El inadaptado – Capítulo 18

Buenos Aires, junio 2018

Ella cierra sus ojos y

con sus dedos ásperos

Toca mis ojos.

Yo cierro los ojos y

con mis manos torpes

Toco sus ojos.

Y entonces veo un mar inmenso

Que baja como cascada desde el cielo

Iluminado por un sol azul

Un sol

Adonde se esconden todos los planetas,

Y las constelaciones,

Turquesa,

Y algunos delfines sonríen mientras

Yo sonrío

Y finalmente veo

Un castillo

Construido

Sobre aquella montaña verde y lejana

Sobre aquella montaña de paz

Un castillo

Construido

Con vidrios de estrellas

y en sus torres

veo

gaviotas de piedra preciosa.

El inadaptado – Capítulo 17

Buenos aires, junio de 2018

 

Una mariposa lleva escritos en sus alas

bellos poemas de ojos color miel,

y diamantes de aire puro de montaña;

y si mañana –distraído- me duermo

dormido

quiero

pasar algunas horas de los sueños puros

viendo el cielo desde esas alas,

las alas

de las poesías escritas con la tinta de una flor

tal vez escritas con el beso de un lago calmo.

Y así pienso el tiempo como una caricia

sobre la espalda desnuda de las cicatrices

que allana con una palma afable

los temores.

Y si algún día finalmente me duermo

dormido

quiero escribir las líneas

de estos versos de vida,

que besan

la cara de la mariposa de los poemas

cuando la bruma nace el día

y mata la noche

en los pastizales calmos de los campos

que te vieron crecer.

Y si algún día finalmente me duermo

quiero en las alas de esa mariposa

besar la boca del sigilo de las estrellas

y las mejillas de las luces que atraviesan

esas rutas durante la madrugada;

besaré las poesías de la madera glaciar

de los lagos de la Cordillera

que esa mariposa lleva de viaje,

poesías que existen

entre las nubes de color arrayán en el atardecer,

entre la piel azul del fondo del río,

poesías que existen en el aire

de tu andar lento en natural desnudez,

y mientras esa poesía exista

yo pensaré al tiempo como una caricia

sobre la espalda desnuda de las cicatrices

que allana con una palma afable

los temores

de tus alas y sus poemas

sobre mi pecho.

El inadaptado – Capítulo 16

Mimbí tiene 22 años y le gusta fumar marihuana cuando está desnuda sobre el sillón. Sus brazos son fuertes y robustos porque trabaja como empleada de limpieza, doce horas, cada día. Llora por las noches, aunque no tenga motivos. Nació en la provincia de Misiones pero detesta hablar guaraní. Tiene varios novios, y un perro agresivo que la protege de la soledad del conventillo adonde vive. Hace diez meses, mientras estallaba una guerra entre los narcotraficantes del barrio porteño de Saavedra, ella se transformó en mi informante.   

La conocí en un parque cerca de la autopista General Paz, a través de un amigo en común. Recuerdo que ella sonreía mientras nos mostraba con sorna unos cinco mil pesos que acababa de robarle a un oficial de Gendarmería Nacional. Yo no dije prácticamente nada interesante durante la conversación, pero ella me invitó a cenar para gastar su botín. Así que fuimos en motocicleta hasta un restaurante de la avenida, y luego a un costoso hotel de Palermo. Despertamos al día siguiente, ya sin dinero. Aquella noche juramos que ninguno se enamoraría. Aquella noche conocí su vida, signada por el dolor de los migrantes que dejan tierras queridas en búsqueda de un futuro tan promisorio como inexistente.

El 13 de enero de 2018, la fiscalía de José María Campagnoli confirmó que en Saavedra se había desatado  una guerra entre narcotraficantes, porque criminales peruanos del Bajo Flores intentaban disputar la venta de drogas en la zona con un grupo de delincuentes argentinos que históricamente controlaron una zona revestida de vital importancia geográfica por su conexión con el partido bonaerense de Vicente López. El Ministerio Público Fiscal dijo a la prensa que allí se desarrollaron al menos seis enfrentamientos con armas de fuego entre grupos antagónicos. En los tiroteos, un hombre murió y varios resultaron gravemente heridos.

