Elecciones

En la casa están todos sentados alrededor de la televisión y escuchan las boludeces que los periodistas le preguntan a Pichetto. A mi tía le importa un carajo el programa de mierda de Fantino; se levanta del sillón, tira un par de puteadas por el aire -que está lleno de humo de cigarros- y dice de frente que está cansada, que se quiere morir. No es un eufemismo. Se quiere morir, de verdad. Y su marido, mi tío -el que me daba libros de Bukowski- la mira, pero no dice nada. Yo lo conozco demasiado y se que él también se quiere morir. Por eso fuma 50 cigarros cada día. No me gusta la idea de que ellos mueran, aunque los entiendo.

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Despedidas

Murió porque se abandonó a la depresión cuando su mujer lo dejó por holgazán; no iba nunca a trabajar y la esposa se alejó y él quedó viviendo con su suegra. Comenzó a tomar esas petacas de whisky barato y fumar de los cigarros Viceroy; y murió pronto, ahogado con su propio vómito o algo así. Fue una muerte diferente a la de Oscar, que murió en una colisión con la motocicleta cuando venía manejando rápido y cegado.

Fue diferente porque la muerte de Oscar -además- trajo otra muerte: la madre de mi amigo no aguantó el dolor y se suicidó encerrada en una cocina, gas abierto, un cigarro prendido. Un incendio.

Y a su vez estas tres muertes fueron diferentes a la del padre de Sebastián, al que le volaron la cabeza en un asalto; todavía no se veía el sol, y eran como las seis de la mañana y el pibe estaba ahí sentado y lloraba.

Y Hernán. Que murió inconsciente, en coma inducido por fármacos. Ahora, su corto paso por aquí es solamente un recuerdo; fue un joven bueno, que prometió en terapia intensiva cambiar su visión del mundo y enfrentar la vida. Prometió caminar recto si acaso la muerte le daba revancha. Pero la muerte lo quebró igual.

Sueños

Dos años, siete meses y una madrugada sin saber absolutamete nada sobre vos. Anoche soñé que estábamos sentados en un sillón rústico, conversando; en las paredes había siete u ocho costosas obras de arte: finos grabados, y lienzos prolijos, cubiertos por óleos de tonalidad ocre con detalles abstractos de líneas negras; las de mi sueño eran obras muy diferentes a esos cuadros -importados de China- que elegíamos en bazares para decorar el departamento. Siempre peléabamos, por los clavos, el martillo, el taladro, el lugar exacto. Fue un sueño, ya lo sé; pero por algún reflejo mágico siento que -en realidad- se trató de una visita. Nuestra.

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Ver

Amparado bajo el manto

De un ángel

Bebo por sorbos

Del desamor, la codicia

De la madrugada y del irse

De las estaciones de trenes.

Vengo del barrio

Como de mis entrañas viene

La muerte que está en todas partes;

De la rabia y del frío

De las montañas y la nieve

De las cuatro estrellas que forman

la Cruz del Sur.

Abstracto

Consiste en aferrarse con furia

A los costados más hostiles

De la propia mente;

escapar ante determinadas clases

De sacrificios

Y ver,

Lo que nadie quiere ver.

No es

Ponerse un traje

Elegante

El domingo por la noche

Y pasear por los jardines

Sin que importe,

todo aquello que no importa;

Reinan

Viejas decepciones que el ángel

Borra;

Con el miedo

Cuido lo vital:

Son las cuevas de sabiduría

El sitio sin nombre

La morada

Del impulso que apaga

Una vida.