estación

partir hacia el camino oscuro de los poblados perdidos entre las montañas de crestas blancas

viajando en un camión con los caballos hasta llegar a las sierras altas y negras que rodean san fernando del valle

la memoria de la lujuria es una sombra que camina en la estación de buses durante la madrugada sorda

dos cosecheros de las huertas fuman cigarros y las prostitutas pasan de un lado a otro en el andén desolado de esta terminal

mi amor tan lejos de la noche, llevo el aprendizaje del dolor, que es un puñal

que me protege del viento de piel afable, de la caricias que guardan la imagen de los ojos puros.

luna

luna roja

cielo naranja

el agua

metal inmenso

la eternidad

ojos de una víbora

con miedo

este paso por aquí

islote del paraná

el amor

santito del contrabando

plegarias para

la señora de urkupiña

en el sendero del campo

los camiones de la cosecha

los cuarteles olvidados de los indios

la luna roja

el cielo naranja

la leña y la noche que silba

el fuego

los cacharros para cocinar

las verduras

un poco de tierra que cae

sin querer en la comida;

la voz de las estrellas

el canto

del río bajando de la quebrada.

rutas

nunca dejes tu ciudad por amor 

al final de la noche igual estarás solo

en el baño vacío de un hotel, 

en los caminos del desierto 

mordiendo lágrimas de luna

amando hasta encontrar 

el sutil silencio donde no hay 

nombre

ni espíritu;

la esperanza ingenua

los ojos rotos

cicatrices

frágiles;

del desprecio guardaré

nudos de congoja,

el viento de tierra seca;

nunca dejes tu ciudad por amor

al final de la noche estarás solo 

con las colillas de cigarros

y las botellas rotas en el piso

de la habitación.

ayer

vidrios rotos

tiempo

hojarasca de plantas

grises y secas

la pena

yo me retuerzo en su pecho;

tenue arder del fuego

quise verte;

debes saberlo

no serás en otro lugar

aquello que

no pudiste ser aquí;

imploré

para que la tristeza se detuviera;

lloré tu lejanía y como dicen

en los bares tal vez

finalmente

todo aquello se olvida;

fui hacia un silencio

para llorar

en calma

y no supe por dónde

regresar.

de oro

un libro se escribe así

en el umbral del fracaso

sin comida

con dolor en los dientes

lejos de tu casa

solo

en las pensiones

besando a la muerte siento

que siempre es el mismo libro;

danzando sobre

un espejo de oro

yo avivo el fuego de los maestros

de la literatura;

nada tengo más que

unos cuantos buenos textos;

vengo

de un lugar

que pocos sobreviven.

destino


destino de rostro suave

cascada del aconquija

sol del camino claro

quién protege tu rumbo

en las cumbres puras

huella de ganado

mi amor

partido

como los árboles

de la marca del baqueano;

piedras verdes del musgo

vida en los troncos caídos

arañas grandes que uno siente

aunque no se dejen ver;

sin sendero

en los pozos hondos de la lluvia

y aguita que baja

por los surcos del mundo

desde el olimpo

destino de rostro suave

mejilla de los dioses

admiro del cerro

lo que odio en mí.

cicatriz

el cansancio de la tropelía 

de mi poesía temeraria 

dando vueltas al mundo,

el peso del tiempo rencoroso 

estaqueado en la espalda;

me aterra el canto de los dioses 

en estas manos sostengo 

los sueños dentro de los sueños

para que no mueran.

día

tengo la sed y la condena

anidando en los nudillos 

en el puño cerrado la sangre

llueve mientras amanece 

rocío en el fruto del árbol

tormenta morada de los cerros

mate amargo con cigarros;

en la imaginación tejo anhelos 

caricias de las nubes en la tarde

y la guadaña de la calma frente a mí

tengo la sed y la condena

anidando en la oscuridad

del cráneo 

en el puño cerrado la sangre

llueve mientras amanece.

tristeza

allá en la muerte 

uno anda muy solo

una tapera lejos de la otra 

y los cerros

piedra nomás 

el puma hambriento;

quisiera no pensar sobre 

el cielo negro del dolor 

que llevo

 por la cuesta de la Chilca

el trazo perpetuo

de mis sombras;

allá en la muerte estuve

extraviado sin perdón fui

en largas caminatas

lo más lejos que pude.

sueños

vengo desde el infierno 

de la miseria cruel

con los confinados 

de los lejanos muros del destino;

vengo viajando por pueblos 

abandonados

en la lenta muerte del desierto 

en las tumbas pequeñas

con los santos paganos

al costado de la ruta árida;

he dejado mi dolor 

en el olvido de la luna

que aquella noche iluminaba 

todo el valle 

de los calchaquíes. 

morir

pensar en atarse una sábana al cuello 

sentado sobre la cama número 4

del pabellón de casos agudos

del hospital psiquiátrico

entre armarios de madera, cucarachas, 

moscas, el balbuceo sonámbulo

de adictos que se ahogan y tosen; 

por la ventana de rejas un viento suave

soplido de dios que mueve los pinos de la calle;

un fuerte rayo de sol me recordó 

las manos de mi madre

pude sentir que ella decía:

no llames a la muerte

si no la deseas en verdad no 

la nombres

no digas las letras de la sangre 

en el pedregal del alma 

sin río y sin sol aún 

en el infierno rojo

por favor no 

llames a la muerte.