El inadaptado – Capítulo 9

Mayo de 2018.

Después de escribir y publicar decenas de investigaciones, yo sé que hay una lista.

También sé que mi nombre figura en la lista.

Sin embargo, no sé qué otros nombres están escritos allí, ni quienes han confeccionado ese espurio registro.

Hace tres semanas, una persona que fuma cigarrillos con sabor a menta -marca Melbourne- se acercó durante la noche a mi motocicleta.

Sus pasos fueron sigilosos.

Desde la húmeda vereda –amparado por la sombra de un enorme edificio industrial- observó la ventana del departamento adonde vivo. También se detuvo con sus ojos en la ventana del departamento adonde vive mi padre.

Luego, este hombre  decidió apoyar la espalda en una reja herrumbrosa y metió ambas manos en los bolsillos de su campera negra.

Dentro del bolsillo, con los dedos lánguidos de la mano derecha, abrió una navaja corta pero filosa.

Sin girar la cabeza –más por obsesión que por instinto- volvió a chequear que las cámaras de seguridad de la fábrica estuvieran a sus espaldas.

Acomodó el gorrito de lana que cubría su pelo y parte de su frente; se arrodilló junto a la motocicleta y cortó uno de los cables que comenzaba en la rueda y terminaba en el tablero electrónico.

No dejó en el lugar pedazos de plástico ni trozos deshilachados de cobre.

El corte fue vertical, desde arriba hacia abajo. Por las huellas del filo en el cable fue posible inferir que este hombre recibió órdenes con poca anticipación y actuó sin las herramientas necesarias.

Tampoco tenía conocimientos previos sobre motocicletas chinas: sin saberlo, cortó el cable del cuentakilómetros en vez de cortar el freno.

Volvió a mirar las ventanas de los departamentos. Y dos gotas de sudor recorrieron sus mejillas. Temía ser asesinado.

Cuando corroboró que las luces de ambos departamentos seguían apagadas, se incorporó lentamente.

Encendió otro Melbourne. Lo fumó calada tras calada, sin levantar la vista, a un metro de la motocicleta.

Arrojó la colilla en el cantero de un árbol. Y, parado, se apoyó nuevamente contra la reja.

Sacó una pequeña botella de su bolsillo izquierdo.

Prolijamente, sin realizar movimientos bruscos y sin dejar un charco que lo delatara, vertió el líquido sobre toda la rueda trasera del Zanella 200cc.

Guardó la botella vacía en su bolsillo, y se retiró caminando lentamente en dirección a la avenida Congreso de Tucumán. Y encendió el último Melbourne.


 

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