El inadaptado – Capítulo 16

Mimbí tiene 22 años y le gusta fumar marihuana cuando está desnuda sobre el sillón. Sus brazos son fuertes y robustos porque trabaja como empleada de limpieza, doce horas, cada día. Llora por las noches, aunque no tenga motivos. Nació en la provincia de Misiones pero detesta hablar guaraní. Tiene varios novios, y un perro agresivo que la protege de la soledad del conventillo adonde vive. Hace diez meses, mientras estallaba una guerra entre los narcotraficantes del barrio porteño de Saavedra, ella se transformó en mi informante.   

La conocí en un parque cerca de la autopista General Paz, a través de un amigo en común. Recuerdo que ella sonreía mientras nos mostraba con sorna unos cinco mil pesos que acababa de robarle a un oficial de Gendarmería Nacional. Yo no dije prácticamente nada interesante durante la conversación, pero ella me invitó a cenar para gastar su botín. Así que fuimos en motocicleta hasta un restaurante de la avenida, y luego a un costoso hotel de Palermo. Despertamos al día siguiente, ya sin dinero. Aquella noche juramos que ninguno se enamoraría. Aquella noche conocí su vida, signada por el dolor de los migrantes que dejan tierras queridas en búsqueda de un futuro tan promisorio como inexistente.

El 13 de enero de 2018, la fiscalía de José María Campagnoli confirmó que en Saavedra se había desatado  una guerra entre narcotraficantes, porque criminales peruanos del Bajo Flores intentaban disputar la venta de drogas en la zona con un grupo de delincuentes argentinos que históricamente controlaron una zona revestida de vital importancia geográfica por su conexión con el partido bonaerense de Vicente López. El Ministerio Público Fiscal dijo a la prensa que allí se desarrollaron al menos seis enfrentamientos con armas de fuego entre grupos antagónicos. En los tiroteos, un hombre murió y varios resultaron gravemente heridos.

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En simultáneo con la divulgación de la información oficial sobre estos grupos de traficantes, una calificada fuente de la Policía de la Provincia de Buenos Aires me confirmó en un precario bar de Puente Saavedra que los enfrentamientos también se habían trasladado más allá de los límites de Capital Federal: muy cerca de Saavedra, en el barrio de Munro –partido de Vicente López- personas vinculadas a la venta de drogas ejecutaron de un tiro en la nuca a una persona que compraba cocaína en un búnker de la zona.

“Es una guerra entre narcos”, dijo aquel oficial de la brigada, mientras revolvía su café y miraba los viejos colectivos que cortaban con smog tóxico la cotidianeidad tiesa de la avenida Maipú.

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Pese a que el periódico tenía asignado otro redactor para este caso judicial y yo no escribiría absolutamente nada al respecto, consideré que podría ser conveniente dialogar con Mimbí sobre los movimientos en la zona.

De todas formas, no se trataba de una tarea fácil: Mimbí comenzaba a enamorarse.

Ya no alcanzaba con algunos besos, ni con breves horas de placer. Ahora, ella me ordenaba que vivamos juntos en el conventillo porque quería tener  un hijo. Los modales de Mimbí son rudimentarios y agresivos.

Entre brotes de amor y de furia, la misionera solía pegarme fuertes cachetadas en la cara preguntándome por qué yo no podía amarla. Luego, con sus brazos duros, acariciaba mi cuerpo y pedía disculpas.

-Este juego se gana sin enamorarse, Mimbí – le dije una tarde en la plaza de la avenida Donado.

-Sos un hijo de puta – dijo ella, que conoce a los narcotraficantes de Saavedra porque fumaba y aspiraba cocaína hasta quedar casi inconsciente. 

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Por el momento, los investigadores judiciales sólo confirmaron ante la prensa que un grupo de narcos trabaja para la mafia del Bajo Flores intenta dominar la zona, pero…para quiénes trabajan los narcos argentinos, que resisten a balazos contra un clan de extranjeros. Solo Mimbí podía decirme eso.

