El inadaptado – Capítulo 16

Y miro la calle un miércoles

Y todo está igual que cada día

En el pobre edificio gris,

En el barrio,

La mafia recaudando su dinero,

Los obreros rumbo al trabajo,

Mi madre se preocupa,

Prendo velas a la Virgen María

Y en esta confusión espero

Un disparo o más billetes

Para salir del agujero,

El olor de la comida del primer piso

Se filtra entre las ventanas

Y mi madre se preocupa

Y el marido de la vecina sigue

En la cárcel por secuestros extorsivos.

Rezamos y cocinamos con la moneda justa,

Ya sobrevivimos en 2001,

Sobrevivimos tres gobiernos kirchneristas,

Sobrevivimos los levantamientos de los carapintadas.

Sobrevivimos cuando mi padre fue a la guerra.

Tengo dinero en los bolsillos,

Y sonrío.

Pero bajo a la calle y es miércoles

Y todo luce igual que cada día.

Los grises y pobres edificios.

Y mi amigo delincuente fuma cigarrillos

Mientras su hija juega en la vereda,

Llega un asaltante y se suma

a la conversación.

Quienes no están presos,

Ni muertos,

Viven aún

Por milagros.

Los adictos al crack se han ido a dormir

Y la calle está tranquila

Y los niños corren.


 

El inadaptado – Capítulo 15

El Inadaptado - Belisario Sangiorgio

Cuando comencé a escribir acerca de casos policiales y judiciales, noté que los bares y restaurantes en los que realizaba las entrevistas eran todos similares.

Víctimas y testigos de la delincuencia suelen citarme en cantinas clásicas de los barrios, antros que funcionan hace cuatro o cinco décadas en los que se come bien y se bebe mejor.

Generalmente, todos los camareros ya perdieron una gran cantidad de dientes. En las cocinas se escuchan gritos inexplicables y palabras tribales latinas. No es extraño ver cucarachas caminando las paredes.

Afuera, las personas deambulan por las veredas rumbo a no sé qué lugar. Puedo verlos a través de estos vidrios sucios que tienen estampados los logos imperiales de pizzerías decadentes; a través de estos vidrios sucios que atajan la lluvia de otoño de Buenos Aires.

Hace frío, mucho frío. Espero a un testigo y elegí la última mesa, contra la pared izquierda. Los testimonios de las víctimas son verdaderamente impredecibles y –siempre- hay una contracara: los victimarios, esos humanos psicóticos que habitan el ‘bajomundo’, capaces de traficar mujeres y arruinar niños con drogas para saciar el deseo de la lujuria y la codicia.

Los victimarios –está claro- quieren silenciar las palabras de las víctimas, aunque –muchas veces- no logren llegar a tiempo, porque las redacciones de los periódicos definitivamente están muy lejos del ‘bajomundo’.

Esos criminales de poca monta, que portan armas con la numeración limada, no pueden llegar a la prensa antes de que las palabras sean publicadas. Pero pueden llegar a este bar.

Por eso, elijo la última mesa, contra la pared izquierda.

Junto a mí, hay una gran ventana de tres metros de largo y marcos de metal a través de la cual los cocineros expulsan los platos, preparados con mucho amor pero también con una alienación fulminante.

Han pasado veinte minutos desde que me senté por primera vez en una silla de esta pizzería marginal, ubicada sobre la avenida Pueyrredón, en Once. Aún nadie se acercó a ver qué quería. Ni siquiera llegó el testigo que debo entrevistar.

Las mesas y las sillas están construidas con madera fiel.

Una vieja sentada frente a mí observa cada papel que saco de la carpeta mientras mastica una enorme porción de carne de vaca. Mira indiscretamente. Bebe vino. Intercala sus miradas cuando gira la cabeza y observa el inmenso salón mediante el espejo que cubre toda la pared lateral.

Pocos minutos después, llega un matrimonio. No hablan. Y ambos miran –también indiscretamente- cada papel que saco de mi carpeta. Miran mi ropa, ojos y pelo.

Pareciera que la barra principal y la mesa en la que estoy sentado son, en realidad, dos países diferentes.

Un encargado gordo y desalineado -con camisa blanca de cuello marcado por negra transpiración- ríe malévolamente en la caja de cobros.

Hay sólo un camarero que debe complacer a cuarenta personas: “¡Estoy tratando de atenderlos a todos!”, grita cuando alguien reclama demora o error en el pedido. Y en la cocina también gritan. Y el gordo de la caja termina la conversación con una mujer de 40 años a la que pretendía seducir…deja de hablar, y también comienza a gritar.