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En simultáneo con la divulgación de la información oficial sobre estos grupos de traficantes, una calificada fuente de la Policía de la Provincia de Buenos Aires me confirmó en un precario bar de Puente Saavedra que los enfrentamientos también se habían trasladado más allá de los límites de Capital Federal: muy cerca de Saavedra, en el barrio de Munro –partido de Vicente López- personas vinculadas a la venta de drogas ejecutaron de un tiro en la nuca a una persona que compraba cocaína en un búnker de la zona.

“Es una guerra entre narcos”, dijo aquel oficial de la brigada, mientras revolvía su café y miraba los viejos colectivos que cortaban con smog tóxico la cotidianeidad tiesa de la avenida Maipú.

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Pese a que el periódico tenía asignado otro redactor para este caso judicial y yo no escribiría absolutamente nada al respecto, consideré que podría ser conveniente dialogar con Mimbí sobre los movimientos en la zona.

De todas formas, no se trataba de una tarea fácil: Mimbí comenzaba a enamorarse.

Ya no alcanzaba con algunos besos, ni con breves horas de placer. Ahora, ella me ordenaba que vivamos juntos en el conventillo porque quería tener  un hijo. Los modales de Mimbí son rudimentarios y agresivos.

Entre brotes de amor y de furia, la misionera solía pegarme fuertes cachetadas en la cara preguntándome por qué yo no podía amarla. Luego, con sus brazos duros, acariciaba mi cuerpo y pedía disculpas.

-Este juego se gana sin enamorarse, Mimbí – le dije una tarde en la plaza de la avenida Donado.

-Sos un hijo de puta – dijo ella, que conoce a los narcotraficantes de Saavedra porque fumaba y aspiraba cocaína hasta quedar casi inconsciente. 

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Por el momento, los investigadores judiciales sólo confirmaron ante la prensa que un grupo de narcos trabaja para la mafia del Bajo Flores intenta dominar la zona, pero…para quiénes trabajan los narcos argentinos, que resisten a balazos contra un clan de extranjeros. Solo Mimbí podía decirme eso.

Y hace pocos días, mientras fumábamos un cigarro en una calle oscura -cerca de la intersección de la avenida Congreso y la calle Diaz Coledrero- una patrulla de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires frenó en la mitad de la cuadra.

Cuando se apagaron las luces del patrullero, la paraguaya me golpeó el brazo disimuladamente, y en voz baja, dijo: “Ahí está, mirá, y no rompás más las pelotas”. Mientras tanto, los dos narcotraficantes del barrio se acercaron hasta la ventana del vehículo para entregar a los oficiales una bolsa compacta, seguramente llena de billetes.


 

El inadaptado – Capítulo 15

Y miro la calle un miércoles

Y todo está igual que cada día

En el pobre edificio gris,

En el barrio,

La mafia recaudando su dinero,

Los obreros rumbo al trabajo,

Mi madre se preocupa,

Prendo velas a la Virgen María

Y en esta confusión espero

Un disparo o más billetes

Para salir del agujero,

El olor de la comida del primer piso

Se filtra entre las ventanas

Y mi madre se preocupa

Y el marido de la vecina sigue

En la cárcel por secuestros extorsivos.

Rezamos y cocinamos con la moneda justa,

Ya sobrevivimos en 2001,

Sobrevivimos tres gobiernos kirchneristas,

Sobrevivimos los levantamientos de los carapintadas.

Sobrevivimos cuando mi padre fue a la guerra.

Tengo dinero en los bolsillos,

Y sonrío.

Pero bajo a la calle y es miércoles

Y todo luce igual que cada día.

Los grises y pobres edificios.

Y mi amigo delincuente fuma cigarrillos

Mientras su hija juega en la vereda,

Llega un asaltante y se suma

a la conversación.

Quienes no están presos,

Ni muertos,

Viven aún

Por milagros.

Los adictos al crack se han ido a dormir

Y la calle está tranquila

Y los niños corren.


 

El inadaptado – Capítulo 14

El Inadaptado - Belisario Sangiorgio

Cuando comencé a escribir acerca de casos policiales y judiciales, noté que los bares y restaurantes en los que realizaba las entrevistas eran todos similares.

