Los bares

Cuando comencé a escribir acerca de casos policiales y judiciales, noté que los bares y restaurantes en los que realizaba las entrevistas eran todos similares.

Víctimas y testigos de la delincuencia suelen citarme en cantinas clásicas de los barrios, antros que funcionan hace cuatro o cinco décadas en los que se come bien y se bebe mejor.

Generalmente, todos los camareros ya perdieron una gran cantidad de dientes. En las cocinas se escuchan gritos inexplicables y palabras tribales latinas. No es extraño ver cucarachas caminando las paredes.

Afuera, las personas deambulan por las veredas rumbo a no sé qué lugar. Puedo verlos a través de estos vidrios sucios que tienen estampados los logos imperiales de pizzerías decadentes; a través de estos vidrios sucios que atajan la lluvia de otoño de Buenos Aires.

Hace frío, mucho frío. Espero a un testigo y elegí la última mesa, contra la pared izquierda. Los testimonios de las víctimas son verdaderamente impredecibles y –siempre- hay una contracara: los victimarios, esos humanos psicóticos que habitan el ‘bajomundo’, capaces de traficar mujeres y arruinar niños con drogas para saciar el deseo de la lujuria y la codicia.

Los victimarios –está claro- quieren silenciar las palabras de las víctimas, aunque –muchas veces- no logren llegar a tiempo, porque las redacciones de los periódicos definitivamente están muy lejos del ‘bajomundo’.

Esos criminales de poca monta, que portan armas con la numeración limada, no pueden llegar a la prensa antes de que las palabras sean publicadas. Pero pueden llegar a este bar.

Por eso, elijo la última mesa, contra la pared izquierda.

Junto a mí, hay una gran ventana de tres metros de largo y marcos de metal a través de la cual los cocineros expulsan los platos, preparados con mucho amor pero también con una alienación fulminante.

Han pasado veinte minutos desde que me senté por primera vez en una silla de esta pizzería marginal, ubicada sobre la avenida Pueyrredón, en Once. Aún nadie se acercó a ver qué quería. Ni siquiera llegó el testigo que debo entrevistar.

Las mesas y las sillas están construidas con madera fiel.

Una vieja sentada frente a mí observa cada papel que saco de la carpeta mientras mastica una enorme porción de carne de vaca. Mira indiscretamente. Bebe vino. Intercala sus miradas cuando gira la cabeza y observa el inmenso salón mediante el espejo que cubre toda la pared lateral.

Pocos minutos después, llega un matrimonio. No hablan. Y ambos miran –también indiscretamente- cada papel que saco de mi carpeta. Miran mi ropa, ojos y pelo.

Pareciera que la barra principal y la mesa en la que estoy sentado son, en realidad, dos países diferentes.

Un encargado gordo y desalineado -con camisa blanca de cuello marcado por negra transpiración- ríe malévolamente en la caja de cobros.

Hay sólo un camarero que debe complacer a cuarenta personas: “¡Estoy tratando de atenderlos a todos!”, grita cuando alguien reclama demora o error en el pedido. Y en la cocina también gritan. Y el gordo de la caja termina la conversación con una mujer de 40 años a la que pretendía seducir…deja de hablar, y también comienza a gritar.

Sin embargo…ninguno de todos esos alaridos –tampoco las bocinas de los autos- suenan con más potencia que los platos cuando se acumulan en la pileta de lavar.

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