Muerte

Buenos Aires Muerte


Él nombra como ‘utopía’ esa mentira eterna que lleva a las personas rumbo a un juramento perpetuo de no mentir jamás; y sucede que en ese juramento, mientras negamos la simpleza perceptible de la demencia infinita, olvidamos que el lenguaje es el único eufemismo con un filo peligroso.


Novela ficcional.

Primera publicación.

Julio de 2019. Argentina


Mira su piel, helada con el frío del invierno, y por fuera parece simplemente una piel. Pero él se obstina en ver una piel adonde vive la sutura incómoda de pensamientos recurrentes: el miedo. Y dijo algo de los sótanos pero nadie escuchó porque todos estaban drogados y borrachos. Y si él te dice sótanos, tenés que creerle que son sótanos oscuros, atravesados de lado a lado por puñaladas de baldío donde brotan sangre de oro y almas sabias destrozadas ardiendo, y ahí él encuentra las canciones y poesías escritas con los surcos de la punta de los cuchillos sobre las maderas de las puertas, como si encontrara un legado preciado solo para ojos capaces de besar las puertas de las salamancas que escondidas por las montañas llevan al infierno.


Dice: “La oscuridad no tiene forma, y desorienta al humano que se extravía ahí en los sótanos del centro; porque en realidad ese humano está extraviado en su deseo de orgías desconocidas, y ahí no hay palabras, sólo cuerpos y almas”.

Afuera, llueve en avenida Rivadavia y los vagabundos fuman con calma en los cajeros automáticos para no mojarse; y la tormenta deja sin luz a media ciudad y hay robos y homicidios.


Corre más de diez cuadras. Su atraco no salió como estaba planeado, pero al menos salió y ganó unos miles y corre y ríe como un loco y se imita mientras recuerda lo que acaba de suceder; “¡no me mirés porque te mato!”, repite en su mente, con tono burlón, y mira sobre el hombro hacia el punto más alejado de las esquinas que dejan atrás; mira que no venga la policía, y corre a través de un callejón y varios pasajes de adoquines desolados que él bien conoce.


Paranoia, municiones, efectos secundarios. Dormir en estaciones de trenes. Son las seis de la tarde en un hotel de Constitución; se pregunta qué falta aún por vivir y está enojado porque el baño de esa pensión tiene cucarachas y mugre en las paredes.


Un cuerpo bello y resistente que, después de tantos años de batallas en las noches, todavía calentaba a las flacas y también a los putos; una lengua capaz de engañar a una víbora y de envenenar con caricias a una curandera de los bosques. Sus ojos tristes, tan acostumbrados a la vida del pobre, la prisión de una lógica ilusa y alegórica que ahora mismo lo pone a mirar con admiración idiota las rejas del balcón del dormitorio del cuarto piso, ventanales lánguidos que dan al pulmón de un conventillo inmenso, los movimientos sigilosos de una centena de vecinos pobres que parecen nunca habitar en este barrio que se hunde dentro de las hendiduras rojas de la tristeza infernal; las palomas sucias, un ruidoso ventilador de pie que está destruído; los pisos y las viejas tablas de madera, como grises; algunas partes del edificio cayéndose a pedazos; en las paredes musgo verde y musgo negro; gritos de la avenida; él fuma en silencio y escucha las gotas de la canilla, el único sonido, y el eco en una bañera desgastada y rota. Con el torso desnudo, apoyado en el marco de madera, observa las rejas de los balcones: hierros prolijamente torcidos, sutiles formas de flores tejidas en el calor por un herrero ya muerto.


Sonríen calmos, enredados en las sábanas de la cama y la piba le besa la frente y dice: “no abras los ojos y no te muevas”. Entonces él mueve su mano torpe y apoya los dédos ásperos sobre los dientes blancos y gigantes de ella, que se ríe sana y sin parar. El viento insondable de una tormenta trae recuerdos; entonces él cierra los ojos y ve un mar inmenso que baja como cascada desde el cielo iluminado por un sol azul, un sol adonde se esconden todos los planetas, y las constelaciones puras, y algunos delfines sonríen mientras él sonríe.

Y en el horizonte ve un castillo construido
con vidrio de estrellas

y piedras de cuarzo.


