El inadaptado – Capítulo 23

Me quedo esperando una canción

Una luz en los callejones del barrio

Una risa tranquila

Una nube que se escapa

Una caricia

Una verdad

Una tonada de tormenta

Una palabra

Una botella más de vino dulce

Una sombra de su sombra en

Una esquina simple

Una silueta de amor

Una condena de gracia

Una llama de gemidos

Una esperanza

Unas monedas para los cigarros

Una flor blanca

Una mirada sin color

Una memoria grata

Una corazonada de anhelos

Una hoja de los frutos

Una apuesta merecida

Una victoria fiel

Una derrota clara

Una visión

Una misión

Una danza

Una gota de agua en

Una fuerza sincera

Una justificación

Una reina

Una cadena de aire puro

Una ventana de futuro

Una gaviota

Una marejada

Una luna entera

Una sospecha

Una dirección

Una oportunidad

Una siesta serena

Una voz llana

Una idea grande

Una falta de odio

Una manta de perdón

Una mesa vacía

Una curva radical

Unas tetas parecidas

Una mujer diferente

Una horda de días

Una sentencia de espejos

Una escalera de museo

Una propuesta inmediata

Una muestra de cariño

Una mente libre

Una casa de truenos

Una hija

Una profecía

Una pulsera de luna

Unas migajas de protección

El inadaptado – Capítulo 22

Te quiero, pero no puedo, dijo.

Y yo me pregunto adónde -en qué lugar de esta repulsión ingrata- puedo guardar la oscuridad que arranqué de la cueva rancia que parió sus lágrimas hondas, sus naufragios grises, sus heridas ordinarias.

Ningún hombre me ofreció tanto respeto, dijo.

Y yo pienso en el sol del parque, pienso en ella revolcándose sobre el césped incipiente de septiembre; su pequeña boca prometiendo que jamás mentiría.

¿Por qué insistís en estar conmigo?, preguntó.

Y yo pienso que ya no voy a estar. Pienso que -al menos mañana- nadie estará ahí para acariciar las estrías pálidas de su cintura cuando el balcón se oscurezca ante la luna de las sombras del domingo. Sólo ella habitará esa pena de un minuto interminable: después de hablar con su madre y con su hermana, cerrará un libro, levantará la vista. Allí, la mesada fría, una taza, el reloj, la flor de alelí en el balcón, los chocolates que dejé sobre la alacena, la estela muerta de mi perfume bailando en las sábanas sucias.

Gracias por tanta paciencia, dijo.

Y yo pienso con rabia invasiva que -en realidad- ella tampoco sentirá tristeza: porque los traidores no conocen el filo del remordimiento; ese filo capaz de destrozar la piel y las venas de la cordura cuando el corte vertical es severo y preciso. Pienso que los traidores solo conocen los rincones de la traición.

Nunca voy a jugar con vos…quiero cuidarte, juró.

Y yo pienso en el asco que siento por los egoístas que cargan en sus bolsillos de engaños los colores de un narcisismo de calaña baja; pienso en su idolatría pobre y propia, cimentada sobre los más vulgares procesos inconclusos, cimentada sobre la piedra erosionada en las costas de un temple que se quebró.

Siempre te voy a recordar como el hombre que me impulsó, el hombre que me hizo sentir la mujer más linda del mundo, dijo…

Y yo pienso que no debo juzgarla, que seré suave en los poemas que dejé grabados en su mente. Seré suave aún dentro de sus recuerdos fugaces.

Pienso que -siempre- las mentiras esconden ese castigo inexplicable (ese sufrimiento propio) que ninguna persona quiere revelar.

Pienso que -aún cuando fueron apuñaladas por la espalda- mis convicciones siguen fuertes como la madera de un alerce.


El inadaptado – Capítulo 21

Iluso,

Puse mi paz en sus dientes idiotas.

Iluso,

Aposté mis pocos centavos pobres por una traición.

Iluso,

Guardé magia en manos que prefieren manos humillantes.

Iluso,

Llevo mis ojos celestes hasta la boca del sol,

Llevo mis dolores hasta el ocaso preciso,

Con hombría y decisión,

Con el respeto incolumne de quienes mueren si -acaso- mienten.

Iluso y certero, confío

En que más allá de esta guillotina de filo suave

En que más allá del cincel que talla colibríes

Habrá siempre,

Un sendero nuevo, que por mí espera.

Iluso

Puse mi paz en un sueño sereno, que ni ella reconoce.

