Renacer

Al fin, la gloria de la senda clara;

Al fin, la tormenta

De pies pesados en laberintos

Agota sus lágrimas

Al fin

El manantial brotando del cerro

El fuego quemando el dolor

El aire en los ojos del silencio;

El miedo fresco bajo los pies

De la tierra

Yace muerto;

Pitonisa de sangre igual

Canta en el oráculo sagrado

De nuestras heridas

Un poema desbocado;

Letras

Como baguales

De crines negras, recios:

Cicatrices en la piel de las rutas.

Pierdo la forma

Por defensa sabia

Vuelvo al sol

Y no existo en este cementerio

Simplemente porque no quiero

Vuelco el caliz de los demonios

Y apoyo mi frente de espinas

Sobre el regazo de la luna

Que me espera

Aún.

Al fin.

Dolor

Recuerdo lo que no se nombra con la difícil premisa de quebrar la disociación; quebrar lo único que -al fin y al cabo- me ha permitido sobrevivir durante las décadas que siguieron a ese día nefasto. Ahora, aparentemente, debo impregnar de afecto un tiempo ya podrido para estabilizar la gestación de los vínculos. No digo lo que debo decir, sino que enlazo las palabras que el viento trae; mi temple es como una aguja. No recuerdo exáctamente cuántas veces me mataron, pero sí se que los muertos vuelven, porque he vuelto. En los pasillos del dolor, lo primero que vi fue el amor deforme que engendra la violencia. Espectros de generaciones enteras sometidas en la insanía me recibieron en las puertas de la tortura. Y es lógico que tras la sorpresa y la excitación siguiera el odio; es posible odiar lo que no se nombra. El espíritu percibía el desastre. Sufría entonces, y también hoy, porque el conocimiento no revela nada con prisa. Fueron años sin muchos recuerdos claros más allá del miedo; sólo puedo ver una pared blanca de una casa del campo y la pared amarilla de un pasillo de la casa de la abuela. También la calle de tierra adonde aprendí a andar en bicicleta; la misma calle adonde fui obligado a sellar un pacto de silencio gutural. Y después de tanto mirarme en el espejo, puedo ver mis ojos en los ojos de los demás. Por eso, siempre digo que el destello de una luz -tal vez propia- ha quedado resguardado como un caballo de Troya entre las más tristes parcelas de mi amurallado inconsciente: el rigor del sufrimiento trajo consigo la percepción exaltada. Yo estuve muerto aunque digan que siempre estuve vivo; no digo lo que debo decir. Pero si no estuve muerto puedo matarme lenta o rápidamente para que vean cómo vuelvo. La última vez que recordé lo que no se nombra estuve llorando dos días; una noche y una tarde entera en la casa de Guadalupe y después -en mi casa- otra tarde y otra noche más. Por las mañanas, libro una batalla con la pulsión de muerte, cada día venzo y recién ahí intento reconstruirme para mantener la disciplina del que tolera. Perdí el control de mi mente poco tiempo después de nacer y es ese el motivo por el que mi habitación está desordenada. Tengo la sonrisa endeble como la memoria; y el silencio fuerte de mi alma que siempre perecerá en la tenacidad del trauma. La ausencia; nadie para protegerme en esa tarde celeste. Tengo el amor inequívoco e intuitivo de mis padres, que me permitió sanar. Amordazados en el vientre siento los golpes leves del tacto. Quién, sino yo, podría manejar con tanta soltura el filo de la demencia. Una historia que por amor no cuento, para no matar a los que aún no han muerto; mejor dicho: para no matar a los que -habiendo muerto- estan ya demasiado cansados de volver y volver. Así, nuevamente, no digo lo que pienso. Sea por odio o por amor, al final siempre callo.

Despedidas

Murió porque se abandonó a la depresión cuando su mujer lo dejó por holgazán; no iba nunca a trabajar y la esposa se alejó y él quedó viviendo con su suegra. Comenzó a tomar esas petacas de whisky barato y fumar de los cigarros Viceroy; y murió pronto, ahogado con su propio vómito o algo así. Fue una muerte diferente a la de Oscar, que murió en una colisión con la motocicleta cuando venía manejando rápido y cegado.

Fue diferente porque la muerte de Oscar -además- trajo otra muerte: la madre de mi amigo no aguantó el dolor y se suicidó encerrada en una cocina, gas abierto, un cigarro prendido. Un incendio.

Y a su vez estas tres muertes fueron diferentes a la del padre de Sebastián, al que le volaron la cabeza en un asalto; todavía no se veía el sol, y eran como las seis de la mañana y el pibe estaba ahí sentado y lloraba.

Y Hernán. Que murió inconsciente, en coma inducido por fármacos. Ahora, su corto paso por aquí es solamente un recuerdo; fue un joven bueno, que prometió en terapia intensiva cambiar su visión del mundo y enfrentar la vida. Prometió caminar recto si acaso la muerte le daba revancha. Pero la muerte lo quebró igual.

Sueños

Dos años, siete meses y una madrugada sin saber absolutamete nada sobre vos. Anoche soñé que estábamos sentados en un sillón rústico, conversando; en las paredes había siete u ocho costosas obras de arte: finos grabados, y lienzos prolijos, cubiertos por óleos de tonalidad ocre con detalles abstractos de líneas negras; las de mi sueño eran obras muy diferentes a esos cuadros -importados de China- que elegíamos en bazares para decorar el departamento. Siempre peléabamos, por los clavos, el martillo, el taladro, el lugar exacto. Fue un sueño, ya lo sé; pero por algún reflejo mágico siento que -en realidad- se trató de una visita. Nuestra.

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Ver

Amparado bajo el manto

De un ángel

Bebo por sorbos

Del desamor, la codicia

De la madrugada y del irse

De las estaciones de trenes.

Vengo del barrio

Como de mis entrañas viene

La muerte que está en todas partes;

De la rabia y del frío

De las montañas y la nieve

De las cuatro estrellas que forman

la Cruz del Sur.

Abstracto

Consiste en aferrarse con furia

A los costados más hostiles

De la propia mente;

escapar ante determinadas clases

De sacrificios

Y ver,

Lo que nadie quiere ver.

No es

Ponerse un traje

Elegante

El domingo por la noche

Y pasear por los jardines

Sin que importe,

todo aquello que no importa;

Reinan

Viejas decepciones que el ángel

Borra;

Con el miedo

Cuido lo vital:

Son las cuevas de sabiduría

El sitio sin nombre

La morada

Del impulso que apaga

Una vida.