El inadaptado – Capítulo 13

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Anotaciones personales
Investigaciones periodísticas
Parte 2: Constitución, Buenos Aires
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Las noches en el Gran Hotel América son silenciosas. Cuando el sol muere como un hombre degollado sobre el cemento de Plaza Constitución, los largos y laberínticos pasillos de este hotel sólo permiten escuchar la respiración de las inmundas palomas. Mientras bajaba las escaleras, jamás me crucé con alguno de los huéspedes.

En cada piso hay enormes y oscuras salas comunes con balcones que permiten observar claramente la avenida Bernardo de Irigoyen, la comisaría del barrio, y la enorme estación de trenes. Aunque nadie puede confirmarlo, probablemente ese hotel haya sido construido durante los primeros años del siglo pasado. Lo que sí puedo confirmar es que los muebles son los mismos que los viajeros utilizaban en aquellos días de su inauguración.

Por 16 dólares –que hasta el humano más estúpido puede conseguir si permanece 15 horas en las calles- los dueños del hotel ofrecen inmensas habitaciones con dos camas, dos mesas, dos armarios, ventilador, espejo, sábanas limpias, cuatro almohadas y un lavamanos junto a la ventana. A través de los vidrios, es posible observar un inmenso jardín interno, un hueco gigantesco de ropa colgada y balcones destruidos. Sin embargo, estos dormitorios –los más baratos- son tan antiguos que no tienen baño. Por eso, en los pisos superiores hay viejos baños compartidos. En el inodoro y en la ducha las cucarachas deambulan extraviadas.

Por 30 dólares –que nunca pagaría para vivir en ese hotel hediondo, pero que el humano más estúpido puede conseguir si permanece 15 horas en las calles- los dueños del lugar ofrecen pequeños departamentos de dos ambientes con televisión, duchas limpias y una vista más agradable.

Yo solía prender la radio y, luego apilaba los colchones de las dos camas. Lo mismo con las almohadas. Sacaba todas las sábanas para corroborar que no hubiera ningún insecto escondido, y después volvía a tenderlas prolijamente. Finalmente, caminaba hasta el escritorio, tomaba el paquete de Marlboro y encendía un cigarro. Lanzaba el encendedor sobre la mesa, y me recostaba para fumar mientras escuchaba música.

Cuando terminaba la canción, o el cigarrillo, volvía a repetir esa cadena de acciones. Una y otra vez, durante horas.

Permanecía encerrado todo el día. Leía y escribía.

Por la noche, investigaba a los narcotraficantes peruanos que operan en el barrio. 

Solía mirar el teléfono del siglo pasado que había en la habitación del hotel, y reía como un loco durante varios minutos al pensar qué tan hijos de puta deberían ser los dueños de ese antro que, casi cien años después de la inauguración, no habían comprado teléfonos nuevos, o camas nuevas, o algo nuevo.

Los pisos de las habitaciones fueron construidos con madera de caros pinos. Crujen y lloran durante las horas en las que todos duermen. Las persianas son de pesado y oxidado metal. Me daba asco tocarlas para abrirlas porque había decenas de asquerosas palomas viviendo en los pequeños balcones de cada habitación. Por esos mismos balcones, obviamente, entran en los dormitorios los alaridos de muerte que suben desde los callejones del barrio marginal. Por esos balcones entran las lágrimas de las mujeres secuestradas y explotadas en los prostíbulos; por esos balcones entra el ruido del filo de las facas de los vendedores de droga cuando cortan el aire helado, cuando rompen la tela de la ropa.

Al terminar mis cigarrillos, abandonaba el Gran Hotel América y pisaba las calles para comprar comida y agua mineral. Las cantinas –mientras permanecen abiertas- siempre están llenas.

En sucias parrillas cocineros alienados queman pollos baratos, y –si uno escucha con cierta atención- es posible diferenciar el sonido de una botella llena de cerveza golpeando contra el mármol de la barra, y el sonido de una botella vacía golpeando contra el mismo mármol.

Los delincuentes suelen agruparse en las puertas de estas cantinas. Y, en la noche de Constitución, realmente ninguna persona contiene en su interior algún insulto que tenga ganas de escupir.

Si uno vive en estos territorios, debe saber que será insultado sin motivos al menos dos o tres veces por día: puede ser que para algún desempleado que está pasando hambre tu ropa sea demasiado bella, puede ser que algún ladrón te confunda con un policía, puede ser que algún policía te confunda–por tus tatuajes- con un ladrón.

La clave es no detenerse.

Si frenás, tenés que enfrentarte con golpes -y tal vez puñaladas- al menos dos o tres veces por día.

Y realmente no hay nada más denigrante que dormir en una comisaría tras una riña callejera, así que -cuando alguien insultaba- yo solía simular que no había escuchado, y seguía caminando lentamente rumbo al almacén.

Pese a la violencia social y a las impunes negociaciones de tratantes de personas y narcotraficantes que operan en la zona, realmente nunca temí al vivir en Constitución.

Las calles son iguales en todas las ciudades.

Simplemente, alcanza con saber cómo caminarlas.

En fin, durante la noche salía a comprar cigarros y a investigar.

Al llegar a la estación Constitución, la luna ya se había adueñado de las calles. Las mujeres de República Dominicana, con calzas rojas y negras, ofrecían sus cuerpos maltratados en las puertas de los locales adonde se venden celulares, ropa falsificada y golosinas por mayor.

En el aire flotaba un denso olor a muerte que invadía toda la calle Lima. Vendedores ambulantes –ya borrachos- perdían el tiempo mientras esperaban el último tren que los llevaría a la periferia.

En la esquina de O’Brien y Lima hay un local que vende cajas de cartón y resmas de hojas. En frente está el hotel Cosmos, de muchísima menor calidad que el inmundo hotel América.

En el hotel Cosmos se refugian los adictos ladrones de celulares cuando roban buenos teléfonos. Los gritos bajaban desde las ventanas.

Algunos drogadictos sin dientes entraban y salían del hotel; en sus manos llevaban las pipas para fumar crack.

Y yo iba por allí, mientras pensaba en mi destino.

Caminaba con calma.

Caminaba entre los puestos de venta ambulante que los africanos montan en las veredas.


 

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