Víctimas y testigos de la delincuencia suelen citarme en cantinas clásicas de los barrios, antros que funcionan hace cuatro o cinco décadas en los que se come bien y se bebe mejor.

Generalmente, todos los camareros ya perdieron una gran cantidad de dientes. En las cocinas se escuchan gritos inexplicables y palabras tribales latinas. No es extraño ver cucarachas caminando las paredes.

Afuera, las personas deambulan por las veredas rumbo a no sé qué lugar. Puedo verlos a través de estos vidrios sucios que tienen estampados los logos imperiales de pizzerías decadentes; a través de estos vidrios sucios que atajan la lluvia de otoño de Buenos Aires.

Hace frío, mucho frío. Espero a un testigo y elegí la última mesa, contra la pared izquierda. Los testimonios de las víctimas son verdaderamente impredecibles y –siempre- hay una contracara: los victimarios, esos humanos psicóticos que habitan el ‘bajomundo’, capaces de traficar mujeres y arruinar niños con drogas para saciar el deseo de la lujuria y la codicia.

Los victimarios –está claro- quieren silenciar las palabras de las víctimas, aunque –muchas veces- no logren llegar a tiempo, porque las redacciones de los periódicos definitivamente están muy lejos del ‘bajomundo’.

Esos criminales de poca monta, que portan armas con la numeración limada, no pueden llegar a la prensa antes de que las palabras sean publicadas. Pero pueden llegar a este bar.

Por eso, elijo la última mesa, contra la pared izquierda.

Junto a mí, hay una gran ventana de tres metros de largo y marcos de metal a través de la cual los cocineros expulsan los platos, preparados con mucho amor pero también con una alienación fulminante.

Han pasado veinte minutos desde que me senté por primera vez en una silla de esta pizzería marginal, ubicada sobre la avenida Pueyrredón, en Once. Aún nadie se acercó a ver qué quería. Ni siquiera llegó el testigo que debo entrevistar.

Las mesas y las sillas están construidas con madera fiel.

Una vieja sentada frente a mí observa cada papel que saco de la carpeta mientras mastica una enorme porción de carne de vaca. Mira indiscretamente. Bebe vino. Intercala sus miradas cuando gira la cabeza y observa el inmenso salón mediante el espejo que cubre toda la pared lateral.

Pocos minutos después, llega un matrimonio. No hablan. Y ambos miran –también indiscretamente- cada papel que saco de mi carpeta. Miran mi ropa, ojos y pelo.

Pareciera que la barra principal y la mesa en la que estoy sentado son, en realidad, dos países diferentes.

Un encargado gordo y desalineado -con camisa blanca de cuello marcado por negra transpiración- ríe malévolamente en la caja de cobros.

Hay sólo un camarero que debe complacer a cuarenta personas: “¡Estoy tratando de atenderlos a todos!”, grita cuando alguien reclama demora o error en el pedido. Y en la cocina también gritan. Y el gordo de la caja termina la conversación con una mujer de 40 años a la que pretendía seducir…deja de hablar, y también comienza a gritar.

Sin embargo…ninguno de todos esos alaridos –tampoco las bocinas de los autos- suenan con más potencia que los platos cuando se acumulan en la pileta de lavar.


 

El inadaptado – Capítulo 13

Mis jefes del periódico decidieron que iniciara una breve investigación en Morón, provincia de Buenos Aires. Así que tomé un colectivo de la línea 166. Antes de viajar durante varios kilómetros por la avenida Perón para entrar al corazón de esa ciudad, observé la plaza principal de Ramos Mejía a través de las ventanas del bus.

Realmente intento no pensar en aquellos días. Sin embargo, cuando viajo rumbo al oeste, tus ojos y tu boca aparecen en mis ojos y en mi boca. Aparecen como un dibujo perfecto, como una fotografía. Y tus ojos son claros, como los sueños cuando te sueño. Y tu boca, en mi imaginación, besa tan bien como siempre lo hizo. Y todavía puedo sentirla, aunque hayan pasado ocho años desde nuestro último abrazo en la estación de trenes de Plaza Miserere.

No logro entender por qué –cuando ha transcurrido tanto tiempo- igualmente aparecen estos sentimientos indescriptibles. Pienso en vos, pienso en tu hermano Nicolás, pienso en Viviana, pienso en Enrique.

