Sueños

Dos años, siete meses y una madrugada sin saber absolutamete nada sobre vos. Anoche soñé que estábamos sentados en un sillón rústico, conversando; en las paredes había siete u ocho costosas obras de arte: finos grabados, y lienzos prolijos, cubiertos por óleos de tonalidad ocre con detalles abstractos de líneas negras; las de mi sueño eran obras muy diferentes a esos cuadros -importados de China- que elegíamos en bazares para decorar el departamento. Siempre peléabamos, por los clavos, el martillo, el taladro, el lugar exacto. Fue un sueño, ya lo sé; pero por algún reflejo mágico siento que -en realidad- se trató de una visita. Nuestra.

En un momento de ese sueño, te levantaste del sillón y me pediste que te alcanzara un banquito de madera porque querías cambiar de lugar las nuevas obras de arte. Y me reí por el hecho de que, años después, siguiera vigente esa boludez tan tuya de reordenar los cuadros una y otra vez, cada día al despertar y cada noche antes de dormir. Te lo dije y vos también sonreiste.

Quise explicar; porque aunque ya no te ame -es más, aún te detesto- de todas formas necesitaba explicar. Pero con esa mirada de ángel sobreviviente y la sonrisa ladeada, como si ya supieras, me pediste silencio. Dijiste que sólo querías que nos metiéramos juntos en la ducha. Así que atravesamos -observados por una sombra extraña- el patio enorme de esa casa colonial que no conozco, y que tal vez no exista.

En el baño te sacaste la ropa y dejaste las toallas preparadas y una calza y un remera limpia sobre la tapa del inodoro, para después, porque hacía frío. Me saqué las Timberland, esas que todavía uso y que compraste para regalarme en julio de 2014; y estirarste la mano, como una invitación. Y el vapor y los azulejos blancos.

Volvimos al sillón y, mientras desfilabas burlonamente hasta la cocina -moviendo las piernas de forma grotesca-, me pediste que mire lo buena que estabas ahora, porque vas al gimnasio todos los días y tenés un mulo que te paga los caprichos sin quejarse, y eso hace que no te estreses por la guita y puedas tener la piel tersa, sin arrugas.

¿Te acordás que, antes de que decidiéramos mudarnos juntos, vos pasabas casi toda la semana en mi departamento de Recoleta? Y llorabas siempre porque no tenías un mango, porque el título de la facultad no te servía para nada, y porque estabas podrida de escuchar que tu viejo te mandara a laburar cada vez que se enojaba al verte -todavía- comiendo de sus costillas y viviendo en su casa. Te lo dije y, en el sueño, reiste otra vez.

Pero en ese instante tu gesto mutó, como si te congelara el temor de reconocer que nos aprestábamos a un viaje de recuerdos que podía volverse real. Aunque eso fuera imposible porque se trataba solo de un sueño. Igual dejaste de reír, con ganas de seguir riendo, como hacés cada vez que el mundo te gana y vos peleás para darle tu forma; una cruzada siempre noble, por la que te amé hasta cometer el pecado irreconciliable de olvidar mi propia alma.

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