la piel de las estatuas que custodian las cúpulas de oro; ese color que es conocido por las estrellas en las cúpulas de ese lugar que no tiene lugar para los ojos de la cara de tu mentira.

Muerdo esquirlas en la corona que los ángeles han puesto sobre la dulce mente de la vida que vivo, y las beso en ese lugar que no tiene lugar para las balas de mi revólver, pero tampoco tiene lugar para las heridas de carne y sangre que dispara tu vieja valentía ya vencida.

Pierdo el tiempo de mi mente en puñaladas de callejones que ostentan entre ladrillos  la pasividad de mis enemigos peores: los invisibles, y una vana luna de aire que -si de verdad yo quisiera – podría capturar con la flaca resina de un suspiro proveniente de los deseos que abandoné hace dos décadas.

Miro finalmente el aire de la calle en este miércoles. Una ventana blanca. Prendo el horno. Sirvo  agua en un mate de madera del Litoral.

Mientras bebo, decido ahogar en un relámpago las ilusiones que crecen como árboles milenarios por el camino de mis ojos,  mi corazón y mis pulmones. Crecen como si yo fuera un campo fértil; crecen como si vos realmente fueras esa flor celeste que vi bailar ayer en una derrumbada casa de San Telmo.

Ahogaré con mis propias manos las ilusiones hijas del fondo del bar de la estación, que crecen como si tuvieras el gesto tan noble de ser apenas la mitad de una de tus palabras.

Y mientras los retazos de anhelos tristes (ficciones baratas) se escapen por las grietas de las falanges de mis dedos…allí estarás: lugar de privilegio para los recelos no solventes de tu cintura perfecta, redonda, blanca, psicópata.

Y ya no habrá tiempo para cantar los gritos del placer que tal vez nunca existió.

No habrá tiempo para nada. Pues me habré marchado.

¿Marchar adónde?

A los segundos de un reloj pretencioso que -intuyo- mi mente perdió durante los minutos de un poema oxidado por el ácido del aljibe de la pena. ¡Y yo sigo quieto aquí, con tantas mujeres que tocan mis hombros e intentan desvestir los secretos que envuelven las memorias del amor perfecto!

¿Acaso el pasado algún día visitó esta casa que alberga la virtud de lo que sólo veo cuando la ciudad se apaga ante mis pies?

¿Acaso la pena puede realmente tronar en los confines de mi espíritu fuerte?

“¿Dónde están, Muerte, tus lanzas?”

El inadaptado – Capítulo 14

Buenos Aires, junio 2018
Para Regina

Ella cierra sus ojos y

con sus dedos ásperos

Toca mis ojos.

Yo cierro los ojos y

con mis manos torpes

Toco sus ojos.

Y entonces veo un mar inmenso

Que baja como cascada desde el cielo

Iluminado por un sol azul

Un sol

Adonde se esconden todos los planetas,

Y las constelaciones,

Turquesa,

Y algunos delfines sonríen mientras

Yo sonrío

Y finalmente veo

Un castillo

Construido

Sobre aquella montaña verde y lejana

Sobre aquella montaña de paz

Un castillo

Construido

Con vidrios de estrellas

y en sus torres

veo

gaviotas de piedra preciosa.

El inadaptado – Capítulo 13

Buenos aires, junio de 2018
Para Regina

 

Una mariposa lleva escritos en sus alas

bellos poemas de ojos color miel,

y diamantes de aire puro de montaña;

y si mañana –distraído- me duermo

dormido

quiero

pasar algunas horas de los sueños puros

viendo el cielo desde esas alas,

las alas

de las poesías escritas con la tinta de una flor

tal vez escritas con el beso de un lago calmo.

Y así pienso el tiempo como una caricia

sobre la espalda desnuda de las cicatrices

que allana con una palma afable

los temores.

Y si algún día finalmente me duermo

dormido

quiero escribir las líneas

de estos versos de vida,

que besan

la cara de la mariposa de los poemas

cuando la bruma nace el día

y mata la noche

en los pastizales calmos de los campos

que te vieron crecer.

Y si algún día finalmente me duermo

quiero en las alas de esa mariposa

besar la boca del sigilo de las estrellas

y las mejillas de las luces que atraviesan

esas rutas durante la madrugada;

besaré las poesías de la madera glaciar

de los lagos de la Cordillera

que esa mariposa lleva de viaje,

poesías que existen

entre las nubes de color arrayán en el atardecer,

entre la piel azul del fondo del río,

poesías que existen en el aire

de tu andar lento en natural desnudez,

y mientras esa poesía exista

yo pensaré al tiempo como una caricia

sobre la espalda desnuda de las cicatrices

que allana con una palma afable

los temores

de tus alas y sus poemas

sobre mi pecho.

