Complicidad

*Nuevo capítulo del libro Las mujeres del petróleo, escrito por el periodista Belisario Sangiorgio Trogliero.

by the sea (2)

Cristal estaba embarazada. Atravesaba la semana número 15 de su embarazo y vivía en la ciudad de Orán, provincia de Salta, junto a sus dos hijos.

No tenía trabajo. Estaba desesperada cuando recibió un llamado de su prima Guillermina Matto Adorno, que le ofrecía viajar a Comodoro Rivadavia, provincia de Chubut, para trabajar como niñera. Así que la joven partió rumbo a la Patagonia.

Cuando llegó a Comodoro Rivadavia la esperaba un auto gris con los vidrios polarizados.

Cristal abrió la puerta y subió.

En el asiento delantero del acompañante estaba su prima.

-¡Hola, Guillermina! – dijo Cristal, feliz y agradecida.

-Vos te vas a ir con él, te vas a ir a un prostíbulo a trabajar. Estás vendida – respondió Guillermina Matto Adorno, señalando a su esposo, que conducía el vehículo.

En ese momento, Ramón Díaz Soto sacó una pistola que llevaba en la guantera. Giró su cabeza, exhibiendo el arma en su mano derecha, y amenazó a Cristal. La joven –paralizada- no pudo responder.

El automóvil se detuvo en la puerta del prostíbulo “Las brujas”. Entraron.

Luego de atravesar la puerta, Cristal fue obligada a desvestirse. Más tarde, la forzaron para que tenga sexo con un ‘cliente’ de aquel antro. Algunos minutos después de aquella violación, sus captores la trasladaron a una pequeña habitación. Allí, le cortaron el pelo y quemaron su documento.

Fue obligada a prostituirse en ese sitio durante todo el día.

Al finalizar aquella trágica jornada, Ramón Díaz Soto –amenazándola con el arma- volvió a trasladarla en un automóvil.

comodoror

Cristal no sabe a qué parte de la ciudad decidieron llevarla, pero recuerda que estuvo secuestrada en una habitación pequeña “que compartía con otras cinco mujeres, de entre 14 y 15 años, que también habían sido captadas y vendidas”, según declaró ante los investigadores del Ministerio Público Fiscal. Confirmó también que en ese pequeño lugar no había colchones, sólo sabanas.

La víctima dijo que todas las mujeres eran custodiadas por dos personas que tenían armas de fuego.

Estos mafiosos, a su vez, les daban pastillas para dormir durante el día, y proveían drogas para que las mujeres consuman mientras eran prostituidas durante la noche.

Cristal declaró ante los investigadores que ellas “habrían intentado escapar en varias oportunidades, pero debido a la complicidad policial con los proxenetas” estas fugas “se vieron frustradas”.

En este punto cabe destacar que la víctima informó que “los policías se reían” de las mujeres secuestradas, y que las “conocían debido a que varias veces” las habían alquilado como esclavas sexuales.

A su vez, la víctima agregó que –al advertir un intento de fuga- Ramón Díaz Soto golpeó “de muy mala manera” a algunas mujeres.

Los días transcurrían y Cristal continuaba privada de su libertad. Su madre, en Salta, comenzó a preocuparse. Por lo que realizó una denuncia.

Sorprendentemente, los policías de Comodoro Rivadavia tomaron conocimiento sobre el allanamiento que se realizaría en el prostíbulo ‘Las brujas’, motivado por la desaparición de Cristal.

-Van a allanar – dijo Ramón.

-¿Cómo sabés? – preguntó Guillermina.

-Porque me dijeron, pelotuda. ¿Cómo voy a saber? –

-¿Qué hacemos? – quiso saber la esposa del criminal.

-Dormí a las pibas con las pastillas y nos vamos con todas en dos autos-.

Entonces, Guillermina repartió los sedantes y todos partieron en medio de la oscuridad. Escapaban por las calles de Comodoro Rivadavia.

Pero Cristal no había tomado la pastilla. Aún la llevaba bajo su lengua.

