El inadaptado – Capítulo 4

En la terraza de los monoblocks, unos alambres rudimentarios impiden al viento llevarse todas las prendas de vestir que alguna vecina dejó aquí para que se sequen.

La sal del mar se impregna en mis labios y subo por una escalera vieja hasta el tanque de agua. Para no caer, agarro con fuerza un caño oxidado.

Y observo el océano. Las olas rugen.

El barrio luce tranquilo.

Pienso que, mientras los otros niños de once años juegan en su casa a los video-juegos, yo estoy aquí sólo, contemplando la inmensidad.

Algunos peatones envueltos en enormes camperas atraviesan la plaza San Martín.

Puedo percibir las palabras de la bravura mortal que porta esa porción interminable de agua.

La bruma oscila ante mis ojos.

El sol no aparece hace cuatro días.

Y -mientras degusto con calma el horizonte- en el fondo del corazón siento la certeza irrefutable de que Dios tiene reservado para mí un plan demasiado importante.

 

1 comentario en “El inadaptado – Capítulo 4”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s