Sin embargo…ninguno de todos esos alaridos –tampoco las bocinas de los autos- suenan con más potencia que los platos cuando se acumulan en la pileta de lavar.


 

El inadaptado – Capítulo 14

Mis jefes del periódico decidieron que iniciara una breve investigación en Morón, provincia de Buenos Aires. Así que tomé un colectivo de la línea 166. Antes de viajar durante varios kilómetros por la avenida Perón para entrar al corazón de esa ciudad, observé la plaza principal de Ramos Mejía a través de las ventanas del bus.

Realmente intento no pensar en aquellos días. Sin embargo, cuando viajo rumbo al oeste, tus ojos y tu boca aparecen en mis ojos y en mi boca. Aparecen como un dibujo perfecto, como una fotografía. Y tus ojos son claros, como los sueños cuando te sueño. Y tu boca, en mi imaginación, besa tan bien como siempre lo hizo. Y todavía puedo sentirla, aunque hayan pasado ocho años desde nuestro último abrazo en la estación de trenes de Plaza Miserere.

No logro entender por qué –cuando ha transcurrido tanto tiempo- igualmente aparecen estos sentimientos indescriptibles. Pienso en vos, pienso en tu hermano Nicolás, pienso en Viviana, pienso en Enrique.

Realmente intento no reflexionar sobre esas noches libres, felices, fugaces. Éramos unos niños con deseos de escribir. Teníamos 18 años. Y fuiste muy cruel. Fuiste asquerosamente cruel.

Frente a tu inestabilidad, frente a tu alma golpeada por la vida de la periferia…yo siempre ofrecí amor. Y al pasar por la plaza de Ramos Mejía, sentado en uno de esos asquerosos asientos tapizados con cuero sintético de la línea 166, no pude evitar que las imágenes de aquel día volvieran a mi cabeza.

Fue un día muy triste. No recuerdo la fecha. El calor era insoportable. Y los rayos penetrantes del sol encandilaban, encandilaban con misterio y dolor. Una banda de rock llamada Pez tocaría en un antro de la zona. Así que viajé rumbo a Morón para comprar nuestras entradas. Habíamos conversado sobre ese show. Quería sorprenderte.

Cuando llegué, te llamé por teléfono. No atendiste. Me senté en la vereda, cerca de un almacén, frente a las vías del ferrocarril Sarmiento.

Miré durante cuarenta minutos –en silencio- ese callejón de la estación en el que solíamos discutir. Te llamé otra vez. Atendiste. Insultaste.

Cerca de las diez de la noche, subí al último tren del día. Busqué un buen rincón en el vagón que no tenía vidrios ni asientos, junto a los trabajadores marginales.

Aún era temprano. Pisé Ramos Mejía. Solamente conocía el antro del recital, la zona de los bares y la esquina en la que nos resistimos a un asalto durante el invierno.

Así que deambulé por calles oscuras pensando en tus ojos, en tu boca, en ese hermoso lunar de tu pierna. No sé por qué, pero guardaba la esperanza de que aparecieras en el show.

No fuiste. Y yo gasté el poco dinero que tenía. Dormí en la estación de trenes hasta que comenzaron a pasar las primeras locomotoras del día.

Ayer, mientras viajaba a Morón para trabajar –ocho años después de aquel día- pude sentir el frío desolador del oeste erosionando mis huesos. Pude recordar cómo tu mano calmaba mis miedos. Entendí que, también gracias a vos, me transformé en un hombre con la capacidad de sobrevivir en este mundo peligroso.


 

El inadaptado – Capítulo 13

*
Anotaciones personales
Investigaciones periodísticas
Parte 2: Constitución, Buenos Aires
*

 

Las noches en el Gran Hotel América son silenciosas. Cuando el sol muere como un hombre degollado sobre el cemento de Plaza Constitución, los largos y laberínticos pasillos de este hotel sólo permiten escuchar la respiración de las inmundas palomas. Mientras bajaba las escaleras, jamás me crucé con alguno de los huéspedes.

En cada piso hay enormes y oscuras salas comunes con balcones que permiten observar claramente la avenida Bernardo de Irigoyen, la comisaría del barrio, y la enorme estación de trenes. Aunque nadie puede confirmarlo, probablemente ese hotel haya sido construido durante los primeros años del siglo pasado. Lo que sí puedo confirmar es que los muebles son los mismos que los viajeros utilizaban en aquellos días de su inauguración.