Cuando los criminales se detuvieron a cargar combustible, ella se bajó del automóvil y corrió por la ruta.

Un hombre frenó para ayudarla, le dio dinero, ropa y la dejó en un hotel.

Con los primeros rayos de sol del 26 de febrero de 2012, Cristal pudo advertir que ya no estaba en Comodoro Rivadavia.

Tomó una ducha y se dirigió a una comisaría de la ciudad de Los Antiguos, Santa Cruz, para relatar el infierno por el que acababa de atravesar.

 

Barrio

barrio final

Y miro la calle un miércoles

Y todo está igual que cada día

En el pobre edificio gris,

En el barrio,

La mafia recaudando su dinero,

Los obreros rumbo al trabajo,

Mi madre se preocupa,

Prendo velas a la Virgen María

Y en esta confusión espero

Un disparo o más billetes

Para salir del agujero,

El olor de la comida del primer piso

Se filtra entre las ventanas

Y mi madre se preocupa

Y el marido de la vecina sigue

En la cárcel por secuestros extorsivos.

Rezamos y cocinamos con la moneda justa,

Ya sobrevivimos en 2001,

Sobrevivimos tres gobiernos kirchneristas,

Sobrevivimos los levantamientos de los carapintadas.

Sobrevivimos cuando mi padre fue a la guerra.

Tengo dinero en los bolsillos,

Y sonrío.

Pero bajo a la calle y es miércoles

Y todo luce igual que cada día.

Los grises y pobres edificios.

Y mi amigo delincuente fuma cigarrillos

Mientras su hija juega en la vereda,

Llega un asaltante y se suma

a la conversación. 

Quienes no están presos,

Ni muertos,

Viven aún

Por milagros.

Los adictos al crack se han ido a dormir

Y la calle está tranquila

Y los niños corren.

Hotel América

consti

Las noches en el Gran Hotel América son silenciosas. Cuando el sol muere como un hombre degollado sobre el cemento de Plaza Constitución, los largos y laberínticos pasillos de este hotel sólo permiten escuchar la respiración de las inmundas palomas. Mientras bajaba las escaleras, jamás me crucé con alguno de los huéspedes.

En cada piso hay enormes y oscuras salas comunes con balcones que permiten observar claramente la avenida Bernardo de Irigoyen, la comisaría del barrio, y la enorme estación de trenes. Aunque nadie puede confirmarlo, probablemente ese hotel haya sido construido durante los primeros años del siglo pasado. Lo que sí puedo confirmar es que los muebles son los mismos que los viajeros utilizaban en aquellos días de su inauguración.

Por 16 dólares –que hasta el humano más estúpido puede conseguir si permanece 15 horas en las calles- los dueños del hotel ofrecen inmensas habitaciones con dos camas, dos mesas, dos armarios, ventilador, espejo, sábanas limpias, cuatro almohadas y un lavamanos junto a la ventana. A través de los vidrios, es posible observar un inmenso jardín interno, un hueco gigantesco de ropa colgada y balcones destruidos. Sin embargo, estos dormitorios –los más baratos- son tan antiguos que no tienen baño. Por eso, en los pisos superiores hay viejos baños compartidos. En el inodoro y en la ducha las cucarachas deambulan extraviadas.

Por 30 dólares –que nunca pagaría para vivir en ese hotel hediondo, pero que el humano más estúpido puede conseguir si permanece 15 horas en las calles- los dueños del lugar ofrecen pequeños departamentos de dos ambientes con televisión, duchas limpias y una vista más agradable.

Yo solía prender la radio y, luego apilaba los colchones de las dos camas. Lo mismo con las almohadas. Sacaba todas las sábanas para corroborar que no hubiera ningún insecto escondido, y después volvía a tenderlas prolijamente. Finalmente, caminaba hasta el escritorio, tomaba el paquete de Marlboro y encendía un cigarro. Lanzaba el encendedor sobre la mesa, y me recostaba para fumar mientras escuchaba música.