Y hace pocos días, mientras fumábamos un cigarro en una calle oscura -cerca de la intersección de la avenida Congreso y la calle Diaz Coledrero- una patrulla de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires frenó en la mitad de la cuadra.

Cuando se apagaron las luces del patrullero, la paraguaya me golpeó el brazo disimuladamente, y en voz baja, dijo: “Ahí está, mirá, y no rompás más las pelotas”. Mientras tanto, los dos narcotraficantes del barrio se acercaron hasta la ventana del vehículo para entregar a los oficiales una bolsa compacta, seguramente llena de billetes.


 

El inadaptado – Capítulo 15

Y miro la calle un miércoles

Y todo está igual que cada día

En el pobre edificio gris,

En el barrio,

La mafia recaudando su dinero,

Los obreros rumbo al trabajo,

Mi madre se preocupa,

Prendo velas a la Virgen María

Y en esta confusión espero

Un disparo o más billetes

Para salir del agujero,

El olor de la comida del primer piso

Se filtra entre las ventanas

Y mi madre se preocupa

Y el marido de la vecina sigue

En la cárcel por secuestros extorsivos.

Rezamos y cocinamos con la moneda justa,

Ya sobrevivimos en 2001,

Sobrevivimos tres gobiernos kirchneristas,

Sobrevivimos los levantamientos de los carapintadas.

Sobrevivimos cuando mi padre fue a la guerra.

Tengo dinero en los bolsillos,

Y sonrío.

Pero bajo a la calle y es miércoles

Y todo luce igual que cada día.

Los grises y pobres edificios.

Y mi amigo delincuente fuma cigarrillos

Mientras su hija juega en la vereda,

Llega un asaltante y se suma

a la conversación.

Quienes no están presos,

Ni muertos,

Viven aún

Por milagros.

Los adictos al crack se han ido a dormir

Y la calle está tranquila

Y los niños corren.


 

El inadaptado – Capítulo 14

El Inadaptado - Belisario Sangiorgio

Cuando comencé a escribir acerca de casos policiales y judiciales, noté que los bares y restaurantes en los que realizaba las entrevistas eran todos similares.

Víctimas y testigos de la delincuencia suelen citarme en cantinas clásicas de los barrios, antros que funcionan hace cuatro o cinco décadas en los que se come bien y se bebe mejor.

Generalmente, todos los camareros ya perdieron una gran cantidad de dientes. En las cocinas se escuchan gritos inexplicables y palabras tribales latinas. No es extraño ver cucarachas caminando las paredes.

Afuera, las personas deambulan por las veredas rumbo a no sé qué lugar. Puedo verlos a través de estos vidrios sucios que tienen estampados los logos imperiales de pizzerías decadentes; a través de estos vidrios sucios que atajan la lluvia de otoño de Buenos Aires.

Hace frío, mucho frío. Espero a un testigo y elegí la última mesa, contra la pared izquierda. Los testimonios de las víctimas son verdaderamente impredecibles y –siempre- hay una contracara: los victimarios, esos humanos psicóticos que habitan el ‘bajomundo’, capaces de traficar mujeres y arruinar niños con drogas para saciar el deseo de la lujuria y la codicia.

Los victimarios –está claro- quieren silenciar las palabras de las víctimas, aunque –muchas veces- no logren llegar a tiempo, porque las redacciones de los periódicos definitivamente están muy lejos del ‘bajomundo’.

Esos criminales de poca monta, que portan armas con la numeración limada, no pueden llegar a la prensa antes de que las palabras sean publicadas. Pero pueden llegar a este bar.

Por eso, elijo la última mesa, contra la pared izquierda.

Junto a mí, hay una gran ventana de tres metros de largo y marcos de metal a través de la cual los cocineros expulsan los platos, preparados con mucho amor pero también con una alienación fulminante.

Han pasado veinte minutos desde que me senté por primera vez en una silla de esta pizzería marginal, ubicada sobre la avenida Pueyrredón, en Once. Aún nadie se acercó a ver qué quería. Ni siquiera llegó el testigo que debo entrevistar.