Iluso

Puse mis anhelos sobre el lomo lastimado de una brisa que se extingue

Iluso

Acaricié un corazón irreconciliable

Lo acaricié con la serenidad

Que solo merecen

Las fogatas ardientes del sueño sereno, que es reconocido.

Iluso, vi

En ella, lo mío.

No veo, decían sus manos que prefieren manos humillantes.

Quisiera ver, decían esos ojos distantes y casi destruidos.

Iluso, vi

Agua

En el valle seco del río

De la violencia,

Violencia ajena para mi beso de amor.

Violencia que alguien dejó hace años en ese cuerpo perfecto;

Violencia que ella adoptó huérfana,

Para saciar los insanos deseos, huérfanos;

Violencia que ella acaricia en su cama,

Con la cortina baja,

Cada tarde en la que sus dientes idiotas

Reciben paz.

Iluso,

Fuerte

Y sano:

Llevo mis ojos celestes hasta la boca del sol,

Llevo mis dolores hasta el ocaso preciso,

Con hombría y decisión,

Con el respeto incolumne de quienes mueren si -acaso- mienten.

Y aprendo así

En esta tarde más triste que un entierro:

no basta con recibir un don

Para honrar

La grandeza de Dios.

Y aunque Dios aún viva en ella,

En su pelo rubio, en su frente, en el hueso,

Aprendo,

En esta tarde

Aprendo

que los dones

También se apagan.

El inadaptado – Capítulo 15

Regina
Cansancio con perfume de reina
Agosto de 2018

Pierdo el tiempo de mi mente en esas estocadas de puñales demasiado poderosos para una vana luna de aire, demasiado poderosos para esa noche superficial que se dibuja en los ojos de la cara de tu mentira. Pierdo el tiempo pero -al menos-  juego con un manojo de viento y llaves de umbrales; puertas, túneles y sueños que no veo, y que sin embargo respiro por tonos y cadencias.

Escupo trizas en este pincel de cuarzos de mi tierra de arena robusta. Voy a pintar en él todos los silencios que jamás pintaré en el lienzo; diré la verdad sólo frente a ese color que es conocido por la piel de las estatuas que custodian las cúpulas de oro; ese color que es conocido por las estrellas en las cúpulas de ese lugar que no tiene lugar para los ojos de la cara de tu mentira.

Muerdo esquirlas en la corona que los ángeles han puesto sobre la dulce mente de la vida que vivo, y las beso en ese lugar que no tiene lugar para las balas de mi revólver, pero tampoco tiene lugar para las heridas de carne y sangre que dispara tu vieja valentía ya vencida.

Pierdo el tiempo de mi mente en puñaladas de callejones que ostentan entre ladrillos  la pasividad de mis enemigos peores: los invisibles, y una vana luna de aire que -si de verdad yo quisiera – podría capturar con la flaca resina de un suspiro proveniente de los deseos que abandoné hace dos décadas.

Miro finalmente el aire de la calle en este miércoles. Una ventana blanca. Prendo el horno. Sirvo  agua en un mate de madera del Litoral.

Mientras bebo, decido ahogar en un relámpago las ilusiones que crecen como árboles milenarios por el camino de mis ojos,  mi corazón y mis pulmones. Crecen como si yo fuera un campo fértil; crecen como si vos realmente fueras esa flor celeste que vi bailar ayer en una derrumbada casa de San Telmo.

Ahogaré con mis propias manos las ilusiones hijas del fondo del bar de la estación, que crecen como si tuvieras el gesto tan noble de ser apenas la mitad de una de tus palabras.

Y mientras los retazos de anhelos tristes (ficciones baratas) se escapen por las grietas de las falanges de mis dedos…allí estarás: lugar de privilegio para los recelos no solventes de tu cintura perfecta, redonda, blanca, psicópata.

Y ya no habrá tiempo para cantar los gritos del placer que tal vez nunca existió.

No habrá tiempo para nada. Pues me habré marchado.

¿Marchar adónde?

A los segundos de un reloj pretencioso que -intuyo- mi mente perdió durante los minutos de un poema oxidado por el ácido del aljibe de la pena. ¡Y yo sigo quieto aquí, con tantas mujeres que tocan mis hombros e intentan desvestir los secretos que envuelven las memorias del amor perfecto!

¿Acaso el pasado algún día visitó esta casa que alberga la virtud de lo que sólo veo cuando la ciudad se apaga ante mis pies?

¿Acaso la pena puede realmente tronar en los confines de mi espíritu fuerte?

“¿Dónde están, Muerte, tus lanzas?”