El inadaptado – Capítulo 3

En la escuela primaria reportaban permanentemente que yo tenía problemas de adaptación y graves muestras de intolerancia con los compañeros del aula.

Mientras tanto, mi padre y mi tío ya habían detectado algunas habilidades expresivas, por lo que comenzaron a sugerir que incursione  en el desarrollo de diferentes herramientas culturales.

Así que mi padre me dio libros de filosofía militar e historia argentina, mientras que mi tío decidió darme El último mohicano de James Cooper, y otra novela (policial) cuyo título no recuerdo. Mi madre, al mismo tiempo, insistía en el aprendizaje de las reglas gramaticales. Finalmente, por mi parte compré Dion Moloch de Henry Miller. Costó tres pesos argentinos, en una mesa de ofertas durante unas vacaciones.

Además, fui obligado a estudiar las escrituras bíblicas. Cada día. Desde los cinco años hasta los doce, sin interrupciones.

Siempre agradeceré estos gestos, que no solo amplificaron el poder de un cerebro joven, sino que además abrieron mis capacidades espirituales en un momento clave.

Fue así que recé y recé. Fue así que entendí aunque sea un pequeño fragmento de la misión que yo tenía en este mundo violento y podrido. Con tan sólo 11 años, me integré por primera vez a una campaña de alfabetización en barrios marginales. ´

Los recuerdos son tan claros que parece que estuviera viendo las imágenes ahora, en el presente.

El frío penetraba los abrigos y la piel.

Nosotros caminamos por un estrecho sendero entre el barro que la tormenta acaba de empujar por la ladera del cerro. En ambas manos tengo bolsas con alimentos.

Somos diez personas y avanzamos en fila por el estrecho camino.

Luego, llegamos a una precaria vivienda de chapas.

Al ingresar, notamos que el barro ha caído desde la cima de la montaña con tanta fuerza que las paredes están inclinadas y que la casilla podría derrumbarse en cualquier momento.

Sin embargo, los habitantes de esa humilde casita nos ceban mate con calma. Tienen tortillas ardientes sobre la mesa.

Con una sonrisa inmensa, agradecen que hayamos llegado hasta allí.

Sus hijos–que tienen seis y siete años- sacan los cuadernos de mochilas agujereadas.

Yo me siento junto a ellos en un sillón, y comienzo a explicarles cómo leer y cómo escribir.

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