El inadaptado – Capítulo 18

Inés duerme con una tanga roja clavada entre las dos piernas -gordas y un poco feas-, y yo la observo apoyado en la puerta de madera de la habitación. Las persianas casi bajas, los halos finos de luz que pegan sobre el dorso derecho de su cuerpo semidesnudo, el viento mueve el vidrio y agita los postigos flojos que prometí arreglar pero que nunca toqué. Ella está ahí, tirada, sueña.

La oscuridad del departamento me envuelve mientras limpio, con la baqueta, el cañón de mi pistola.  Luego -aún de pie en la puerta del dormitorio- guardo el fierro frío entre mi espalda y el pantalón. Camino hasta la mesa de la cocina. Allí, junto a la computadora, dejé preparadas mis cámaras: una Nikon inmensa, y varios dispositivos de filmación que están disimulados en relojes, lapiceras, botones.

Elijo el reloj; percibo que el viento duplica su intensidad y afuera una tormenta azul amenaza con golpear los corazones de Capital Federal que deambulan entre edificios, autos, muertes. Intuyo que ese día puede ser el último día. Pero ignoro mi presentimiento y regreso a la puerta del dormitorio. Inés sigue ahí, con la tanga clavada. Me acerco a la cama. Duerme hace diez horas con la boca babeada y puedo sentir su aliento fétido por el vino blanco y los mariscos. Un beso en la frente. Y dos cachetazos en ese culo enorme. Parece que reacciona, pero no.

—Te amo— balbucea. Y yo salgo a las calles para cerrar una investigación periodística que, horas mas tarde, sería replicada en los principales medios televisivos y digitales del país.


 

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