Cuando terminaba la canción, o el cigarrillo, volvía a repetir esa cadena de acciones. Una y otra vez, durante horas.

Permanecía encerrado todo el día. Leía y escribía. Por la noche, investigaba a los narcotraficantes peruanos. 

Solía mirar el teléfono del siglo pasado que había en la habitación del hotel, y reía como un loco durante varios minutos al pensar qué tan hijos de puta deberían ser los dueños de ese antro que, aún cien años después de la inauguración, no habían comprado teléfonos nuevos, o camas nuevas, o algo nuevo.

Los pisos de las habitaciones fueron construidos con madera de caros pinos. Crujen y lloran durante las horas en las que todos duermen. Las persianas son de pesado y oxidado metal. Me daba asco tocarlas para abrirlas porque había decenas de asquerosas palomas viviendo en los pequeños balcones de cada habitación. Por esos mismos balcones, obviamente, entran en los dormitorios los alaridos de muerte que suben desde los callejones del barrio marginal. Por esos balcones entran las lágrimas de las mujeres secuestradas y explotadas en los prostíbulos; por esos balcones entra el ruido del filo de las facas de los vendedores de droga cuando cortan el aire helado, cuando rompen la tela de la ropa.

Al terminar mis cigarrillos, abandonaba el Gran Hotel América y pisaba las calles para comprar comida y agua mineral. Las cantinas –mientras permanecen abiertas- siempre están llenas.

En sucias parrillas cocineros alienados queman pollos baratos, y –si uno escucha con cierta atención- es posible diferenciar el sonido de una botella llena de cerveza golpeando contra el mármol de la barra, y el sonido de una botella vacía golpeando contra el mismo mármol de la misma barra.

Los delincuentes suelen agruparse en las puertas de estas cantinas. Y, en la noche de Constitución, realmente ninguna persona contiene en su interior algún insulto que tenga ganas de escupir.

Si uno vive en estos territorios, debe saber que será insultado sin motivos al menos dos o tres veces por día: puede ser que para algún desempleado que está pasando hambre tu ropa sea demasiado bella, puede ser que algún ladrón te confunda con un policía, puede ser que algún policía te confunda–por tus tatuajes- con un ladrón.

La clave es no detenerse.

Si frenás, tenés que enfrentarte con golpes -y tal vez puñaladas- al menos dos o tres veces por día.

Y realmente no hay nada más denigrante que dormir en una comisaría tras una riña callejera, así que -cuando alguien insultaba- yo solía simular que no había escuchado, y seguía caminando lentamente rumbo al almacén.

Pese a la violencia social y a las impunes negociaciones de tratantes de personas y narcotraficantes que operan en la zona, realmente nunca temí al vivir en Constitución.

Las calles son iguales en todas las ciudades.

Simplemente, alcanza con saber cómo caminarlas.

En fin, salía a comprar cigarros.

Al llegar a la estación Constitución, la luna ya se había adueñado de las calles. Las mujeres de República Dominicana, con calzas rojas y negras, ofrecían sus cuerpos maltratados en las puertas de los locales adonde se venden celulares, ropa falsificada y golosinas por mayor.

En el aire flotaba un denso olor a muerte que invadía toda la calle Lima. Vendedores ambulantes –ya borrachos- perdían el tiempo mientras esperaban el último tren que los llevaría a la periferia.

En la esquina de O’Brien y Lima hay un local que vende cajas de cartón y resmas de hojas. En frente está el hotel Cosmos, de muchísima menor calidad que el inmundo hotel América.

En el hotel Cosmos se refugian los adictos ladrones de celulares cuando roban buenos teléfonos. Los gritos bajaban desde las ventanas. Algunos drogadictos sin dientes entraban y salían del hotel; en sus manos llevaban las pipas para fumar crack.

Y yo iba por allí, mientras pensaba en mi destino.

Caminaba con calma.

Caminaba entre los puestos de venta ambulante que los africanos montan en las veredas.