Milagros paganos

GAUCHITO1
Antonio “Gauchito” Gil, rodeado de dinero

Matías y el ‘Gordo’ solían cruzarse frecuentemente cuando ambos vivían en el barrio porteño de Balvanera. Sin embargo, con el tiempo dejaron de verse.

Tienen 26 años y están demasiado ocupados intentando conseguir dinero, e intentando olvidar todo lo que han visto en este tiempo.

El mes pasado se contactaron telefónicamente después de varios meses.

-Voy a ir a Mercedes, para agradecerle al Gauchito, porque mi madre se salvó. También quiero agradecer por el trabajo nuevo.

-Te acompañaría, amigo. Pero no tengo dinero.

-No hay problema, venís igual.

-¿Seguro?

-No pasa nada.

-Muchas gracias, amigo.

-Al Gaucho no le gustaría que yo te deje en Buenos Aires.

Saldrían durante la mañana del sábado, y llegarían a la provincia de Corrientes durante la tarde.

Pero finalmente una tormenta postergó la partida hasta el mediodía. Compraron café y comida en el barrio de Núñez, antes de subir a la autopista.

Luego, a toda velocidad en un Toyota Corolla último modelo, atravesaron  los campos de la antigua pampa, hoy dinamitada por la soja.

Conocían el camino y también conocían el motivo de su peregrinación. Ambos habían recorrido el Litoral previamente; y ambos eran dos paganos que viajaban rumbo a altares sagrados en tierra guaraní, altares ocultos entre algunas arboledas y casas campesinas de principios del siglo pasado.

Matías y el ‘Gordo’ se conocieron hace años y tienen una buena relación de amistad. Este viaje los encontró con empleos legales y fijos. Son dos muchachos extremadamente peligrosos, más por su inteligencia que por su maldad. Han sido contratados en el sector público y también en el sector privado por diferentes personas y empresas.

Pero cuando la ambición y el hambre señoreaban en las calles de Buenos Aires, algunos años atrás, ellos no dudaron en montar una red de narcotráfico y controlar vastas zonas de sus barrios, adonde vivían junto a la inmensa clase media de Capital Federal.

Matías es muy buen tipo, pero es el más peligroso de los dos. En la plaza ubicada justo frente a su casa lo respetan porque se hizo conocida una historia acerca de la noche en la que resistió un asalto, y le reventó una botella contra la cabeza al ladrón que empuñaba la pistola.

Pronto, Matías terminará la universidad y definitivamente quedarán atrás esos días en los que solía fraccionar la droga y ofrecer ketamina líquida para poder juntar algo de dinero.

La vida de este hombre ha sido realmente difícil, pero él supo enfrentarla con dignidad y muchísima fuerza. Sostuvo la firmeza de su espíritu y el peso de su templanza incluso cuando asesinaron a un miembro de su familia –con un tiro en el abdomen- durante una riña callejera que se desató adentro de una estación de carga de combustibles.

Recientemente, mientras Matías cursaba las últimas materias de la universidad su madre enfermó gravemente. Sin embargo, ella logró recuperarse rápido, en un hecho enormemente feliz. Paralelamente, mientras el estado de salud de su madre mejoraba -y la felicidad de quienes lo quieren crecía- Matías logró encaminar su carrera laboral con un nuevo trabajo. Ahora, enfocado en la especialidad que le interesa y con un muy buen sueldo.

Evidentemente, en los momentos más difíciles, Matías elevó plegarias al santo pagano que intercede ante Dios para cuidar la vida de quienes le rinden tributo. Por eso, quiso ir hasta la tumba del Gauchito en Mercedes, Corrientes.

Para agradecer.

Y en un gesto fraternal lo llevó al ‘Gordo’. Ambos tienen una buena relación porque son descendientes de europeos. Se conocieron a través del ‘Italiano’, otro devoto del Gaucho y de San La Muerte, también exmiembro de una pequeña mafia que alguna vez los tres supieron integrar.  

Mientras el grupo criminal estuvo activo, contaron con al menos dos buenos depósitos desde donde distribuían sustancias ilegales. No les temblaban los dedos si tenían que romperle la cabeza a alguna persona. Por ejemplo, durante aquellos días, ‘Martincito’ -otro de los muchachos del grupo- le asestó tres puñaladas a un tarado durante un combate callejero.

Todos comenzaron a confirmar su fe en el Gauchito y en San La Muerte durante diferentes e inexactos momentos de sus vidas.

El ‘Italiano’ no viajó a Corrientes. Estaba bastante retirado porque -en  tiempos pasados- fue el líder del equipo y quien más droga había trasladado por la zona. Insólitamente, lo capturaron solo una vez, y con un cigarrillo de marihuana.  Fue investigado a su vez por evasión impositiva y decidió retirarse a una ciudad lejana.

Ninguno de los tres pisó jamás una prisión.

Por su parte, el ‘Gordo’ venía de una secuencia bastante movida.

A él le había tocado dormir en una comisaría marginal y evadió con sobornos una acusación por lesiones graves.

Durante varios años trabajó como empleado raso en una gran mafia de Buenos Aires, y tuvo que retirarse después de que mejicaneó una valija con miles de pesos. Andaba por  la ciudad con una pistola Bersa calibre 22 milímetros, numeración limada.

Como no tenía trabajo cuando huyó con el dinero, volvió a montar su red de tráfico de drogas. Todo iba bien, pero él buscaba más dinero. Quedó filmado escapando de un robo y también de una estafa. Ya jugado, tuvo que refugiarse en Constitución porque sospechaba que la brigada de la Policía Federal quería quebrarlo.

