El inadaptado – Capítulo 19

Sucedió hace varios años, pero aún recuerdo todo.

Tres peruanos fuman crack en la puerta de la casilla. El calor húmedo suda en las paredes de ladrillos huecos sin revocar de la Villa 31. Olor rancio. Cloacas. Gritos en pasadizos lejanos. Pasos en escaleras de metal y obreros que cargan madera. Un barrio.

El muchacho que tiene la pistola en su cintura se acerca intempestivamente y me pregunta qué mierda estoy mirando. Sangre excitada dibuja los contornos gruesos de las venas de su cuello. “Te pregunté qué mierda estás mirando, hijo de puta”.

—Nada. Estoy esperando a un amigo. 

—¿Qué amigo, ni amigo? Si no vas a comprar nada, tomate el palo. 

—Dame dos bolsas de 100 pesos. 

—De cien no hay. Tengo de 200.

—Una de 200 — digo, y el peruano manosea el fierro antes de meter su mano en el bolsillo derecho del desgastado pantalón Adidas.  Puedo observar que tiene costras en las manos, y -en los antebrazos- viejos cortes carcelarios, que los refugiados se autoinflingen en la prisión para ser derivados a pabellones de conducta.

—¡Este es policía! — grita uno de los pibes que -algunos metros más atrás- fuma contra una pared, sin la remera. En su pecho un tatuaje que dice ‘madre’. Grita y carga su pipa con otra dosis, con tranquilidad irascible, como si su acusación fuera gratuita e inofensiva.

—¿Sos policía, la concha de tu madre?— me pregunta el de la pistola.

—Policía serás vos, negro— respondo, mientras choco con fuerza su hombro contra mi hombro, y lo empujo para salir de esa casilla precaria que no tiene ni puertas ni límites,  sólo una reja que -como fina línea- marca la lejana distancia entre el dolor de la muerte y los dueños de la muerte.

Camino lento pero con prisa y, veinte metros al norte, un pequeño grupo de ocho policías se desplaza patrullando entre los charcos de barro. Avanzan en pasos seguros. Saben adónde van.

“¡Viene la gorra, viene la gorra!”, grita alguien a mis espaldas.

“¡Te dije que era policía!”, contesta otro. Y yo -sin mirar atrás- temo recibir un tiro a traición. Persigo la luz del extremo del pasillo como un enfermo que persigue gotas de vida. Respiro al escuchar la cumbia que suena en un restaurante peruano del acceso principal al barrio: lloro por quererte / por amarte, por besarte / nunca, pero nunca / me abandones, cariñito. 

***

En la cámara oculta ha quedado grabada esta transacción que, junto con otras diez, probará la existencia de diferentes focos de venta de drogas -en Capital Federal- adonde los narcotraficantes distribuyen cocaína, marihuana y paco con connivencia policial.

Al día siguiente, cerca de las 11 de la mañana, yo preparaba una sopa en la cocina de Inés cuando escuché mi propia voz en la televisión del living: las imágenes ya circulaban por todos los hogares del país; así que apagué la hornalla y saqué la Bersa, que estaba debajo de la cama.

Cargué una munición y dejé la pistola sobre la mesada, apoyada entre una botella de aceite de oliva y una calabaza en rodajas que había comprado horas antes en un supermercado chino de Belgrano.

—¿Y si en vez de tomar sopa vamos a comer en Tea Connection? — preguntó Inés.

—Bueno, dale. Pero, primero, hagamos el amor — respondí

—No, primero vamos a almorzar. 

—Bueno. Vamos. 

—¿Por qué llevás el fierro al restaurante?

—Menos averigua Dios, y más perdona. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s