Las mesas y las sillas están construidas con madera fiel.

Una vieja sentada frente a mí observa cada papel que saco de la carpeta mientras mastica una enorme porción de carne de vaca. Mira indiscretamente. Bebe vino. Intercala sus miradas cuando gira la cabeza y observa el inmenso salón mediante el espejo que cubre toda la pared lateral.

Pocos minutos después, llega un matrimonio. No hablan. Y ambos miran –también indiscretamente- cada papel que saco de mi carpeta. Miran mi ropa, ojos y pelo.

Pareciera que la barra principal y la mesa en la que estoy sentado son, en realidad, dos países diferentes.

Un encargado gordo y desalineado -con camisa blanca de cuello marcado por negra transpiración- ríe malévolamente en la caja de cobros.

Hay sólo un camarero que debe complacer a cuarenta personas: “¡Estoy tratando de atenderlos a todos!”, grita cuando alguien reclama demora o error en el pedido. Y en la cocina también gritan. Y el gordo de la caja termina la conversación con una mujer de 40 años a la que pretendía seducir…deja de hablar, y también comienza a gritar.

Sin embargo…ninguno de todos esos alaridos –tampoco las bocinas de los autos- suenan con más potencia que los platos cuando se acumulan en la pileta de lavar.


 

El inadaptado – Capítulo 13

Mis jefes del periódico decidieron que iniciara una breve investigación en Morón, provincia de Buenos Aires. Así que tomé un colectivo de la línea 166. Antes de viajar durante varios kilómetros por la avenida Perón para entrar al corazón de esa ciudad, observé la plaza principal de Ramos Mejía a través de las ventanas del bus.

Realmente intento no pensar en aquellos días. Sin embargo, cuando viajo rumbo al oeste, tus ojos y tu boca aparecen en mis ojos y en mi boca. Aparecen como un dibujo perfecto, como una fotografía. Y tus ojos son claros, como los sueños cuando te sueño. Y tu boca, en mi imaginación, besa tan bien como siempre lo hizo. Y todavía puedo sentirla, aunque hayan pasado ocho años desde nuestro último abrazo en la estación de trenes de Plaza Miserere.

No logro entender por qué –cuando ha transcurrido tanto tiempo- igualmente aparecen estos sentimientos indescriptibles. Pienso en vos, pienso en tu hermano Nicolás, pienso en Viviana, pienso en Enrique.

Realmente intento no reflexionar sobre esas noches libres, felices, fugaces. Éramos unos niños con deseos de escribir. Teníamos 18 años. Y fuiste muy cruel. Fuiste asquerosamente cruel.

Frente a tu inestabilidad, frente a tu alma golpeada por la vida de la periferia…yo siempre ofrecí amor. Y al pasar por la plaza de Ramos Mejía, sentado en uno de esos asquerosos asientos tapizados con cuero sintético de la línea 166, no pude evitar que las imágenes de aquel día volvieran a mi cabeza.

Fue un día muy triste. No recuerdo la fecha. El calor era insoportable. Y los rayos penetrantes del sol encandilaban, encandilaban con misterio y dolor. Una banda de rock llamada Pez tocaría en un antro de la zona. Así que viajé rumbo a Morón para comprar nuestras entradas. Habíamos conversado sobre ese show. Quería sorprenderte.

Cuando llegué, te llamé por teléfono. No atendiste. Me senté en la vereda, cerca de un almacén, frente a las vías del ferrocarril Sarmiento.

Miré durante cuarenta minutos –en silencio- ese callejón de la estación en el que solíamos discutir. Te llamé otra vez. Atendiste. Insultaste.

Cerca de las diez de la noche, subí al último tren del día. Busqué un buen rincón en el vagón que no tenía vidrios ni asientos, junto a los trabajadores marginales.

Aún era temprano. Pisé Ramos Mejía. Solamente conocía el antro del recital, la zona de los bares y la esquina en la que nos resistimos a un asalto durante el invierno.

Así que deambulé por calles oscuras pensando en tus ojos, en tu boca, en ese hermoso lunar de tu pierna. No sé por qué, pero guardaba la esperanza de que aparecieras en el show.

