Opinión

Los invisibles y las democracias

“No ser representado es, en efecto, ser un invisible en la esfera pública; que los problemas de su vida no sean tenidos en cuenta y discutidos” – Pierre Rosanvallon.


Por Belisario Sangiorgio

Los humanos invisibles de las democracias constituyen grupos enormes, grupos móviles, cambiantes, que nacen y se disuelven en el tenso fragor de las pujas electorales; los humanos invisibles de las democracias constituyen ghettos que pueden ser físicos pero también ideológicos, y que –aún atravesados en su heterogeneidad interna por el sufragio universal- ocupan en este mundo rincones macabros adonde la luz de la libertad no llega completa ni para encender la participación social cotidiana, ni para emancipar a nadie, ni para guiar decisiones ciudadanas orientadas al desarrollo individual, al desarrollo colectivo o –mucho menos- a la superación intelectual.

Sobre las garantías –o la falta de garantías- que la democracia ofrece (como régimen político, como sistema, como realidad humana) a la población en general, y a los invisibles en particular,  Raymond Aron explica en su texto Introducción a la filosofía política: “El sistema de competición electoral no implica la seguridad de las personas, es decir: que la participación en la competición electoral no entraña necesariamente el respeto por los derechos personales del conjunto de la sociedad”. La democracia y una total desigualdad social pueden –según Araon- coexistir normalmente.

Al explicar por qué actualmente las elecciones poseen una capacidad notablemente disminuida de representación, Pierre Rosanvallon escribió: “El individuo-historia, necesariamente singular, se ha superpuesto así al individuo-condición, más bien identificado de manera estable con un grupo constituido en torno de una característica central. […] No es tanto la designación de un representante lo que se vuelve necesario en este caso, sino la consideración de las experiencias y las situaciones vividas […] Una sociedad con déficit de representación de sí misma oscila, en efecto, entre la pasividad y el miedo”.

Hablamos aquí –ni más ni menos- sobre las frustraciones y muertes que encuentran sus causas en las democracias inacabadas, que encuentran sus causas en la “entropía democrática”, en la ausencia de ciudadanía, en la falta de deliberación pública, en la falta de control sobre los representantes: hablamos de los invisibles, de los cadáveres del odio en Rusia, también de las municiones paramilitares en las cabezas de los opositores venezolanos y nicaragüenses; hablamos de los religiosos que son segregados y se convierten en terroristas religiosos en Europa y Estados Unidos, hablamos de las víctimas de estos terroristas; aquí hablamos de los cadáveres que cuelgan de los puentes del narcoestado mexicano y de los sicarios políticos de los cárteles; hablamos aquí –en definitiva- de los invisibles y sus inacabadas existencias.

Rosanvallon, al analizar los defectos de la democracia de autorización, escribió: “Para los ciudadanos, la falta de democracia significa no ser escuchados, ver que las decisiones se toman sin consulta, que los ministros no cumplen responsabilidades, que los dirigentes mienten con impunidad, o constatar que la corrupción abunda. […] En la época del predominio del Poder Ejecutivo, la clave de la democracia reside en las condiciones de control de este último por parte de la sociedad”. Según Rosanvallon, la construcción de una democracia de confianza y de una democracia de apropiación son las dos claves del progreso democrático en nuestra época, la presidencial-gobernante. Sin embargo, destaca que los principios regentes en ambas –es decir, principios de buen gobierno- deben ser aplicados por todas las personas comprendidas en esa línea imaginaria que une al primero con el último ciudadano.

Así, el texto Las democracias del Siglo XXI nos indica que  llegaremos a la participación real de los invisibles tras una nueva revolución que nos posicione en una democracia poselectoral, adonde se instauren –entre otros principios- la integridad y la parresía: “Nuestros regímenes pueden llamarse democráticos, pero aún así no somos gobernados democráticamente. Este es el gran hiato que alimenta el desencanto y el desconcierto contemporáneos”.

Actualmente, según Rosanvallon, la palabra mayoría carece del valor simbólico que poseía, y la palabra pueblo es el plural de minoría, entendiendo al pueblo ya no como una masa homogénea sino como “una suma de situaciones específicas”. Y las situaciones específicas de los invisibles son aquellas que las fallas de la representación y de la legitimación de poderes de la democracia dejan fuera de todo debate. “La democracia no puede vivir si los hombres y las mujeres no se reconocen como son para formar un mundo común”, escribió Rosanvallon.

¿Es libre una persona cuyos intereses no se ven reflejados en el ejercicio electoral ni en el simple y derruido proceso de “nominación” y “validación” de  gobernantes? En su texto Teoría general de la política, Norberto Bobbio cita a John Stuart Mil: “Mientras la autocracia necesita de ciudadanos pasivos, la democracia sobrevive solo si puede contar con un número cada vez mayor de ciudadanos activos”.

Pero, actualmente, la crisis de representación, entre otras cosas, aleja completamente a estos ciudadanos activos de la conciencia del compromiso con el sufragio y la competencia pacífica por el poder, que los impulsa –al menos y hasta ahora- a las urnas en los comicios en electorales.

Raymond Araon explica respecto de los invisibles que la democracia “respeta, al menos, determinadas minorías”.  En este sentido, agrega que “un sistema de democracia que funciona no asegura a los individuos garantías absolutas contra todos los excesos del poder, pues siempre existen los excesos del poder, pero asegura más garantías contra los excesos de poder que cualquier otro régimen”.

Me atrevo a decir, entonces, que en América Latina los invisibles no sólo son las minorías ignoradas, sino también las víctimas de la violencia institucional, del delito organizado con connivencia estatal.

Por último, en relación a los invisibles, Araon señala que “el sistema de competición electoral está en la línea de una evolución que tiende al crecimiento de las garantías que reclaman los gobernados a los gobernantes, o más aún, a la sustitución progresiva de los representantes de los gobernados por un poder ejecutivo de origen diferente”.

Y al analizar los tres significados (enumerados por Araon) que la palabra libertad tiene en la competencia electoral, no puedo evitar pensar en la certeza de que en mi país –por ejemplo- es inmensa la cantidad de invisibles limitados. Quiero decir: son los marginados, los olvidados, libres políticamente porque asisten a las urnas, pero no están protegidos contra la arbitrariedad de los que detentan el poder y mucho menos son libres para realizarse en la vida social, sobre todo por las fuertes fronteras que el capitalismo extorsivo impone a los trabajadores de los barrios obreros.

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