El inadaptado – Capítulo 7

Laura es una mujer realmente hermosa.

Cuando la vi pasar a través de la puerta el primer día en la universidad de periodismo, prometí que al menos intentaría compartir con ella un café para poder conocerla e intercambiar los aprendizajes que traíamos, cada uno, desde nuestros barrios de la periferia y la infancia.

Primero dijo que no. Pero luego volvió sin que yo la llamara para decir que sí.

Una cerveza. Diez cervezas. Varias citas hasta que quiso besarme.

Un año de sexo y muchísimas botellas y cigarros a través de toda el área metropolitana de Buenos Aíres.

Dos viajes de expedición a las montañas. Miles de tragos de vodka al costado de las rutas de Córdoba, Salta, y Jujuy.

Sin embargo, un día huyó con su vecino. No volvimos a besarnos nunca más. Y los trabajos en la revista estatal y en el programa de radio se volvían monótonos sin Laura en la mente.

Durante 2008, mis compañeros en las oficinas de aquel Ministerio aspiraban cocaína sin parar todos los días y comenzaba a preocuparme el hecho de que yo podía terminar como ellos si permitía que aquel trabajo limara cualquier deseo de superación personal.

Las tareas que tenía asignadas en aquella revista mensual eran relativamente fáciles: repasar en búsqueda de errores los textos de algunos tristes escritores, y avisar a cualquiera de los cuatro editores ante la aparición de palabras inexactas o mal escritas.  Además, debía supervisar al otro corrector para que no aspirara demasiada cocaína y se volviera loco en las oficinas.

Luego, el editor aprobaba el producto y la publicación iba rumbo a imprenta. En el día 5 de cada mes, salíamos en una camioneta con el corrector cocainómano y un chofer estatal sin dientes a repartir puerta por puerta las suscripciones.

-¿Qué querés hacer con la plata que ganás acá? – le pregunté al corrector cocainómano.

-Comprar una casa rodante y hacer una gira con mi banda de rock – dijo.

-Es un gran plan – respondí, pensando que yo también podría comprar una casa rodante algún día.

-Sí, realmente sí – dijo él.

-¿Cuándo tocan con la banda? – pregunté.

-Mañana en un antro de Congreso.

-Tal vez vaya. Estoy saliendo con una profesora de literatura.

-¿Qué pasó con Laura?

– Se fue.


Durante los últimos días de 2008 decidí -por principios ideológicos- renunciar a mi nombramiento en la revista estatal: no quería trabajar para un Gobierno que a simple vista lucía corrupto.

El trabajo en la radio me resultaba demasiado aburrido y también renuncié. Fue así que, finalmente, dediqué mis días a escribir crónicas e investigaciones.

Comencé con artículos sobre desalojos ilegales y anarquistas detenidos por la policía.

Pero, con el tiempo, me transformé en un periodista especializado en delitos federales.

No me atrevo a decir que soy uno de los mejores escritores argentinos. Pero sí puedo afirmar que soy el mejor de mi generación.

Por eso, en este libro contaré cómo el periodismo de investigación transformó mi vida radicalmente, al acercarme conocimientos realmente inesperados y sumamente importantes para comprender cómo funciona la sociedad argentina.


 

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