Dolor

Recuerdo lo que no se nombra con la difícil premisa de quebrar la disociación; quebrar lo único que -al fin y al cabo- me ha permitido sobrevivir durante las décadas que siguieron a ese día nefasto. Ahora, aparentemente, debo impregnar de afecto un tiempo ya podrido para estabilizar la gestación de los vínculos. No digo lo que debo decir, sino que enlazo las palabras que el viento trae; mi temple es como una aguja. No recuerdo exáctamente cuántas veces me mataron, pero sí se que los muertos vuelven, porque he vuelto. En los pasillos del dolor, lo primero que vi fue el amor deforme que engendra la violencia. Espectros de generaciones enteras sometidas en la insanía me recibieron en las puertas de la tortura. Y es lógico que tras la sorpresa y la excitación siguiera el odio; es posible odiar lo que no se nombra. El espíritu percibía el desastre. Sufría entonces, y también hoy, porque el conocimiento no revela nada con prisa. Fueron años sin muchos recuerdos claros más allá del miedo; sólo puedo ver una pared blanca de una casa del campo y la pared amarilla de un pasillo de la casa de la abuela. También la calle de tierra adonde aprendí a andar en bicicleta; la misma calle adonde fui obligado a sellar un pacto de silencio gutural. Y después de tanto mirarme en el espejo, puedo ver mis ojos en los ojos de los demás. Por eso, siempre digo que el destello de una luz -tal vez propia- ha quedado resguardado como un caballo de Troya entre las más tristes parcelas de mi amurallado inconsciente: el rigor del sufrimiento trajo consigo la percepción exaltada. Yo estuve muerto aunque digan que siempre estuve vivo; no digo lo que debo decir. Pero si no estuve muerto puedo matarme lenta o rápidamente para que vean cómo vuelvo. La última vez que recordé lo que no se nombra estuve llorando dos días; una noche y una tarde entera en la casa de Guadalupe y después -en mi casa- otra tarde y otra noche más. Por las mañanas, libro una batalla con la pulsión de muerte, cada día venzo y recién ahí intento reconstruirme para mantener la disciplina del que tolera. Perdí el control de mi mente poco tiempo después de nacer y es ese el motivo por el que mi habitación está desordenada. Tengo la sonrisa endeble como la memoria; y el silencio fuerte de mi alma que siempre perecerá en la tenacidad del trauma. La ausencia; nadie para protegerme en esa tarde celeste. Tengo el amor inequívoco e intuitivo de mis padres, que me permitió sanar. Amordazados en el vientre siento los golpes leves del tacto. Quién, sino yo, podría manejar con tanta soltura el filo de la demencia. Una historia que por amor no cuento, para no matar a los que aún no han muerto; mejor dicho: para no matar a los que -habiendo muerto- estan ya demasiado cansados de volver y volver. Así, nuevamente, no digo lo que pienso. Sea por odio o por amor, al final siempre callo.

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