condena

quise abrazarte con fuerza en

el río violento

de aquella pradera negra que separa

las montañas del valle de las sombras;

tenías tanto miedo que tapabas

tus ojos con ambas manos y

secaste con tu pulgar las lágrimas

nacidas de tu vientre;

muchos íbamos juntos,

pero ellos comenzaron a alejarse,

también por temor;

los demonios se aferraron a tus pies,

reclamaron tu cuerpo como

templo del diablo;

no quisieron dejarte ir

y lloré mientras los rayos en el cielo

indicaban que ya era tarde

y debía dejarte allí;

los indecisos no llegarán

y sufrirán castigo

escribió en mi cuello

un ángel;

en aquel campo inmenso

finalmente

estuvimos solos ante la verdad;

entonces grité

que no cedieras

que se veía un pueblo nuevo

más allá del dolor;

tus ojos oscuros

de guerrera venida de otra vida

perdían su calor;

de rodillas te pedí que no cedieras;

ambos sabíamos que

la naturaleza entera acudiría

en sanación

si realmente lo pedías con fe,

y te grité por tercera vez:

¡podés salvarte!;

gracias, respondiste;

bajo aquella lluvia de fuego

vi como te derrumbaste

cansada

ya herida de muerte;

volví sobre mis pasos

pero esta vez fue una flor

la que habló hacia la luna:

no quiere escuchar;

con fuerza te arrastraban

los engañados

hasta la cueva del infierno.

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