Realmente intento no reflexionar sobre esas noches libres, felices, fugaces. Éramos unos niños con deseos de escribir. Teníamos 18 años. Y fuiste muy cruel. Fuiste asquerosamente cruel.

Frente a tu inestabilidad, frente a tu alma golpeada por la vida de la periferia…yo siempre ofrecí amor. Y al pasar por la plaza de Ramos Mejía, sentado en uno de esos asquerosos asientos tapizados con cuero sintético de la línea 166, no pude evitar que las imágenes de aquel día volvieran a mi cabeza.

Fue un día muy triste. No recuerdo la fecha. El calor era insoportable. Y los rayos penetrantes del sol encandilaban, encandilaban con misterio y dolor. Una banda de rock llamada Pez tocaría en un antro de la zona. Así que viajé rumbo a Morón para comprar nuestras entradas. Habíamos conversado sobre ese show. Quería sorprenderte.

Cuando llegué, te llamé por teléfono. No atendiste. Me senté en la vereda, cerca de un almacén, frente a las vías del ferrocarril Sarmiento.

Miré durante cuarenta minutos –en silencio- ese callejón de la estación en el que solíamos discutir. Te llamé otra vez. Atendiste. Insultaste.

Cerca de las diez de la noche, subí al último tren del día. Busqué un buen rincón en el vagón que no tenía vidrios ni asientos, junto a los trabajadores marginales.

Aún era temprano. Pisé Ramos Mejía. Solamente conocía el antro del recital, la zona de los bares y la esquina en la que nos resistimos a un asalto durante el invierno.

Así que deambulé por calles oscuras pensando en tus ojos, en tu boca, en ese hermoso lunar de tu pierna. No sé por qué, pero guardaba la esperanza de que aparecieras en el show.

No fuiste. Y yo gasté el poco dinero que tenía. Dormí en la estación de trenes hasta que comenzaron a pasar las primeras locomotoras del día.

Ayer, mientras viajaba a Morón para trabajar –ocho años después de aquel día- pude sentir el frío desolador del oeste erosionando mis huesos. Pude recordar cómo tu mano calmaba mis miedos. Entendí que, también gracias a vos, me transformé en un hombre con la capacidad de sobrevivir en este mundo peligroso.


 

El inadaptado – Capítulo 12

Constitución, Buenos Aires
Enero 2017

Las noches en el Gran Hotel América son silenciosas. Cuando el sol muere como un hombre degollado sobre el cemento de Plaza Constitución, los largos y laberínticos pasillos de este hotel sólo permiten escuchar la respiración de las inmundas palomas. Mientras bajaba las escaleras, jamás me crucé con alguno de los huéspedes.

En cada piso hay enormes y oscuras salas comunes con balcones que permiten observar claramente la avenida Bernardo de Irigoyen, la comisaría del barrio, y la enorme estación de trenes. Aunque nadie puede confirmarlo, probablemente ese hotel haya sido construido durante los primeros años del siglo pasado. Lo que sí puedo confirmar es que los muebles son los mismos que los viajeros utilizaban en aquellos días de su inauguración.

Por 16 dólares –que hasta el humano más estúpido puede conseguir si permanece 15 horas en las calles- los dueños del hotel ofrecen inmensas habitaciones con dos camas, dos mesas, dos armarios, ventilador, espejo, sábanas limpias, cuatro almohadas y un lavamanos junto a la ventana. A través de los vidrios, es posible observar un inmenso jardín interno, un hueco gigantesco de ropa colgada y balcones destruidos. Sin embargo, estos dormitorios –los más baratos- son tan antiguos que no tienen baño. Por eso, en los pisos superiores hay viejos baños compartidos. En el inodoro y en la ducha las cucarachas deambulan extraviadas.

Por 30 dólares –que nunca pagaría para vivir en ese hotel hediondo, pero que el humano más estúpido puede conseguir si permanece 15 horas en las calles- los dueños del lugar ofrecen pequeños departamentos de dos ambientes con televisión, duchas limpias y una vista más agradable.