Pierde la sabiduría de su mente en esas estocadas de puñales demasiado poderosos para una vana luna de aire; demasiado poderosos para esa condena imperceptible que se dibuja en los ojos de la cara de la mentira. Pierde el tiempo pero -al menos- juega con un manojo de viento y llaves de umbrales; puertas, túneles y sueños que respira por cadencias. Su alma escupe trizas en este pincel de cuarzos de agua marrón y arena robusta…un color sólo conocido por la piel de las estatuas que custodian las cúpulas de oro en ese lugar que no tiene lugar para los ojos de la cara de la mentira. Muerde ira en la corona que los ángeles han puesto sobre la dulce mente de la vida que vive; y besa al mundo entero en ese rincón de su mejilla donde fueron curadas las heridas de carne y sangre que dispara una vieja valentía ya vencida. Pierde la sabiduría de su mente en puñaladas de callejones que ostentan entre ladrillos viejos la pasividad de los enemigos peores: los invisibles, y una vana luna de aire que -si él de verdad quisiera – podría capturar con la mitad de un suspiro de los deseos que abandonó; como si realmente la piba fuera esa flor celeste que él vio crecer ayer en una vieja casa de San Telmo.


Sobreviviente del naufragio: las tempestades inconscientes; fuerzas poderosas velan por su alma en guerra santa y él llora por dentro y le avisa que la cocaína está en la mesa; ella viene caminando en tetas desde la cama, con sus rastas tersas, prolijamente ajustadas…sólo lleva puesta una bombacha que le queda grande, que se le cae un poco de costado desde la cintura, y hace frío en el hotel. Aspira dos rayas y lo besa y sin decir nada vuelve a la cama.


Mimbí tiene 22 años y le gusta fumar marihuana cuando está desnuda sobre el sillón. Sus brazos son fuertes y robustos porque trabaja como empleada de limpieza, doce horas, cada día. Llora por las noches, aunque no tenga motivos. Nació en la provincia de Misiones pero detesta hablar guaraní. Tiene varios novios, y un perro agresivo que la protege de la soledad del conventillo adonde vive.

-Este juego se gana sin enamorarse, Mimbí– le dijo una tarde.

-Sos un hijo de puta – dijo ella, que conocía a los narcotraficantes porque solía fumar crack y aspirar cocaína y perderse en limbos, y su madre que la visitaba solo los domingos se esforzaba por encaminarla y solía dejarle pequeños altares con imágenes católicas en la habitación adonde vivía la piba, en una pensión peruana ubicada sobre la calle Pedraza.


Mariposa es tan jóven que todavía teme a la posibilidad de que la muerte lo sorprenda en la espalda y por eso siempre se lo ve encolmillado en el olor fuerte de los desquiciados. Suena el teléfono y su compañero dice que quiere el fierro y él le dice que está bueno, que cuesta tres lucas. Así que se pone unos jeans negros de Bensimon y baja para Constitución con una remera blanca y las zapatillas Nike nuevas. Lleva el cargador con cinco municiones dentro del bolsillo derecho y la pistola en la cintura. Pasa sin saludar por la planta baja del hotel: hay un bar lleno de viejos torcidos y putas gordas y unos baños públicos atrás de la barra adonde las travas de la calle chupan pijas por 50 pesos.


En el tren lee la Biblia: “Porque del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella”.

“Los paganos ofrecen sus sacrificios a los demonios y no a Dios”.

“Todo está permitido, pero no todo es conveniente”


La venezolana le dijo que el Diavlo ronda y él anda preocupado; en la puerta del templo, se arrodilla y llora y toca una estatua de Cristo; la ciudad corre certera, helada, sin detenerse: y sólo algunos peatones observan esa prueba viviente de la fe de un pecador que deambula.


Dibujadas sobre su ropa lleva pinceladas de los sótanos; el aroma del perfume barato de la feria, y los cigarros y el dolor y el recuerdo de ver como ante diez ojos sedientos esos dos oficinistas se acariciaban con las camisas desabrochadas en un rincón del cine porno de la avenida Corrientes.


El diavlo ronda. Él lo sabe porque los sueños se tornan pesadillas negras: alma tenue vuela por el aire de la habitación y desde allí Mariposa puede ver su propio cuerpo, dormido; puede ver cómo, alrededor de la cama, giran invertidas las nueve estatuas de la Muerte; una vela blanca arde sobre el escritorio y expulsa a las legiones que chocan feroces en las sombras contra los postigos.