Por 16 dólares –que hasta el humano más estúpido puede conseguir si permanece 15 horas en las calles- los dueños del hotel ofrecen inmensas habitaciones con dos camas, dos mesas, dos armarios, ventilador, espejo, sábanas limpias, cuatro almohadas y un lavamanos junto a la ventana. A través de los vidrios, es posible observar un inmenso jardín interno, un hueco gigantesco de ropa colgada y balcones destruidos. Sin embargo, estos dormitorios –los más baratos- son tan antiguos que no tienen baño. Por eso, en los pisos superiores hay viejos baños compartidos. En el inodoro y en la ducha las cucarachas deambulan extraviadas.

Por 30 dólares –que nunca pagaría para vivir en ese hotel hediondo, pero que el humano más estúpido puede conseguir si permanece 15 horas en las calles- los dueños del lugar ofrecen pequeños departamentos de dos ambientes con televisión, duchas limpias y una vista más agradable.

Yo solía prender la radio y, luego apilaba los colchones de las dos camas. Lo mismo con las almohadas. Sacaba todas las sábanas para corroborar que no hubiera ningún insecto escondido, y después volvía a tenderlas prolijamente. Finalmente, caminaba hasta el escritorio, tomaba el paquete de Marlboro y encendía un cigarro. Lanzaba el encendedor sobre la mesa, y me recostaba para fumar mientras escuchaba música.

Cuando terminaba la canción, o el cigarrillo, volvía a repetir esa cadena de acciones. Una y otra vez, durante horas.

Permanecía encerrado todo el día. Leía y escribía.

Por la noche, investigaba a los narcotraficantes peruanos que operan en el barrio. 

Solía mirar el teléfono del siglo pasado que había en la habitación del hotel, y reía como un loco durante varios minutos al pensar qué tan hijos de puta deberían ser los dueños de ese antro que, casi cien años después de la inauguración, no habían comprado teléfonos nuevos, o camas nuevas, o algo nuevo.

Los pisos de las habitaciones fueron construidos con madera de caros pinos. Crujen y lloran durante las horas en las que todos duermen. Las persianas son de pesado y oxidado metal. Me daba asco tocarlas para abrirlas porque había decenas de asquerosas palomas viviendo en los pequeños balcones de cada habitación. Por esos mismos balcones, obviamente, entran en los dormitorios los alaridos de muerte que suben desde los callejones del barrio marginal. Por esos balcones entran las lágrimas de las mujeres secuestradas y explotadas en los prostíbulos; por esos balcones entra el ruido del filo de las facas de los vendedores de droga cuando cortan el aire helado, cuando rompen la tela de la ropa.

Al terminar mis cigarrillos, abandonaba el Gran Hotel América y pisaba las calles para comprar comida y agua mineral. Las cantinas –mientras permanecen abiertas- siempre están llenas.

En sucias parrillas cocineros alienados queman pollos baratos, y –si uno escucha con cierta atención- es posible diferenciar el sonido de una botella llena de cerveza golpeando contra el mármol de la barra, y el sonido de una botella vacía golpeando contra el mismo mármol.

Los delincuentes suelen agruparse en las puertas de estas cantinas. Y, en la noche de Constitución, realmente ninguna persona contiene en su interior algún insulto que tenga ganas de escupir.

Si uno vive en estos territorios, debe saber que será insultado sin motivos al menos dos o tres veces por día: puede ser que para algún desempleado que está pasando hambre tu ropa sea demasiado bella, puede ser que algún ladrón te confunda con un policía, puede ser que algún policía te confunda–por tus tatuajes- con un ladrón.

La clave es no detenerse.

Si frenás, tenés que enfrentarte con golpes -y tal vez puñaladas- al menos dos o tres veces por día.

Y realmente no hay nada más denigrante que dormir en una comisaría tras una riña callejera, así que -cuando alguien insultaba- yo solía simular que no había escuchado, y seguía caminando lentamente rumbo al almacén.

Pese a la violencia social y a las impunes negociaciones de tratantes de personas y narcotraficantes que operan en la zona, realmente nunca temí al vivir en Constitución.

Las calles son iguales en todas las ciudades.

Simplemente, alcanza con saber cómo caminarlas.

En fin, durante la noche salía a comprar cigarros y a investigar.

Al llegar a la estación Constitución, la luna ya se había adueñado de las calles. Las mujeres de República Dominicana, con calzas rojas y negras, ofrecían sus cuerpos maltratados en las puertas de los locales adonde se venden celulares, ropa falsificada y golosinas por mayor.

En el aire flotaba un denso olor a muerte que invadía toda la calle Lima. Vendedores ambulantes –ya borrachos- perdían el tiempo mientras esperaban el último tren que los llevaría a la periferia.

En la esquina de O’Brien y Lima hay un local que vende cajas de cartón y resmas de hojas. En frente está el hotel Cosmos, de muchísima menor calidad que el inmundo hotel América.