Yo solía prender la radio y, luego apilaba los colchones de las dos camas. Lo mismo con las almohadas. Sacaba todas las sábanas para corroborar que no hubiera ningún insecto escondido, y después volvía a tenderlas prolijamente. Finalmente, caminaba hasta el escritorio, tomaba el paquete de Marlboro y encendía un cigarro. Lanzaba el encendedor sobre la mesa, y me recostaba para fumar mientras escuchaba música.

Cuando terminaba la canción, o el cigarrillo, volvía a repetir esa cadena de acciones. Una y otra vez, durante horas.

Permanecía encerrado todo el día. Leía y escribía.

Por la noche, investigaba a los narcotraficantes peruanos que operan en el barrio. 

Solía mirar el teléfono del siglo pasado que había en la habitación del hotel, y reía como un loco durante varios minutos al pensar qué tan hijos de puta deberían ser los dueños de ese antro que, casi cien años después de la inauguración, no habían comprado teléfonos nuevos, o camas nuevas, o algo nuevo.

Los pisos de las habitaciones fueron construidos con madera de caros pinos. Crujen y lloran durante las horas en las que todos duermen. Las persianas son de pesado y oxidado metal. Me daba asco tocarlas para abrirlas porque había decenas de asquerosas palomas viviendo en los pequeños balcones de cada habitación. Por esos mismos balcones, obviamente, entran en los dormitorios los alaridos de muerte que suben desde los callejones del barrio marginal. Por esos balcones entran las lágrimas de las mujeres secuestradas y explotadas en los prostíbulos; por esos balcones entra el ruido del filo de las facas de los vendedores de droga cuando cortan el aire helado, cuando rompen la tela de la ropa.

Al terminar mis cigarrillos, abandonaba el Gran Hotel América y pisaba las calles para comprar comida y agua mineral. Las cantinas –mientras permanecen abiertas- siempre están llenas.

En sucias parrillas cocineros alienados queman pollos baratos, y –si uno escucha con cierta atención- es posible diferenciar el sonido de una botella llena de cerveza golpeando contra el mármol de la barra, y el sonido de una botella vacía golpeando contra el mismo mármol.

Los delincuentes suelen agruparse en las puertas de estas cantinas. Y, en la noche de Constitución, realmente ninguna persona contiene en su interior algún insulto que tenga ganas de escupir.

Si uno vive en estos territorios, debe saber que será insultado sin motivos al menos dos o tres veces por día: puede ser que para algún desempleado que está pasando hambre tu ropa sea demasiado bella, puede ser que algún ladrón te confunda con un policía, puede ser que algún policía te confunda–por tus tatuajes- con un ladrón.

La clave es no detenerse.

Si frenás, tenés que enfrentarte con golpes -y tal vez puñaladas- al menos dos o tres veces por día.

Y realmente no hay nada más denigrante que dormir en una comisaría tras una riña callejera, así que -cuando alguien insultaba- yo solía simular que no había escuchado, y seguía caminando lentamente rumbo al almacén.

Pese a la violencia social y a las impunes negociaciones de tratantes de personas y narcotraficantes que operan en la zona, realmente nunca temí al vivir en Constitución.

Las calles son iguales en todas las ciudades.

Simplemente, alcanza con saber cómo caminarlas.

En fin, durante la noche salía a comprar cigarros y a investigar.

Al llegar a la estación Constitución, la luna ya se había adueñado de las calles. Las mujeres de República Dominicana, con calzas rojas y negras, ofrecían sus cuerpos maltratados en las puertas de los locales adonde se venden celulares, ropa falsificada y golosinas por mayor.

En el aire flotaba un denso olor a muerte que invadía toda la calle Lima. Vendedores ambulantes –ya borrachos- perdían el tiempo mientras esperaban el último tren que los llevaría a la periferia.

En la esquina de O’Brien y Lima hay un local que vende cajas de cartón y resmas de hojas. En frente está el hotel Cosmos, de muchísima menor calidad que el inmundo hotel América.

En el hotel Cosmos se refugian los adictos ladrones de celulares cuando roban buenos teléfonos. Los gritos bajaban desde las ventanas.

Algunos drogadictos sin dientes entraban y salían del hotel; en sus manos llevaban las pipas para fumar crack.

Y yo iba por allí, mientras pensaba en mi destino.

Caminaba con calma.

Caminaba entre los puestos de venta ambulante que los africanos montan en las veredas.