Elecciones

En la casa están todos sentados alrededor de la televisión y escuchan las boludeces que los periodistas le preguntan a Pichetto. A mi tía le importa un carajo el programa de mierda de Fantino; se levanta del sillón, tira un par de puteadas por el aire -que está lleno de humo de cigarros- y dice de frente que está cansada, que se quiere morir. No es un eufemismo. Se quiere morir, de verdad. Y su marido, mi tío -el que me daba libros de Bukowski- la mira, pero no dice nada. Yo lo conozco demasiado y se que él también se quiere morir. Por eso fuma 50 cigarros cada día. No me gusta la idea de que ellos mueran, aunque los entiendo.

Cuarenta años atrás, mi tía salió haciendo dedo de un pueblo de Córdoba en el que ningún futuro esperaba por ella. Viajó y llegó a la universidad. Vivió durante cinco años en un monoambiente con otras seis personas. Se recibió de abogada. Tuvo mellizos y trabajó sin parar para darles de comer. Parió un hijo más. Nunca dejó de ser esa gringa hermosa que se pasa el materialismo por el culo y ayuda sin parar, compulsivamente, a todos los que le piden auxilio.

Ella puso la fuerza, y el hermano de mi vieja puso la claridad de los conocimientos ancestrales que los intelectuales cuidan. Juntos caminaron. Aún en las peores, llamaban para congregar a la familia; asados, navidades, siempre; con la crisis del menemismo mordiéndoles los tobillos, no dejaron que Nora, la Negra y Florencia cayeran en las garras de la indigencia; Laura y Enrique eran fuertes, pero la época se los llevó puestos y los hizo pelota a ellos también. Habían invertido todo en un negocio que no funcionó. Yo era un pibito pero me acuerdo del local vacío, las computadoras apagadas; mi tío lucía golpeado, renegaba, y estaba ahí; con la camisa a cuadros marca Ralph Lauren, agitando el último respiro de un proyecto insolvente, pero suyo al fin. Hasta que un día bajaron la persiana azul, y -acorralados- tuvieron que abrir un estudio jurídico en el garage de su propia casa, en la calle Güemes.

De ahí en adelante, sólo vivieron para largas jornadas de 12 horas, de domingo a domingo. La gringa Laura y Enrique -aún a la distancia y aún fundidos- cuidaron las espaldas de todos. Fueron los maestros que nos dieron literatura y enseñanzas para matar al miedo. Y hoy son ellos, mis tíos tan queridos, los que están agotados, sentados frente a la televisión; miran incrédulos como los cimientos del país tiemblan nuevamente; con sus ojos tristes, llenos de lágrimas; la tormenta más cruda sólo es un recuerdo vago; y aún así, mi tía -la invencible- dice que se quiere morir, porque está cansada. Dice que no aguanta más.

Fuma en el balcón. Yo la miro, y entiendo: no hay nada más revolucionario que la libertad de elegir una fecha y una hora para la propia muerte, aunque esto disguste inclusive a Dios. Es que únicamente somos dueños del honor de resistir abrazados por amor frente a un sistema cruel que busca destruirnos para esclavizarnos; un sistema adonde sólo nos asiste el alegre derecho de robar una rosa de algún jardín, por la noche, cuando regresamos caminando a tientas, en la oscuridad y sin dinero, hasta los barrios obreros.

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