Venezuela

El karateca y la tortura

Guarimba-Molotov-cocktails-engulf-police-Caracas-Venezuela-050917-by-Carlos-Becerra-AFP
Crédito foto: AFP

“Las principales técnicas coercitivas son los arrestos, las detenciones, las privaciones de estímulos sensoriales, el miedo, el pánico, la sugestión, la hipnosis y las drogas”. 

Manuales de contrainteligencia de los EEUU, desclasificados en 1996.


Cuando ingresó en el calabozo, un miembro de la Guardia Nacional de Venezuela apoyó el cañón de una ametralladora contra su estómago. El karateca pensó que allí, en la oscuridad de esa celda inmunda, podrían violarlo y luego ejecutarlo con un tiro en la frente. Algunas horas antes, aquel 21 de febrero de 2014, seis agentes policiales lo capturaron en tres motos mientras caminaba rumbo a su hogar luego de protestar en las calles contra las políticas económicas y sociales impulsadas por el gobierno del dictador Nicolás Maduro.  

“Si estás seguro de tu porte, y de los motivos por los que estás protestando, sabes cómo te vas a comportar en caso de que te agarren. Durante el proceso de detención, golpes y torturas, siempre me mantuve en un estado de observador. No en un estado analítico, sino pensando en frío. Al pasar por situaciones así,  una persona puede quedar trastornada fácilmente. Me dolieron los golpes. Pero la adrenalina es impresionante”, dice Daniel Quintero, en un bar de Buenos Aires, Argentina, adonde tuvo que exiliarse para esquivar una falsa acusación por terrorismo que podría encerrarlo durante 14 años en una prisión federal.

Sobre aquella jornada que transformó su vida, una jornada en la que lo torturaron con objetos ardientes hasta producirle quemaduras de segundo grado, Quintero recuerda: “En ese calabozo del Comando Antiextorsión y Secuestro, estuve parado con los tobillos juntos y la mano izquierda tocando mis pies, mientras tenía la mano derecha esposada a un tubo. Fueron nueve horas con el pecho pegado a mis rodillas. Ellos sabían que yo practicaba karate. Cuando terminó la sesión de tortura y de terror psicológico, yo estaba en calzoncillos. Y un militar de 17 o 18 años -que antes me había apuntado en la entrepierna con la ametralladora- se acercó para preguntarme qué técnicas les enseñaba a mis alumnos de artes marciales”.

“Ese joven militar vio algo en mí, algo le interesó. Tal vez mi resistencia. Entonces, le expliqué conceptos sobre potencia, reacción y musculatura. Esas cosas lo alimentaban. Sus ojos brillaban. Porque en la Guardia Nacional no tienen ese crecimiento filosófico e ideológico que tienen quienes practican artes marciales. Yo me fui de allí pensando que las personas que me torturaron son víctimas del poder sin darse cuenta. Actualmente, cuatro años después de aquella noche, aún saco conclusiones”, explica Daniel.

La vida en Argentina

Definitivamente, ya quedaron atrás los días en que, junto a su padre, Daniel administraban tres escuelas de artes marciales en Venezuela.

Ahora, el karateca ya tiene 25 años y vive junto a su novia en un pequeño departamento. Tuvo que salir de Venezuela desde un aeropuerto provincial, porque las pistas de aterrizajes de Caracas estaban militarizadas y sus abogados le advirtieron que podía ser capturado nuevamente.  Actualmente trabaja como cocinero en un restaurante vietnamita del barrio porteño de San Telmo. La entrevista se extiende demasiado y su jefe lo llama desde el mostrador para que comience a preparar algunos platos que los clientes esperan.

Sin embargo, Daniel lo ignora. Y habla: “Día a día, sigo aprendiendo de lo que sucedió. No quedó atrás. Tampoco me persigue, pero lo tengo presente. Por algún motivo estoy aquí, por algún motivo sucedió aquello. Para mí es un rompecabezas. Lo interesante de la vida es verlo así, porque obtienes resultados. Por ejemplo, luego de las torturas, estuve encerrado en un calabozo con atracadores y violadores. No he encontrado la palabra para definir esta experiencia. Pero lo que pienso es cálido. Aprendí a ponerme en el lugar de otros. Yo veo cada cosa en mi vida como aprendizaje. Recuerdo que los guardias decían que Barack Obama me enviaba dólares para que yo saliera a protestar; decían que iban a extorsionarme para que entregue información. Ellos tenían muchas justificaciones estúpidas, y nosotros teníamos muchos motivos para salir a las calles”.

 

*Texto escrito por Belisario Sangiorgio

 

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