No fuiste. Y yo gasté el poco dinero que tenía. Dormí en la estación de trenes hasta que comenzaron a pasar las primeras locomotoras del día.

Ayer, mientras viajaba a Morón para trabajar –ocho años después de aquel día- pude sentir el frío desolador del oeste erosionando mis huesos. Pude recordar cómo tu mano calmaba mis miedos. Entendí que, también gracias a vos, me transformé en un hombre con la capacidad de sobrevivir en este mundo peligroso.


 

El inadaptado – Capítulo 9

Mayo de 2018.

Después de escribir y publicar decenas de investigaciones, yo sé que hay una lista.

También sé que mi nombre figura en la lista.

Sin embargo, no sé qué otros nombres están escritos allí, ni quienes han confeccionado ese espurio registro.

Hace tres semanas, una persona que fuma cigarrillos con sabor a menta -marca Melbourne- se acercó durante la noche a mi motocicleta.

Sus pasos fueron sigilosos.

Desde la húmeda vereda –amparado por la sombra de un enorme edificio industrial- observó la ventana del departamento adonde vivo. También se detuvo con sus ojos en la ventana del departamento adonde vive mi padre.

Luego, este hombre  decidió apoyar la espalda en una reja herrumbrosa y metió ambas manos en los bolsillos de su campera negra.

Dentro del bolsillo, con los dedos lánguidos de la mano derecha, abrió una navaja corta pero filosa.

Sin girar la cabeza –más por obsesión que por instinto- volvió a chequear que las cámaras de seguridad de la fábrica estuvieran a sus espaldas.

Acomodó el gorrito de lana que cubría su pelo y parte de su frente; se arrodilló junto a la motocicleta y cortó uno de los cables que comenzaba en la rueda y terminaba en el tablero electrónico.

No dejó en el lugar pedazos de plástico ni trozos deshilachados de cobre.

El corte fue vertical, desde arriba hacia abajo. Por las huellas del filo en el cable fue posible inferir que este hombre recibió órdenes con poca anticipación y actuó sin las herramientas necesarias.

Tampoco tenía conocimientos previos sobre motocicletas chinas: sin saberlo, cortó el cable del cuentakilómetros en vez de cortar el freno.

Volvió a mirar las ventanas de los departamentos. Y dos gotas de sudor recorrieron sus mejillas. Temía ser asesinado.

Cuando corroboró que las luces de ambos departamentos seguían apagadas, se incorporó lentamente.

Encendió otro Melbourne. Lo fumó calada tras calada, sin levantar la vista, a un metro de la motocicleta.

Arrojó la colilla en el cantero de un árbol. Y, parado, se apoyó nuevamente contra la reja.

Sacó una pequeña botella de su bolsillo izquierdo.

Prolijamente, sin realizar movimientos bruscos y sin dejar un charco que lo delatara, vertió el líquido sobre toda la rueda trasera del Zanella 200cc.

Guardó la botella vacía en su bolsillo, y se retiró caminando lentamente en dirección a la avenida Congreso de Tucumán. Y encendió el último Melbourne.


 

El inadaptado – Capítulo 8

*
Anotaciones personales.
Investigaciones periodísticas.
Parte 1: Balvanera, Buenos Aires.
*

 

Aquellos traficantes del barrio de Once tenían los brazos tatuados y recorrían el interminable pasillo hasta el fondo de la planta baja.

Luego subían por unas escaleras oscuras hasta el departamento del primer piso; el departamento que no tenía ni cerradura ni picaporte, sino una puerta de madera detonada a patadas.

Una tarde Federico llegó desde Merlo, provincia de Buenos Aires, con treinta y dos frascos de flores de marihuana. Los llevaba en el baúl de un Corsa dorado, marca Chevrolet. Cuando ingresó en el departamento, habló rápido y en un tono agresivo.

Se quitó el abrigo y apoyó su pistola 9 milímetros junto al rifle semiautomático que ya estaba sobre la mesa desde las primeras horas de aquella tarde.

