El inadaptado – Capítulo 5

Al igual que mi abuelo y mi padre, al cumplir 12 años ingresé en el Ejército Argentino. Los cuarteles del Liceo Militar General San Martín, ubicados en el conurbano bonaerense, eran inmensos ante las decenas de adolescentes que llegamos a la Segunda Compañía de Cadetes de Infantería.

No todos estábamos allí para realizar la carrera de oficiales íntegra y completamente. Sino que muchos padres de la baja periferia lograban becas para encerrar  a sus hijos rebeldes –casi delincuentes- en esta institución prestigiosa, y así salvarles la vida.

Los sábados por la tarde, luego de las prácticas que incluían simulacros de emboscadas y tiro con ametralladora, salíamos de franco por la puerta 1 del cuartel. Aún con el uniforme puesto, yo compraba un paquete de cigarrillos y luego me dirigía a la casa de un compañero llamado Emanuel.

Su padre ya era el líder de una mafia y por aquellos días ese viejo gordo, dueño de una empresa, manejaba dos autos BMW, y se desplazaba por todo Buenos Aires con dos Glock calibre 40 que ya habían matado a varios.

Cerca de las 8 de la noche comprábamos junto a Emanuel alguna bebida con alcohol y nos dirigíamos a las bailantas. Nuestro carnet militar, que en realidad era una precaria tarjeta de escuela secundaria, habilitaba ciertos beneficios. Así comencé mi adolescencia entre mujeres con calzas apretadas, bebidas peligrosas servidas en vasos de plástico y besos furtivos de rincones.

Durante dos años recibí la instrucción básica de un soldado argentino: desplazamientos nocturnos en el monte, desarrollo de golpes de mano contra campamentos enemigos, supervivencia en situaciones hostiles, lectura y dibujo de cartografía, utilización de brújula, lanzamiento de granadas manuales y mecánicas, aptitud para el disparo con pistola y FAL.

Las historias de los cadetes con los que compartía las barracas eran realmente terribles y necesitaría tres libros para poder contarlas prolijamente.

Al salir de los cuarteles, algunos terminaron en la policía, otros siguieron su carrera militar. Oscar murió en un accidente de tránsito. Y los más osados se atrevieron en el delito.

Básicamente, todos sabían cómo matar a muchas personas de forma rápida y eficiente. Teníamos 15 años cuando yo pedí la baja. Entonces, ingresé en una escuela religiosa donde –por primera vez- comencé a escribir algunos poemas, motivado por ciertos libros que recomendó una profesora de literatura.

Y en las calles, las vidas eran igual que en el cuartel.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s