En el hotel Cosmos se refugian los adictos ladrones de celulares cuando roban buenos teléfonos. Los gritos bajaban desde las ventanas.

Algunos drogadictos sin dientes entraban y salían del hotel; en sus manos llevaban las pipas para fumar crack.

Y yo iba por allí, mientras pensaba en mi destino.

Caminaba con calma.

Caminaba entre los puestos de venta ambulante que los africanos montan en las veredas.


 

El inadaptado – Capítulo 12

*
Anotaciones personales.
Investigaciones periodísticas.
Parte 2: Constitución, Buenos Aires.
*

Otra de las bandas criminales con las que tomé contacto en las calles fue “La banda de las travestis peruanas”.

Este pequeño grupo criminal es -en realidad- una simple célula perteneciente a otra organización mayor con ramificaciones que se extenderían hasta Perú, uno de los tres principales países productores de cocaína del mundo.

Entre las traficantes de la banda, se destacaba la belleza de Claudia, que llevaba varios años modificando su cuerpo con hormonas y cirugías. Tenía piernas insinuantes, y una boca grande y filosa.

Ella vendía la cocaína en la intersección de la avenida Juan de Garay y la calle Salta.

Yo solía verla apoyada contra una pared, como abstraída de la situación de tráfico, en la puerta del hotel El Cairo.

Siempre la custodiaban otras tres travestis.

Reportes federales de inteligencia confirmaban el 4 de agosto de 2015 (cuando publiqué mi primer reportaje sobre esta banda) que el hotel El Cairo –ubicado en Salta 1585- ya había sido utilizado por al menos dos traficantes para acopiar y distribuir drogas.

En el segundo piso del hotel “El Cairo” dos hombres armados velaban por la seguridad de Claudia, que -tras atravesar la puerta de una habitación específica- se lanzaba con una alegría inentendible e infantil sobre una asquerosa cama en la que habían tenido sexo decenas de parejas.

Del interior de la almohada sacaba una caja en la que escondía los paquetes de cocaína de un gramo. Siempre sonreía.

-¿Cuánto querés, lindo? –

-¿Cuánto cuesta?

-$100 el gramo – respondió esa bella travesti, a quien pude ver en al menos cinco transacciones de unos pocos gramos, que yo grababa con una cámara oculta para corroborar que la banda seguía activa antes de publicar una nueva denuncia en los medios de comunicación. Ella jamás imaginó que yo era periodista…y solía seducirme.

Le gustaba mirar los detalles de mi cara cuando durante esos segundos en los que yo rechazaba sus invitaciones para asistir a recitales de rock. Una tarde incluso me propuso conocer su domicilio particular…del que me mostró varias fotos.

Claudia tenía dientes amplios y hablaba poco. Pese a las hormonas y las operaciones, sus rasgos incaicos estaban muy bien definidos. Ella gozaba el privilegio de una piel blanca…y ostentaba cierta clase de buen gusto para vestirse. Es decir, su ropa era clásica, pero bien seleccionada. Usaba leggins negros y botas negras, junto a alguna camisa también negra y un cinturón oscuro con tachas plateadas.

-Quiero $5.000 pesos– dije.

-Me tenías que avisar antes, acá no tengo.

-¿Viene en tiza? – pregunté.

-Viene en tiza – dijo ella, que accedió a conseguir la droga para más tarde.

Compré dos bolsas de $100 con el objetivo no levantar sospechas. Claudia dominaba  ese importante sector de distribución, pero los puntos de venta de esta organización eran más. Por ejemplo, los reportes de los agentes federales infiltrados en la zona también confirmaban tareas de vigilancia en un hotel cercano, sin nombre, -ubicado sobre la calle Salta al 1661- en el que durante 2015 fue detenido un traficante.

En la puerta de este segundo hotel también vendían drogas las travestis peruanas.

Muy cerca de la zona adonde operaba la banda de Claudia, sobre la calle Pavón, en la intersección con la calle Salta, funcionaba el hotel “Faraón”. Según los reportes de inteligencia a los que accedí, en este tercer punto específico fueron detenidos dos traficantes y la Policía Federal volvió poco tiempo después para buscar a otros dos, que ya habían escapado.

También durante los primeros seis meses de 2015, en un cuarto hotel -sin nombre y  ubicado en la calle Salta al 1479- los agentes federales capturaron a tres narcotraficantes y a un ladrón.

Jamás volví a ver a Claudia…


 

El inadaptado – Capítulo 11

¿Qué me pueden decir ustedes del periodismo?