El pibe está jugado y viaja hasta los conventillos del Riachuelo para buscar unos kilos de droga. Salta del colectivo con un bolsito Jansport donde guarda varios miles de pesos y un fierro. Camina por la plaza entre los bancos de madera bajo el sol de las doce del mediodía. Un viejo carackero todo meado duerme en el parque y se tapa la cara con un cartón cuando escucha que alguien pasa; por un pasillo de la villa chifla un centinela, y dos cañoneros que lucen como si acabaran de salir de la cárcel -algo obvios y tercos- abren el paso a su jefe; y después aparece el paraguayo Jesús.

-¡Mariposa, vení, la concha de tu madre!- grita el traficante; así que él cruza trotando por Iriarte y esquiva un ómnibus repleto de obreros que acelera para salir de la villa.


Sueña durante tres noches consecutivas que distintas personas le muestran un lienzo pintado con óleos de color naranja. Fuma de su cigarro acostado en el piso, sobre el colchón del aguantadero, mientras espera un llamado. Y el diavlo mira.


Mariposa tiene un recuerdo triste de su niñez; son cuatro imágenes: el error que proviene de la acción del mal lo ha transformado en alguien calculador y peligroso; su pena mutó como óxido de epidemia, y corrosivamente ha calado por las grietas de los huesos hasta llegar a los ojos verdes, y ahora él no teme matar ni teme morir.


Desesperanza por la honda caída. Desesperanza por el vértigo efímero carente de sentido; y su garganta de verdugo endurece y en la nuca sus vértebras rígidas. Las víctimas están atadas en la cocina pero se niegan a decir dónde está el resto de la guita; así que Mariposa agarra por los pelos a una de las viejas chetas y comienza a pegarle en la cara con un fajo de veinte mil pesos, el único fajo que hallaron en la caja fuerte de esa lujosa mansión de Barrio Parque. Mientras tanto, el Tajo las amordaza artesanalmente, con calma: tiene un rollo de cinta industrial en la mano derecha, y con la izquierda sostiene un revólver .38 que sólo tiene dos balas dentro del tambor. Arriba, en el segundo piso, Mimbí busca dinero en los cajones de los armarios.

¡Acá no hay nada, Mariposa! ¡Te re chamuyaron! – grita la pendeja, frenética.

-¡Buscá bien, puta!


El pibe no quiere morirse pero igual se muere. Durante tantas horas pensó en volarse la cabeza, y luego durante tantas noches esperó que vinieran a fusilarlo, y se drogó tanto y con violencia cruel, y garchó y se cuidó tan poco, casi deseando contagiarse el bicho para morirse sólo en un hospital público; y al final, nada de todo eso ha sucedido. Ríe, y muestra a las almas tristes esos dientes perfectos…ríe mientras cuenta los billetes del botín que ha esparcido sobre una cama del hotel. Mimbí se ducha y canta y le habla pero él no responde y mira sin hablar la repetición de un partido de Boca en la televisión; toca los billetes: a su forma, aprende que los reyes de esos callejones del diavlo no aceptan allí a cualquier muerto, aunque sí aceptaran a cualquier vivo.

Y él no quiere morirse, pero igual se muere.


¿Más allá de hoy, todavía son sórdidos casi todos los caminos del sonido? Esquiva con irremediable afan las bendiciones de la huella del tigre que planea devorarlo. Los gritos de guitarras y otros instrumentos de cuerdas y flautas y trombones. Y qué pasa si los grillos y los sapos y las estrellas de la noche del campo desaparecen, si desaparecen más allá de hoy inclusive las madrigueritas angostas de barro húmedo adonde duermen las víboras verdes del Litoral que viajan por los interminables pastos.


Y finalmente –cuando él estaba a punto de dejarse caer– en una tarde cálida de julio la luz del talismán llegó viva en esos dos ojos verdes, inmensos, que cambian de color mientras las nubes bailan; Mariposa sabía, por aquellos sueños extraños, que ella estaba cerca. Pero no podía imaginar cuán cerca. Y solía mirar los cielos y escuchaba el canto de los pájaros y seguía la música pensando que –tal vez– el azar o el viento lo conducirían hasta la luz del talismán del alma de los ojos verdes inmensos. Y después de tanto dolor, después de ahogarse y nacer en un camino interminable y crudo, finalmente, durante una tarde cálida de julio, sucedió: ella caminó entre los monoblocks y miró al pibe y le dijo gracias, le dijo te quiero, y acarició las grietas del destino.


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