El ‘Italiano’ lo escondió durante varios meses hasta que la preocupación se diluyó entre asados, fiestas electrónicas, drogas sintéticas y mucha marihuana.

El ‘Gordo’ era un excelente dibujante, que vendía buenos y caros cuadros. Pero le costaba mucho enfocarse en su trabajo porque había crecido en un edificio estatal de un barrio lleno de bandidos. Pasó su infancia muy cerca de una mafia que traficaba personas y observó cosas realmente escalofriantes. Por eso, pese a que era un buen artista le costaba concentrarse en producir obras y meterlas en el mercado. Pasaba mucho tiempo en fiestas con mujeres. Olvidando.

Matías y el ‘Gordo’ llamaron al ‘Italiano’ desde la ruta, mientras atravesaban el puente de Zárate.

Le prometieron que pedirían a los santos por él y por su familia.

Los muchachos llevaban ofrendas de varias personas que no podían viajar. Ofrendas de María que pedía por su hijita, y del ‘Cuervo’ que pedía trabajo.

Cuando llegaron a Mercedes, frenaron en el primer hotel que había al costado de la ruta. Metieron el automóvil en una cochera ubicada al fondo del terreno y bajaron los bolsos. La habitación estaba muy bien.

Tomaron  whisky con Clonazepam y prendieron un cigarro de flores. Luego fueron a recorrer altares y dejar ofrendas durante la noche por lugares de la ciudad que ni siquiera conocían. Caminaron por un parque y -luego de saludar a algunos lugareños- regresaron al hotel para dormir.

Las calles de Mercedes son hermosas y las casas tan antiguas como históricas iluminan una zona asediada por la soja y los agrotóxicos.

Cada parque, cada rincón de la localidad guarda un recuerdo de las guerras que dieron vida y muerte a una fase histórica de la Argentina.

Por la mañana, despertaron temprano. Pidieron café, medialunas, alfajores y decidieron que no consumirían ninguna sustancia porque ese mismo día, durante la tarde, emprenderían el regreso a Buenos Aires.

Así que se subieron al Toyota Corolla y encararon rumbo a la tumba de Antonio Gil.

Quince minutos después, se detuvieron a muy pocos metros del lugar exacto adonde fue asesinado el histórico Gaucho Santo que vivió y murió en Corrientes durante las guerras civiles argentinas del siglo XIX, y que cumple los pedidos de quienes peregrinan a sus altares.

Lo primero que vieron al bajar del auto fue un altar del Señor San La Muerte.

El culto a San La Muerte es un sincretismo religioso. Es decir, es una práctica religiosa pagana que surge tras la interacción cultural de los esclavos africanos, los guaraníes y los jesuitas enviados al Litoral por el Vaticano. El origen histórico de esta práctica religiosa también es identificado por los pobladores locales en la mitad del siglo XIX.

En el Litoral argentino y también en Paraguay –es decir, en territorio históricamente guaraní- todas las personas se arrodillan y preparan ofrendas para el ángel que los vendrá a buscar en el momento de su muerte. Abren altares y portales de meditación para conectarse con este enviado de Dios,  representado en un esqueleto cubierto con un manto negro. Los devotos sirven vino, prenden cigarros y dejan objetos de oro. Este ángel es más esquivo que el Gauchito. Pero también escucha y cumple las promesas. Por eso, miles peregrinan humildemente al territorio en el que nació la religión pagana que reza al Señor San La Muerte.

Así que Matías y el ‘Gordo’ inmediatamente dejaron cigarros en una estatua de la muerte al bajar del auto.

Esta estatua es de madera. Está tallada a mano y un poblador local que cuida el acceso al santuario del Gauchito Gil la tiene en la entrada de su casa.

Alrededor de los altares correntinos del Gauchito y de San La Muerte no hay montado ningún tipo de circo. No hay marketing. Ni siquiera hay carteles en la ruta que indiquen cómo llegar al punto exacto adonde murió Antonio Gil. Lo más caro que se puede comprar en las humildes viviendas y puestos de la zona es un pedazo de la mejor carne vacuna del mundo, que cuesta cien pesos.

Inicialmente, cuando el culto pagano se practicaba sólo en esta región, el peregrinaje de un puñado de fieles locales a la tumba del Gaucho produjo que el lugar adonde asesinaron al honorable ciudadano argentino fuera bautizado como “Cruz Gil”. Pero, más allá de un despintado cartel azul, no hay otra señalización. Sólo los altares rojos construidos por decenas de devotos y ‘promeseros’.

Lo mismo sucede en el inmenso altar del Señor San La Muerte. Y también en los altares más pequeños de la zona. Ante esqueletos con cadenas de oro, cualquier persona es bienvenida mientras la ruta correntina respira poesía dibujada como viento en la cara de quienes pasan por allí.

El campo hermana. La tierra lejana de los montes iguala a las personas.

Los muchachos dejaron sus ofrendas: dos botellas de vino, cuatro velas, una pequeña estatua, cigarros y dinero.

El ‘gordo’ miró el horizonte y sintió tristeza.

Viajó con cien pesos en el bolsillo y agradeció a sus santos, pero sabía que no estaba en un buen momento y por eso tocó las estatuas con el objetivo pedir trabajo y salud para toda su familia.

Rápidamente, subieron al vehículo y manejaron siete horas para  regresar a Buenos Aires.

Salieron el sábado al mediodía, y el domingo por la noche estaban de vuelta en la capital.

 

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