El inadaptado – Capítulo 12

Mimbí tiene 22 años y le gusta fumar marihuana cuando está desnuda sobre el sillón. Sus brazos son fuertes y robustos porque trabaja como empleada de limpieza, doce horas, cada día. Llora por las noches, aunque no tenga motivos. Nació en la provincia de Misiones pero detesta hablar guaraní. Tiene varios novios, y un perro agresivo que la protege de la soledad del conventillo adonde vive. Hace diez meses, mientras estallaba una guerra entre los narcotraficantes del barrio porteño de Saavedra, ella se transformó en mi informante.   

La conocí en un parque cerca de la autopista General Paz, a través de un amigo en común. Recuerdo que ella sonreía mientras nos mostraba con sorna unos cinco mil pesos que acababa de robarle a un oficial de Gendarmería Nacional. Yo no dije prácticamente nada interesante durante la conversación, pero ella me invitó a cenar para gastar su botín. Así que fuimos en motocicleta hasta un restaurante de la avenida, y luego a un costoso hotel de Palermo. Despertamos al día siguiente, ya sin dinero. Aquella noche juramos que ninguno se enamoraría. Aquella noche conocí su vida, signada por el dolor de los migrantes que dejan tierras queridas en búsqueda de un futuro tan promisorio como inexistente.

El 13 de enero de 2018, la fiscalía de José María Campagnoli confirmó que en Saavedra se había desatado  una guerra entre narcotraficantes, porque criminales peruanos del Bajo Flores intentaban disputar la venta de drogas territorial con un grupo de delincuentes argentinos que históricamente controlaron una zona revestida de vital importancia geográfica por su conexión con el partido bonaerense de Vicente López. El Ministerio Público Fiscal dijo a la prensa que allí se desarrollaron al menos seis enfrentamientos con armas de fuego entre grupos antagónicos. En los tiroteos, un hombre murió y varios resultaron gravemente heridos.

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En simultáneo con la divulgación de la información oficial sobre estos grupos de traficantes, una calificada fuente de la Policía de la Provincia de Buenos Aires me confirmó en un precario bar de Puente Saavedra que los enfrentamientos también se habían trasladado más allá de los límites de Capital Federal: muy cerca de Saavedra, en el barrio de Munro –partido de Vicente López- personas vinculadas a la venta de drogas ejecutaron de un tiro en la nuca a una persona que compraba cocaína en un búnker de la zona.

“Es una guerra entre narcos”, dijo aquel oficial de la brigada, mientras revolvía su café y miraba los viejos colectivos que cortaban con smog tóxico la cotidianeidad tiesa de la avenida Maipú.

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Pese a que el periódico tenía asignado otro redactor para este caso judicial y yo no escribiría absolutamente nada al respecto, consideré que podría ser conveniente dialogar con Mimbí sobre los movimientos en la zona.

De todas formas, no se trataba de una tarea fácil: Mimbí comenzaba a enamorarse.

Ya no alcanzaba con algunos besos, ni con breves horas de placer. Ahora, ella me ordenaba que vivamos juntos en el conventillo porque quería tener  un hijo. Los modales de Mimbí son rudimentarios y agresivos.

Entre brotes de amor y de furia, la misionera solía pegarme fuertes cachetadas en la cara preguntándome por qué yo no podía amarla. Luego, con sus brazos duros, acariciaba mi cuerpo y pedía disculpas.

-Este juego se gana sin enamorarse, Mimbí – le dije una tarde en la plaza de la avenida Donado.

-Sos un hijo de puta – dijo ella, que conoce a los narcotraficantes de Saavedra porque fumaba y aspiraba cocaína hasta quedar casi inconsciente. 

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Por el momento, los investigadores judiciales sólo confirmaron ante la prensa que un grupo de narcos trabaja para la mafia del Bajo Flores intenta dominar la zona, pero…para quiénes trabajan los narcos argentinos, que resisten a balazos contra un clan de extranjeros. Solo Mimbí podía decirme eso.

Y hace pocos días, mientras fumábamos un cigarro en una calle oscura -cerca de la intersección de la avenida Congreso y la calle Diaz Coledrero- una patrulla de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires frenó en la mitad de la cuadra.

Cuando se apagaron las luces del patrullero, la paraguaya me golpeó el brazo disimuladamente, y en voz baja, dijo: “Ahí está, mirá, y no rompás más las pelotas”. Mientras tanto, los dos narcotraficantes del barrio se acercaron hasta la ventana del vehículo para entregar a los oficiales una bolsa compacta, seguramente llena de billetes.


