El inadaptado – Capítulo 6

Año 2008.

El primer día, en la fila de la facultad de periodismo fumamos veinte cigarros con un muchacho tatuado. Nunca nos habíamos visto, pero comenzamos a dialogar casi instantáneamente.

Supe de forma rápida que él también tenía un destino marcado.

Cambiamos teléfonos y nos reunimos a tomar cerveza durante varios meses.

Un día, dejé de verlo.

Años más tarde, ese joven que aquel día finalmente se anotó en un horario diferente para cursar, escribiría dos libros, saldría en todos los canales de televisión por sus documentales y recibiría premios en Estados Unidos.

Lo mejor de esa universidad –sin dudas- eran las mujeres. Bellas, inteligentes y conscientes de su poder.

Yo tenía 17 años pero Laura acababa de cumplir 18 cuando hicimos el amor por primera vez. Al poco tiempo, nos mudamos a su hogar en el partido bonaerense de Morón.

Era una propiedad humilde de paredes caídas, pero demasiado grande, con una pileta y cuatro perros. Calles de tierra y reuniones de delincuentes en la esquina, que pintada con  leyendas turbias anunciaba las puertas del infierno.

Todos conocían a Enrique y Viviana –trabajadores honestos y padres de Laura- así que los ladrones del barrio no eran un problema y yo viajaba hasta Palermo y Microcentro a las seis de la mañana, para trabajar en una revista estatal de poca monta y en un programa de radio.

Laura iba a la universidad y tenía algunas changas por Capital Federal. Durante la semana regresábamos juntos al barrio, en los últimos trenes de la noche del Ferrocarril Sarmiento.

Irremediablemente, siempre volvía a la casa de Laura.

En el tren rumbo a Morón, solía leer la Biblia. “Que nadie busque su propio interés, sino el de los demás. Coman de todo lo que se vende en el mercado, sin hacer averiguaciones por escrúpulos de conciencia. Porque del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella. Si un pagano los invita a comer y ustedes aceptan, coman de todo aquello que les sirva, sin preguntar nada por motivos de conciencia”.

“Los paganos ofrecen sus sacrificios a los demonios y no a Dios”.

“Todo está permitido, pero no todo es conveniente”. 

En los furgones del ferrocarril, personas con armas de fuego fumaban sustancias venenosas; ver cuchillos, cocaína y otras drogas resultaba totalmente normal. El incesante ruido del golpeteo de las ruedas y los rieles. El silencio crudo de los trabajadores dinamitados tras jornadas extensas y destructivas. Los ojos tímidos de la periferia que sueñan progreso mientras viajan en esos asientos incómodos. Y Laura movió sus labios lentamenta.

-¿Cómo están tus viejos?

-Peleando.

-Pensé que estaban mejor.

-No.

-¿Tu viejo fue a trabajar al correo esta mañana?

-Sí. También vendió algunos libros.

-¿Y Claudia?

-Bien. ¿Escribiste el trabajo de la universidad?

-No. ¿Vos?

-No.

-Que frío que hace, la puta madre. 

-¿Conseguiste la marihuana? – pregunto Laura.

-No – respondí.

Ella estaba despeinada pero inmutable. Recuerdo esas pecas difuminadas sobre la piel suave, piel sobreviviente de los pantanos. Atrás de sus finos cabellos cortos, que llegaban hasta los hombros flacos, yo podía ver por la ventana sin vidrios el barrio de Haedo.

-Comprá con ese transa que está vendiendo en el furgón – ordenó Laura.

-No le voy a comprar nada a ese negro de mierda. 

-¿No querés fumar?

-No, Laura. No le voy a comprar nada a ese negro de mierda.

 


 

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