El inadaptado – Capítulo 20

Cuando llegué, el italiano y la flaca llevaban varias horas invocando al demonio en una casa oxidada del barrio bonaerense de Caseros. Golpeé la puerta y esperé, observando el lugar: unos obreros en la parada de colectivos, algunas maestras salen de la escuela primaria de la esquina; pájaros que no imaginan la sangre humana en las jarras de vidrio. Tres velas negras ardían en una pequeña mesita del rincón de la habitación; junto a tres cartas con el número 13, cartas de diferentes esqueletos, que enmarcaban cinco frascos con agua salada del Mar Mediterráneo y del Océano Pacífico.

“Vas a seguir limpio…de acá no te vas a llevar nada que no hayas traído junto a tu alma, junto a tu cuerpo”, dijo la flaca, que se abalanzó en busca de mi cuello apenas entré: intentaba lamer con su lengua larga el rosario blanco y los amuletos de plata que yo tenía colgados. Apenas toqué su pecho, para alejarla algunos centímetros,  sentí la piel ardiente; y ella retrocedió con la tibieza del olor de una brasa húmeda que acaba de perder incandescencia. El italiano la agarró por la cintura y acarició su pelo corto, guiándola en dirección hasta el rincón del altar, y la flaca posó su mano derecha en la cabeza de una estatua de yeso del Gaucho Gil; luego, aquella mujer desgarbada comenzó a rezar palabras inentendibles.

Nunca me gustaron los rituales podridos de los paganos. Pero los edificios grises, la idolatría, el dinero, y la carne débil me condujeron una y otra vez hasta esa vereda sombría donde apenas podía sostenerse un sauce beato y verde. En ese preciso momento, como cualquier ignorante que camina a través del desierto, me resultaba imposible acariciar el suave conocimiento pleno del poder del bien y del mal; acariciar el dolor de color sabio inscrito por el cielo -con su lluvia- en la lengua de los guerreros que deben conocer la hondura del precipicio de agujas.

Pude verme con pasos ingrávidos, sollozando el crujido de las maderas de aquel caserón; en el derrotero de los benditos buscaba protección sombría como quien escupe la mano pulcra, extendida, de una madre bella y celeste. Así que el italiano se fue para la cocina; y me senté en un banco, al borde de una mesa de madera agrietada, cara a cara con la flaca: una mujer también agrietada, treinta y cuatro años, parió una hija hermosa hace tiempo, y todavía conserva dos ojos brillantes en el fondo del camino que lleva a las puertas de final del infierno. Porque el comienzo del infierno es, en realidad, este prado de fuego que nos toca habitar.

“El dios de este mundo ha cegado la mente de los incrédulos, para que no vean la luz”.

La flaca funciona como enlace y habla poco, sólo cuando es necesario. Quienes llegan hasta ese oráculo del arrabal, se supone, poseen previamente la capacidad de la interpretación y  la adivinación. Así que en silencio ella movió un mazo de cartas y tiró nueve figuras sobre la mesa.

Mis ángeles, fieles gladiadores que cuidan a la oveja extraviada. Mezcló de nuevo y tiró el futuro de los pensamientos vanos. Las voces hablan y la biblia latiga. En la tormenta que sacude las calles se riega la sangre de mi guerra interna y yo juro escapar de las puertas del infierno para nunca más volver.

“Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo”.

Imploro perdón mientras camino extraviado por el conurbano. Despierto de aquel sueño algunas horas más tarde, llorando en una iglesia que no conozco. A pesar de los errores, tengo la certeza de que Dios no me abandonó.

“Pues al que tiene, se le dará más todavía. Y tendrá de sobra. Pero al que no tiene, se le quitará”.

 

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