Ustedes que nunca pasaron

La noche

A la vera

Del Riachuelo

Tomando mate

Co los choferes de colectivos

En el Puente de la Noria.

Ustedes no pisaron

El barro tibio

Con sangre

De Villa Fiorito.

Ustedes que nunca

Escribieron

Apenas iluminados

Por los focos de las calles

En la estación

De trenes Don Bosco.

¿Qué pueden decir ustedes del periodismo?

Ustedes que no vieron

Los ojos de la muerte

En las fronteras con Bolivia.

Ustedes que no vieron

Las caras de los traficantes

Que matan a los niños…

A los niños que viven

En lo que quedó

De Argentina.

¿Qué pueden decir?

Jamás vieron los ojos

De los traficantes de mujeres.

Esos ojos que yo vi

Cuando tenía 10 años.

¿Qué saben ustedes?

Nunca pasaron tres días

Sin dormir

Escribiendo un reportaje

Que los editores

Tuvieron miedo

De publicar.

¿Qué saben ustedes?

No creo que hayan visto

En sueños

Las lágrimas.

Ustedes no conocen la angustia

De ver cómo cae el mundo.

Desde sus escritorios,

Esas cosas no se ven.

¿Qué pueden decir ustedes del periodismo?

¿De la Justicia? ¿De la verdad?

Ustedes que no fueron

Despedidos

En cinco ocasiones diferentes

Por decir lo que pensaban.

Ustedes no pueden

Decir nada

Porque nunca negociaron

El precio de una pistola

Con los pibes

De Florencio Varela.

Nunca tuvieron que comprar

Esa pistola

Para proteger a su familia,

Porque nunca denunciaron

A la mafia.

¿Qué saben ustedes del periodismo?

Ustedes no conocen

El asqueroso olor a meo

De las estaciones de trenes

Que hay

En Moreno, en Merlo, en Quilmes.

Nunca fumaron un cigarro

Esperando el colectivo

En Puente Alsina.

¿Qué pretenden saber de la sociedad?

Ustedes jamás compraron

Drogas en las villas.

¿Ustedes pueden hablar de delitos?

Nunca compartieron un Marlboro

En invierno

Con un asaltante.

Jamás interactuaron

Con los peruanos

Y los bolivianos

que son capaces de matar a un niño

Por un billete de cien pesos.

Capaces de matar

A esos niños que viven

En lo que quedó

De Argentina.

Ustedes no conocen

Lo que quedó de Argentina.

Ustedes hablan y hablan

En los bares.

Jamás sintieron el frío de un cañón

En el pecho.

Jamás llevaron una munición

A la recámara.

No tienen idea

De lo que siente el cuerpo

Al apoyar un cañón frío

En una cabeza.

¿Qué me pueden decir del periodismo?

Jamás se arrodillaron

Ante Dios.

¡Les haría tanto bien arrodillarse ante Dios!

¿Ustedes quieren enseñarme algo?

Ustedes, los que sienten miedo

De nosotros.

Siente miedo porque rezamos

y encendemos velas en altares

para Jesucristo.

Ustedes no pueden

Tocar mi alma.

Hay un plan trazado

Que no se puede alterar

Con dinero del mundo.


 

El inadaptado – Capítulo 10

Como la primera vez enviaron a un inútil, para la siguiente ocasión debían enviar a alguien con ciertos conocimientos sobre motocicletas.

El segundo ataque contra la Zanella 200cc también tuvo lugar durante mayo de 2018; en el barrio porteño de Palermo, durante la noche, mientras yo tomaba unas cervezas.

Confiado, luego de recorrer más de treinta kilómetros a máxima velocidad, dejé la motocicleta en un oscuro estacionamiento público sin cámaras. Resultaba improbable que un vehículo me hubiera seguido hasta allí por el ritmo con el que yo manejaba aquella noche.

Pocos minutos antes de estacionar, mientras recorría la zona, creí notar que una persona nos observaba extrañamente.

Pero decidí ignorar aquel presentimiento, porque yo estaba allí con una bella rubia, y sólo quería divertirme.  Tal vez emborracharme.

Una hora y tres botellas después, al salir de aquel moderno antro ubicado bajo un puente ferroviario, intenté arrancar mi motocicleta envuelto en el crudo frío de la madrugada.

El motor prendió.

Pero rápidamente noté los daños.

Esta vez, los hijos de puta que quieren joderme no sólo habían cortado el cable del embrague con un alicate, sino que también trabajaron manualmente sobre la cadena.

Así, inmovilizaron casi definitivamente la motocicleta y -ahora- finalmente pueden controlar mis movimientos con mayor cercanía.

Hay una lista.

Y de eso estoy seguro.