¿Cuánto vale tu libertad?

En el barrio adonde crecí, y en muchos otros barrios, los vecinos llaman “rastreros” a los ladrones de poca monta que no utilizan armas; y que optan por engañar a los jubilados, por llevarse ropa de los centros comerciales y por aprovechar los descuidos que cualquier trabajador puede tener mientras regresa a su vivienda luego de cumplir la jornada laboral.

Según el diccionario de la Real Academia Española, “rastrero” es un adjetivo.

Sus sinónimos son “bajo”, “vil” y “despreciable”. 

Este es el caso de una persona detenida por la policía recientemente: llegó a la Argentina desde un país limítrofe. Sus iniciales son W.R.F.Y.

Una vez que pisó el suelo de este país, se instaló en General Rodríguez, provincia de Buenos Aires.

Primero trabajó como vendedor ambulante, y luego decidió transformarse en “rastrero”.

Según una sentencia del 23 de junio de 2017 dictada por el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional 24 de Capital Federal, el “rastrero” W.R.F.Y ingresó el 5 de marzo de 2017 -junto a una mujer (cuyas iniciales son D.S)– al único ‘shopping’ del barrio Recoleta.

Una vez allí, W.R.F.Y robó nueve camisas marca Timberland y –siempre según el documento judicial- salió rápidamente de ese enorme conglomerado de locales ubicado en la intersección de las calles Junín y Vicente López. Caminaba tranquilo. Pero los vendedores detectaron el robo y un agente de seguridad privada decidió perseguirlo. También fueron tras él los empleados de la tienda. Entonces, el “rastrero” y su novia comenzaron a correr.

Llegaron a la avenida Las Heras, y subieron a un colectivo de la línea 106…pero el conductor apagó el motor. Luego, arribaron algunos vehículos policiales. Y –en ese minuto- la suerte de ambos ladronzuelos ya estaba sellada.

Confesaron. Y la justicia los encontró culpables por ser “coautores del delito de hurto”, que “constituye un apoderamiento sin violencia en las personas, ni violencia en las cosas”. Según la sentencia, su triste y bajo crimen “se adecua típicamente a la figura contemplada por el artículo 162 del Código Penal”.

Por este hurto, D.S pudo evadir la prisión…pero W.R.F.Y tuvo que dormir tras las rejas desde el 5 de marzo hasta el 19 de junio. Y tuvo suerte, porque salió vivo de la celda.

En las esquinas del barrio adonde vivo, y en las esquinas de otros barrios, abundan las historias de “rastreros” que terminaron en la cárcel por unos pocos pesos…y no salieron.

Es decir, sus cuerpos quedaron literalmente muertos en un pabellón. O, si lograron pisar otra vez la calle, nunca volvieron a ser las mismas personas. Porque en los penales y comisarías los ladrones de poca monta –todos saben esto- deben dedicarse a lavar medias y calzoncillos, y –si se resisten- son violados.

Por último, quiero escribir que -después de cinco años narrando crímenes en diferentes medios de comunicación- siento asco por dedicar tantas líneas a estos parásitos que la sociedad engendra y que llamamos “rastreros”, pero –sin embargo- me permito publicar (con el único objetivo de interpelar a mis lectores) dos preguntas que nacen tras leer la sentencia: ¿la libertad vale tanto como nueve camisas marca Timberland? ¿En qué instancia de descomposición social vivimos para que un hombre decida arriesgar su vida por un manojo de tela?

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