 

El inadaptado – Capítulo 11

Y miro la calle un miércoles

Y todo está igual que cada día

En el pobre edificio gris,

En el barrio,

La mafia recaudando su dinero,

Los obreros rumbo al trabajo,

Mi madre se preocupa,

Prendo velas a la Virgen María

Y en esta confusión espero

Un disparo o más billetes

Para salir del agujero,

El olor de la comida del primer piso

Se filtra entre las ventanas

Y mi madre se preocupa

Y el marido de la vecina sigue

En la cárcel por secuestros extorsivos.

Rezamos y cocinamos con la moneda justa,

Ya sobrevivimos en 2001,

Sobrevivimos tres gobiernos kirchneristas,

Sobrevivimos los levantamientos de los carapintadas.

Sobrevivimos cuando mi padre fue a la guerra.

Tengo dinero en los bolsillos,

Y sonrío.

Pero bajo a la calle y es miércoles

Y todo luce igual que cada día.

Los grises y pobres edificios.

Y mi amigo delincuente fuma cigarrillos

Mientras su hija juega en la vereda,

Llega un asaltante y se suma

a la conversación.

Quienes no están presos,

Ni muertos,

Viven aún

Por milagros.

Los adictos al crack se han ido a dormir

Y la calle está tranquila

Y los niños corren.


 

El inadaptado – Capítulo 10

Mis jefes del periódico decidieron que iniciara una breve investigación en Morón, provincia de Buenos Aires. Así que tomé un colectivo de la línea 166. Antes de viajar durante varios kilómetros por la avenida Perón para entrar al corazón de esa ciudad, observé la plaza principal de Ramos Mejía a través de las ventanas del bus.

Realmente intento no pensar en aquellos días. Sin embargo, cuando viajo rumbo al oeste, tus ojos y tu boca aparecen en mis ojos y en mi boca. Aparecen como un dibujo perfecto, como una fotografía. Y tus ojos son claros, como los sueños cuando te sueño. Y tu boca, en mi imaginación, besa tan bien como siempre lo hizo. Y todavía puedo sentirla, aunque hayan pasado ocho años desde nuestro último abrazo en la estación de trenes de Plaza Miserere.

No logro entender por qué –cuando ha transcurrido tanto tiempo- igualmente aparecen estos sentimientos indescriptibles. Pienso en vos, pienso en tu hermano Nicolás, pienso en Viviana, pienso en Enrique.

Realmente intento no reflexionar sobre esas noches libres, felices, fugaces. Éramos unos niños con deseos de escribir. Teníamos 18 años. Y fuiste muy cruel. Fuiste asquerosamente cruel.

Frente a tu inestabilidad, frente a tu alma golpeada por la vida de la periferia…yo siempre ofrecí amor. Y al pasar por la plaza de Ramos Mejía, sentado en uno de esos asquerosos asientos tapizados con cuero sintético de la línea 166, no pude evitar que las imágenes de aquel día volvieran a mi cabeza.

Fue un día muy triste. No recuerdo la fecha. El calor era insoportable. Y los rayos penetrantes del sol encandilaban, encandilaban con misterio y dolor. Una banda de rock llamada Pez tocaría en un antro de la zona. Así que viajé rumbo a Morón para comprar nuestras entradas. Habíamos conversado sobre ese show. Quería sorprenderte.

Cuando llegué, te llamé por teléfono. No atendiste. Me senté en la vereda, cerca de un almacén, frente a las vías del ferrocarril Sarmiento.

Miré durante cuarenta minutos –en silencio- ese callejón de la estación en el que solíamos discutir. Te llamé otra vez. Atendiste. Insultaste.

Cerca de las diez de la noche, subí al último tren del día. Busqué un buen rincón en el vagón que no tenía vidrios ni asientos, junto a los trabajadores marginales.

Aún era temprano. Pisé Ramos Mejía. Solamente conocía el antro del recital, la zona de los bares y la esquina en la que nos resistimos a un asalto durante el invierno.

Así que deambulé por calles oscuras pensando en tus ojos, en tu boca, en ese hermoso lunar de tu pierna. No sé por qué, pero guardaba la esperanza de que aparecieras en el show.

No fuiste. Y yo gasté el poco dinero que tenía. Dormí en la estación de trenes hasta que comenzaron a pasar las primeras locomotoras del día.

Ayer, mientras viajaba a Morón para trabajar –ocho años después de aquel día- pude sentir el frío desolador del oeste erosionando mis huesos. Pude recordar cómo tu mano calmaba mis miedos. Entendí que, también gracias a vos, me transformé en un hombre con la capacidad de sobrevivir en este mundo peligroso.