-¿Conseguiste el fierro que te pedí? – preguntó tras prender un cigarro.

-Todavía no pintó nada – dijo Luis.

-Lo necesito para esta semana, amigo. 

-Capaz sale un 22. 

-Me sirve. 

-¿Cuánto por cada frasco? 

-$350 pesos – respondió Federico, mientras la música sonaba fuerte en los parlantes y dos velas rojas y una blanca iluminaban imágenes de San La Muerte, en el fondo del living del departamento.

Algunas mujeres rubias conversaban sobre negocios y dinero en la cocina y en el patio de aquel loft semi-destruído que estaba ubicado en el límite de Balvanera y Recoleta. En el aire se escuchó el sonido de varias motos que pasaron a toda velocidad bajo las estrellas difusas de Buenos Aires.


 

 

El inadaptado – Capítulo 7

Laura es una mujer realmente hermosa.

Cuando la vi pasar a través de la puerta el primer día en la universidad de periodismo, prometí que al menos intentaría compartir con ella un café para poder conocerla e intercambiar los aprendizajes que traíamos, cada uno, desde nuestros barrios de la periferia y la infancia.

Primero dijo que no. Pero luego volvió sin que yo la llamara para decir que sí.

Una cerveza. Diez cervezas. Varias citas hasta que quiso besarme.

Un año de sexo y muchísimas botellas y cigarros a través de toda el área metropolitana de Buenos Aíres.

Dos viajes de expedición a las montañas. Miles de tragos de vodka al costado de las rutas de Córdoba, Salta, y Jujuy.

Sin embargo, un día huyó con su vecino. No volvimos a besarnos nunca más. Y los trabajos en la revista estatal y en el programa de radio se volvían monótonos sin Laura en la mente.

Durante 2008, mis compañeros en las oficinas de aquel Ministerio aspiraban cocaína sin parar todos los días y comenzaba a preocuparme el hecho de que yo podía terminar como ellos si permitía que aquel trabajo limara cualquier deseo de superación personal.

Las tareas que tenía asignadas en aquella revista mensual eran relativamente fáciles: repasar en búsqueda de errores los textos de algunos tristes escritores, y avisar a cualquiera de los cuatro editores ante la aparición de palabras inexactas o mal escritas.  Además, debía supervisar al otro corrector para que no aspirara demasiada cocaína y se volviera loco en las oficinas.

Luego, el editor aprobaba el producto y la publicación iba rumbo a imprenta. En el día 5 de cada mes, salíamos en una camioneta con el corrector cocainómano y un chofer estatal sin dientes a repartir puerta por puerta las suscripciones.

-¿Qué querés hacer con la plata que ganás acá? – le pregunté al corrector cocainómano.

-Comprar una casa rodante y hacer una gira con mi banda de rock – dijo.

-Es un gran plan – respondí, pensando que yo también podría comprar una casa rodante algún día.

-Sí, realmente sí – dijo él.

-¿Cuándo tocan con la banda? – pregunté.

-Mañana en un antro de Congreso.

-Tal vez vaya. Estoy saliendo con una profesora de literatura.

-¿Qué pasó con Laura?

– Se fue.


Durante los últimos días de 2008 decidí -por principios ideológicos- renunciar a mi nombramiento en la revista estatal: no quería trabajar para un Gobierno que a simple vista lucía corrupto.

El trabajo en la radio me resultaba demasiado aburrido y también renuncié. Fue así que, finalmente, dediqué mis días a escribir crónicas e investigaciones.

Comencé con artículos sobre desalojos ilegales y anarquistas detenidos por la policía.

Pero, con el tiempo, me transformé en un periodista especializado en delitos federales.

No me atrevo a decir que soy uno de los mejores escritores argentinos. Pero sí puedo afirmar que soy el mejor de mi generación.

Por eso, en este libro contaré cómo el periodismo de investigación transformó mi vida radicalmente, al acercarme conocimientos realmente inesperados y sumamente importantes para comprender cómo funciona la sociedad argentina.